Larga cambiada

Mila Alarcón

malarcon@diariodecadiz.com

Castañas quemadas

Antes de ayer fue un día raro. Un día distinto. Un tanto atípico. Y me sentí hasta rara. Antes de ayer, mientras comía, levanté la cabeza del plato para mirar las noticias.

Eso en mí es poco habitual por dos motivos. El primero (evidentemente el más importante) es que la comida es sagrada. Ya se puede poner por delante quién sea, que me da lo mismo. Un buen plato, es un bueno plato y merece toda mi atención. Ahí no hay vuelta de hoja. El segundo -no menos importante, pero quizás un poco más preocupante- es que ya, a estas alturas, no hay nada que me sorprenda. Después de estar toda la mañana en la redacción -empapándome de todo obviamente- hay muy pocas cosas que Sandra Golpe me cuente a la hora de comer y que yo ya no sepa.

Pero como decía, la maldición se rompió hace dos días. Por un lado Cataluña. Segunda noche de ataques, fuego, intento de derribo de un helicóptero... Increíble. Ya me imagino contándoselo a mis nietos. Por otro lado Franco. Que si entra, que si sale, que si se lo llevan en helicóptero... Surrealista. Y de repente, en medio de toda esta vorágine aparece pacíficamente una señora en silla de ruedas eléctrica. Acompañaba a la marcha de los pensionistas del País Vasco. Ahí ya me enganché. Tras ella, el total (así es como se llaman a las declaraciones en el mundo de la tele) de otra mujer a la que opino que habría que ponerle un monumento. “Estoy aquí para luchar por mi pensión ... ¡y por la tuya!”, le espetó al periodista delante de la alcachofa. Tenía pinta de que el reportero tendría mi edad (menos de treinta y hasta aquí puedo leer). Quizás, hasta fuera antiguo compañero de clase. Quién sabe.

La noticia acaba y me siento mal. No quiero que nadie me saque las castañas del fuego. Y no hablo desde el orgullo. Hablo desde la vergüenza. Ellos ya lucharon por conseguir sus derechos y ahora, cuando lo que toca es descansar, vuelven a luchar pero para el futuro de otra generación, para sus hijos y para sus nietos, para que tengan una independencia; pero cuando veo las imágenes me pregunto: ¿Ellos dónde están?¿Dónde estamos nosotros?-incluida yo-. En Madrid y reivindicando seguro que no.

Desde aquí mi más sincera admiración. Si esto no es digno de levantar la cabeza de un buen plato de carne guisada, que vengan y que me lo cuenten.

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