Conocí a José Pedro Pérez Llorca en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en el curso de una exposición, si no recuerdo mal sobre la generación del 27. Corría la década de los noventa y ambos éramos gaditanos desterrados que enseguida congeniamos y nos entendimos a la perfección. José Pedro, ya retirado de la primera línea de la política, era un gran aficionado al arte y nos aficionamos a visitar juntos el Museo del Prado. Conservaré de por vida en mi memoria una frase que me espetó un día, de repente y sin yo esperarlo. Se volvió y me dijo: "Nadie enseña la pintura como un pintor. Nadie me ha enseñado el Prado como tú".

Seguimos viéndonos con alguna frecuencia hasta que, en 2008, recibí el encargo de pintar a los padres de la Constitución para el Congreso de los Diputados. Tenía ya con José Pedro cierta complicidad y aunque debía reflejar a los ponentes no en ese momento sino en el que se redactó la Carta Magna, aquello sirvió de excusa para vernos más a menudo. Si tuviera que destacar una cualidad de cada uno de los siete retratados, de José Pedro destacaría su fino sentido del humor. Era un hombre sin embargo reservado, un observador atento de todo cuanto acontecía a su alrededor, y escapaba del tópico del gaditano alegre y dicharachero, pero porque poseía una mirada más universal y amaba y vivía lo local con una cordial y elegante distancia sureña, lo que le otorgaba su sentido del humor tan particular.

En 2012 le nombraron presidente del Patronato del Museo del Prado. A los pocos meses me llamó y me convenció de que me incorporara a su proyecto con un argumento al que no pude resistirme: "No hay un pintor en el Patronato del Prado y, como comprenderás, tiene que haberlo". Los cinco años que he formado parte de este organismo han sido para mí una experiencia enriquecedora, pero sobre todo la oportunidad de trabajar estrechamente con José Pedro y comprobar que un buen político, culto y con sentido de Estado, puede presidir una institución cultural de la envergadura del Prado mejor que un especialista del mundo del arte.

Debemos a su esfuerzo -sagaz y siempre firme- la mejora de las condiciones laborales de los trabajadores del Prado, la cristalización de la ampliación con el Salón de Reinos, la defensa numantina de la integridad de las colecciones del Prado, la adquisición de una joya como La Virgen de la granada de Fra Angelico, y que hoy podamos contemplar en el Museo obras como La Virgen de la leche de Berruguete y La última comunión de san José de Calasanz de Goya, entre otras. Conmemora estos días el Prado su bicentenario -en el que tan activamente participó José Pedro- con un lema: lugar de la memoria. Aquí quedará para siempre su memoria y su ejemplo.

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