Cien siglos de vecindad

06 de marzo 2026 - 07:00

No hay pueblo sin su cuota de realismo mágico. Ya saben, esa fusión natural entre la cotidiano y lo fantástico. Lo asombroso integrado en los quehaceres diarios. La prosaica rutina convertida en justicia poética. Si el Macondo de García Márquez representa un universo literario que bebe de las aguas de la costa caribeña y se alimenta de las plantaciones de la zona bananera, El Puerto de Alberti se asienta en un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas. Dice Rafael que “todo sonaba allí a pasado, a viejo bosque sucedido. Hasta la luz caía como una memoria de la luz, y nuestros juegos infantiles, durante las rabonas escolares, también sonaban a perdidos en aquella arboleda”.

Todo empezó, al menos eso cuenta la leyenda, con la mirada alucinada de Menesteo. Acabada la guerra de Troya, descubre que durante su ausencia le han arrebatado el trono, que ya no es el rey de Atenas. En lugar de volver a casa, emprende el amargo camino del exilio, navegando sin rumbo fijo. Una mañana luminosa aparece por esta esquina del paraíso y le da su nombre al bucólico territorio que acaba de descubrir: Puerto de Menesteo.

Muchos siglos después, el mito fundacional cristiano lo forja la aparición de la Virgen de los Milagros al rey Alfonso X. La imagen de esa mujer de tez morena se va a convertir en nuestra madre y patrona. Son varias las teorías que se manejan para explicar el color de su piel. A mí me gusta la que la asocia a la interpretación del Canto Primero del Cantar de los Cantares: “Soy negra pero hermosa”. La cara bronceada por el sol que alumbra el trabajo en las viñas, la belleza rústica y exótica que desafía los pálidos modelos de la época. Y me gusta también imaginar que la virgen negra Milagros rescató a la niña negra Cándida del naufragio que la arrastró hasta la playa de Valdelagrana. Cándida ‘La Negra’ viajaba procedente de Huelva, ciudad en la que existía un mercado de tráfico de esclavos, presumiblemente para ser vendida en ultramar. Pero se quedó para siempre con nosotros. Aquí convivió en la calle Lechería con un gitano carbonero con quien acabó casándose. Murió libre y portuense en 1951, a la edad de 110 años.

Un ilustre visitante, Antonio Muñoz Molina, asegura en su relato Las aguas del olvido que el Guadalete es la frontera entre el reino de los vivos y el de los muertos. Que quien lo cruza pierde la memoria. La mía me lleva de la mano de mi madre a la plaza de abastos, por cuyos laberínticas escaleras intentamos abrirnos paso entre el bullicio un sábado por la mañana. Una chirigota dispersa de desheredados desfila por los alrededores. Recuerdo con una sonrisa compasiva a aquellos clásicos populares. Tonino, el ciego de los iguales, que cantaba los goles del Racing antes que nadie. Chamaco, mitad marinero en tierra, mitad pirata berberisco, con camarote permanente en la antigua lonja donde dormía protegido por gaviotas y gatos. El Baba, que jamás sometió a sus pies a esa cárcel angustiosa que son los zapatos, pues él era feliz pisando el suelo sin intermediarios. El Chato Guarigua, la India, el Panarria, Tula, Romualdo… Puro realismo mágico. Y trágico. Amar algo consiste en incorporarlo a nuestras mitologías privadas y comunitarias.

Como en el viejo Oeste, en El Puerto, cuando la leyenda supera a la verdad, publicamos la leyenda.

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