El Alambique
Libertad Paloma
Felicitación
Diego Joly, responsable de una de las páginas mas leídas de este Diario, incluyó en el de la edición del viernes un suelto sin desperdicio, digo lleno de noticias pese a la brevedad. Tuvo lugar en 1876, hace 150 años. Lo tituló “La Isla festeja la restauración monárquica”. No me resisto a reproducirla en parte: “El alcalde de San Fernando, José María de la Herrán, publica un bando con motivo del aniversario de la entrada del Rey Alfonso XII en territorio español”. Continua el redactor, con esta otra noticia: “Para aliviar las necesidades de los desvalidos, el Ayuntamiento isleño repartirá mil limosnas de dos reales cada una, además de iluminar y poner colgaduras en las Casas Consistoriales”. Limosnas y exorno, pues, en aquella Isla de oscuras noches de enero, en estos días muy frías y puede que húmedas, lluviosas. La restauración monárquica era un motivo suficiente, significaba el fin de décadas de disturbios, guerras civiles y cambios de régimen en la triste España que llegaría no demasiado tiempo después a la pérdida de Cuba y Filipinas, la clausura vergonzosa del viejo imperio. Pero lo más llamativo del Bando del alcalde La Herrán era su colofón, pues solicita el apoyo de la población a la Marina de Guerra, “alimento de la riqueza y bienestar de San Fernando”. Lo fue desde un siglo antes y lo sería un siglo después, pues por siglos podemos medir el significado de la “Marina de Guerra” en la vertebración de San Fernando, su crecimiento y desarrollo. Un porcentaje elevadísimo de su bienestar estuvo siempre en la Marina de Guerra, y no sólo bienestar, digo prestigio, orgullo, implicación. El tejido social que se decía entonces, estaba integrado por las familias de Marina en la población, nada de lo que nos atañía era ajeno a la Marina de Guerra. Desde la construcción de la ciudad hasta su futuro, ensombrecido cuando los hombres de los uniformes azules –o blancos– y las cocas y entorchados, y las anclas, tenían que soportar las grandes crisis del Estado, desde la construcción naval militar a los achiques de personal y la desorientación de la conducción de España. Recomiendo de nuevo Sotavento, la gran novela de Luis Berenguer de aquella Marina, aquellos marinos y la ciudad, en donde discurrían sus vidas cuando no estaban a bordo. Y sus familias, naturalmente. 1876, un siglo y medio iluminado de pronto gracias a Diego Joly.
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