Anatomía carnavalesca de un instante

20 de febrero 2026 - 07:00

El lunes 23 de febrero de 1981, cuando Tejero tomó la tribuna del Congreso de los Diputados a las 18:23 horas al grito de ¡Quieto todo el mundo!, yo estaba en la concejalía de Deportes. Esperaba mi turno para cobrar los partidos de la liga municipal de balonmano que había arbitrado el fin de semana anterior. Un trabajador que escuchaba la radio comentó que se estaba produciendo un golpe de Estado y que lo mejor que podíamos hacer era irnos para casa. Pero yo seguí a rajatabla la orden de Tejero y dije que no me movía de allí hasta que no me pagaran. No fuera a ser que los políticos de izquierda se volvieran locos destruyendo papeles y trituraran también las actas de mis partidos de balonmano. Y que además de perder la libertad, perdiera también mi única fuente de ingresos.

Salí de allí con el corazón inquieto y la cartera contenta, pero no hacia mi casa, sino en dirección a la iglesia de San Joaquín, donde teníamos el ensayo del paso de la Virgen de la Hermandad de la Veracruz. Mientras procesionábamos por la calle Santa Clara, nuestro amigo Andrés, ateo practicante, nos iba informando desde fuera, con un transistor taladrado a la oreja, del minuto y resultado del asalto al Congreso, como si fuera Vicente Marco en Carrusel Deportivo. A un periodista sueco su jefe le exigió un titular que resumiera lo que estaba pasando esa noche en España. El reportero miró la foto de Tejero y escribió: “Un torero asalta el Parlamento español”. Siglo y medio de pronunciamientos grotescos habían transmitido la imagen de un país políticamente folclórico.

En Cádiz, en La Casa de los Ladrillos Coloraos, el concurso no se para. “Tendrá que venir la Autoridad para suspenderlo. Lo hecho por el pueblo debe seguir funcionando”, apuntan desde la organización. La comparsa Los Pintores de Versalles de Antonio Bustos, liderada por el gran Ramoni, sale a cantar ante un patio de butacas que pronto empezará a despoblarse. “Ante esta divina estampa/no hay más que reverenciarse/hermosa tierra gaditana”, proclaman en su exquisita presentación. La imagen que ofrece Valencia horas más tarde es, por el contrario, un cuadro aterrador. 1.800 soldados y 60 carros de combate circulan, bajo el mando del capitán general Milans del Bosch, para que se cumpla el toque de queda una vez declarado el estado de excepción. En el Falla, alguien divulga el bulo de que los militares rebeldes han tomado el cuartel de San Fernando.

Fue la primera vez que la final del concurso se retransmitió por televisión, a través de Telesur, la desconexión regional de TVE. Las comparsas portuenses Mi Ribera del Río, de José Luis Arniz, y Los Gibraltareños, de los Majaras, se alzaron con el segundo y tercer premio provincial, respectivamente. Rafael Alberti fue el pregonero. El fotógrafo Joaquín Hernández, Kiki, inmortalizó el encuentro inesperado entre el poeta y José María Pemán. Aquel abrazo se interpretó como la reconciliación de las dos Españas.

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