Debe de ser una deformación propia de filóloga, pero a veces me quedo atascada en reflexiones sobre la lengua que me rondan con carácter cíclico. Una de ellas es la diferencia en español entre ser y estar. Cuando alguien quiere aprender nuestra lengua se le explica que ser describe la característica esencial de una persona o cosa que normalmente es permanente; estar, sin embargo, habla de su estado. Así, “es una persona” o “es un león” vendría a decir que lo es toda su vida, hasta la muerte, pero “está alegre o feliz o triste” señala que es una circunstancia solo temporal porque ese estado suele cambiar de una manera bastante fácil.

Claro, hasta ahí todo bien, pero mis dudas vienen cuando usamos el verbo ser para explicar de alguien que “es una niña o un adulto o un anciano”, sin ir más lejos. No es permanente la niñez ni la madurez ni la vejez. Transitamos por ellas dejando en cada etapa parte de nosotros hasta el punto de que, cuando llegamos a una edad avanzada, es difícil reconocer en la persona cansada, gastada y apagada por el paso del tiempo su sentido de la curiosidad, el afán por agradar o la risa fácil que tuvo en la infancia, por ejemplo. Entonces ¿soy una niña, una adolescente, una anciana o más bien estoy vieja, joven, madura?

Y con las profesiones me ocurre igual, no sé si es que entendemos que imprimen carácter (recuerden “señal espiritual que queda como efecto de un reconocimiento o una experiencia importantes, como en la religión católica la dejada por los sacramentos del bautismo, confirmación, orden”, RAE dixit), pero ¿no sería más apropiado usar estoy en lugar de soy albañil, profesora, médico, pintor…? Sé que mi suegro aún tiene pesadillas con su etapa activa de tapicero, cuando sufría por la letras que había que pagar o no llegaba a tiempo en la entrega de un sofá. Sin embargo, no estoy segura de que siga siendo tapicero, como no lo estoy de cuánto de lo que hoy me define seguirá conmigo cuando la edad se encargue de borrar lo que hasta ahora creía mi esencia.

Buena parte de lo que creemos que somos está solo de paso. ¿Llevaba razón Eduardo Zambrano cuando escribía “a estas horas de la tarde puedo estar triste y ser feliz”?

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