Tanto el zafarrancho de combate como el toque de generala sirven para que los soldados se preparen ante un ataque inminente. En realidad indica “estar preparado para algo”. Cierto es que la terminología militar se refiere a que cada cual esté en sus puestos con las armas preparadas, pero en el lenguaje y en la práctica civil actual, menos mal, caso de necesitar armas, se recurre exclusivamente a la palabra, bien para atacar, bien para el razonamiento, aunque por desgracia más para lo primero.

El zafarrancho combate que se plantea hoy no es, pues, cruento, sino un enfrentamiento dialéctico entre la razón como sustento de la verdad y los intereses espurios de los que pretenden vivir a costa del sistema cuyas armas principales son entronizar el miedo y sustituir la libertad individual por una especie de limosna colectiva vestida de caridades institucionales, (salarios mínimos, ingresos mínimos vitales, subsidios a los desgraciados…) precarias y oportunistas todas, con cobro revertido gracias al voto. Y la caridad siempre ha sido sucedáneo de la Justicia. 

Si, además, se llega a la coyuntura en la que estamos con la pandemia y se demuestra, como se está demostrando, la incompetencia de los mindundis, dizque responsables ya sea desde lo político, lo social, lo económico o desde la improvisación para utilizar los recursos humanos, se llega a la conclusión de que en el toque a generala, el que cada uno ocupe su puesto, se opta por elegir las palabras que hieren a que las que sirven para la conciliación.

Parece que ha llegado el momento en que la ciudadanía crea en sí misma superando su propia indefensión, asumiendo que su responsabilidad no es un concepto vago, sino que exige compromiso utilizando, como digo, la vertiente conciliadora de las palabras, esas que sólo la formación y la honradez proporcionan. Y estas, como siempre, brillan por su ausencia.

Mientras esa sociedad que aludo, continue atemorizada por la casta y siga pensando que no tiene más salida que el acatamiento, admitiendo impunidades, consintiendo que los fantasmas del pasado selectivo camuflen las tragedias del presente y sin que le inquiete el futuro de sucesivas generaciones, merece los gobiernos que tiene, pensamiento atribuido a varios autores, desde Churchill a Roosevelt, pasando hasta por Rubalcaba, y que se debe a Joseph de Maistre, un jurista, filósofo y diplomático francés nacido en 1753, quien tuvo la oportunidad de analizar de primera mano los acontecimientos que desencadenaron la Revolución Francesa.  Casi nada al aparato. (Google dixit). 

La jauría que tenemos sentada en las poltronas no son extraterrestres sino productos destilados de las carnes comunes del pueblo,  de ese pueblo de tan bajo nivel que no reacciona ante los que toman la palabra como armas arrojadizas cuando debieran ser puentes de unión. 

Este es mi humilde juicio del drama que nos ahoga y del que se aprovechan los políticos para mantener sus despotismos iletrados. Ahí está la crisis que padecemos, la mayor desde San Fernando VII, guerras carlistas y civiles, frentes populares y dictaduras incluidas. Lo demás son razones que la razón no entiende, que repetiría Pascal, si viviera.

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