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Hubo un tiempo en que el mejor truco del diablo fue hacer creer al mundo que no existía. Casi siglo y medio después de la reflexión del maldito Baudelaire, Lucifer ya puede salir sin temor de las sombras. Y no es que piense que unas férreas normas morales aseguren un mundo feliz –la literatura (y la realidad misma) ya nos mostró esa horrible visión–, pero sí me está empezando a escamar este exacerbado enaltecimiento de la maldad al que asisto en el día a día. No me siento más justa, ni más liberada, ni más lista, ni más especial por apuntarme a las lógicas capitalistas que han conseguido convertir en deseable la figura (que compramos, llevamos en camiseta y adoramos) del villano de turno y sus valores. Cierto que la complejidad que entraña el carácter humano, y la propia vida, no se merecen una simple línea divisioria que separe el bien del mal. Pero puestos a elegir, voy con el bueno, aunque me tenga que tomar mi tiempo para descubrir quién es.
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