Trump y Netanyahu, como en el Oeste
Trump y Netanyahu, como en el Oeste
Como un par de coyotes de aquellos de las películas del Oeste que ignoraban cualquier ley imponiendo el lenguaje de sus pistolas, Donald Trump y Benjamin Netanyahu, presidentes de EEUU e Israel, cabalgan en sus aviones de guerra disparando misiles sin control ni piedad. Pero no tienen suficiente. Además, piden aplausos entusiastas, vítores y apoyo logístico. Y enfurecen contra el que discrepa.
Pedro Sánchez ha sido el primero, rompiendo el silencio censor inicial de los socios europeos. Una semana después del arranque de esta guerra sin cuartel contra Irán, librada desde el aire y el mar para evitar bajas americanas, ya se han movido Giorgia Meloni, Emmanuel Macron y Keir Starmer acercándose discretamente al discurso del presidente español, además de aliados de menos peso pero de gran valor, como Bélgica y otros. No han pronunciado la expresión “no a la guerra”, ni han negado sus bases a los aviones cisterna que alimentan en vuelo a los bombarderos, pero su distancia de la Casa Blanca es perceptible. Y la presión de sus opiniones públicas y de sus parlamentos también. En España sorprende leer el cálido apoyo de los medios y la oposición italiana, sobre todo la italiana, a la figura del presidente español. Aquí se tapa.
La oposición española de ultraderecha ha tomado la vía de elogiar sin medida a Donald Trump; la derecha del PP va distanciándose; la izquierda menguante, léase Podemos, sigue empeñada en llamar a Sánchez “señor de la guerra”. A todos les ha desconcertado la decisión de compaginar el “no a la guerra” con el envío de la fragata más moderna de la Armada para defender Chipre, miembro de la UE aunque no de la OTAN por la oposición de Turquía. En realidad, el despliegue militar en torno a Chipre ha sido el estreno de la defensa europea común. Incluso Mark Rutte, secretario general de la OTAN y adulador en jefe de Trump, lo ha reconocido destacando que España cumple sus compromisos.
Ha sido un buen movimiento táctico del Gobierno, aunque toma mucho riesgo con la negativa a secundar a Trump, para probar que España cumple lo que está en los acuerdos y pactos internacionales. Incluido el párrafo del Tratado con EEUU para usar las bases en la península. Sí para defensa y guerras legítimas; no para conflictos unilaterales que se salten el derecho internacional y Naciones Unidas.
La cuestión determinante será el tiempo. Si el enfrentamiento termina en dos semanas, quizás se mantenga la foto de apoyos a la Casa Blanca. Si se alarga y los combustibles, el gas y la inflación se disparan, la caldera de presión de las opiniones públicas afectará a los gobiernos y deberán pronunciarse con mayor rotundidad; incluidos los norteamericanos que crecientemente no ven clara esta guerra desatada por quien fue elegido con la promesa de terminar conflictos.
Otra cuestión es si un movimiento de ajedrez tan atrevido de Sánchez puede traer riesgos serios al comercio español y a sus exportaciones. “Es una posición quizás positiva para el presidente, pero no para España”, se concede desde algunos sectores. Las maldiciones y las faltas de respeto a España por Trump son diarias. El tiempo despejará el panorama. Hoy no se puede decir más. Como afirma la ministra de Defensa, Margarita Robles, “nadie sabe cómo va a evolucionar esto”. Ni Trump lo sabe.
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