Puente de Ureña

Rafael Duarte

Ávalon

Cuadros, libros, poemas, almas que tuvieron que dejar ese cuerpo de vida y lastre

06 de noviembre 2019 - 01:33

El alma es la sustancia de los sueños. El alma nunca bien situada, el corazón, el hígado, el bazo, la cabeza, según la historia, tiene atribuida la inmortalidad. La inmortalidad parece, es una espera sobre el fin de los tiempos. En la vida cobramos identidad, sabemos qué somos. Y la muerte es algo extraño que nos separa de nuestras fronteras y nuestros qués. La última ensoñación dopados y sin dolor. El último miedo. El horror viendo el cuerpo que cuidamos y nos mata… Ávalon. Para mí, Avalón, con su frontera de sueños sobre sueños. Avalón esa isla con su laguna estigia, borra óbolos muertos en la lengua, odios de costra y nada, extremas abluciones… Arturo aguarda con Morgana, ese fin de los tiempos suspendidos…Esa resurrección final del ser. Ese tiempo sin tiempo que es la espera del tiempo. Ese estado de nada que es materia. Átomo o viento. Avalón. Isla donde reposan en paz, sin guerras ni filos las personas por las que sentimos admiración, no lástima.

Avalón. La extraña isla del mito artúrico. La espada clavada sobre una piedra que al sacarla distingue para la guerra y la sangre… Ah. Mi admirado Pérez Casáux, escritor ya sumido en Avalones y silencios vio levitar a la Isla. Ese lago de niebla marismeña que alzaba la ciudad sobre vetas de nube y polvo. Sobre el alma disuelta. El más allá pensado.

A esa espada, quise añadir estudiando los mitos, la espada contraespada, es decir la espada clavada en la roca, no extraída, de San Galgano. La conversión de la espada en Cruz, la paz y la mística en la piedra.. Abandonando la espada por la Cruz, haciéndose ermitaño, es el antónimo de Arturo. En la rotonda de Montesiepi en una iglesia de planta circular interrumpida por un pequeño ábside, situado junto a la capilla Lorenzetti, dicen sus hagiógrafos, donde se conservan dos antebrazos humanos momificados de naturaleza desconocida y dónde se entrelazan juegos de luces y simbologías pitagóricas a través de números. Donde los halos se proyectan en las paredes al amanecer y al atardecer de los días de equinoccio y solsticio, evocando símbolos místicos y teológicos. Allí se conserva la espada en la roca. Porque Galgano, como Dante, Tomás de Aquino, Juan de la Cruz, Francisco de Asís o Teresa de Ávila vivió en un mundo donde convivían alquimia, astrología mística, herejía y fe. Y el perfil de los sueños que escapan a esta vida. En ese aire místico y perdido sitúo los cadáveres de las personas que me importan. Porque en el último embarque ven el cielo de niebla que provoca el lago y piensan que serán. Sí. Allí debe estar Pepe Oneto, ya transición de alma, ¿verdad Enrique?, o el cielo de las púrpuras más púrpuras que donara Pepiño a las marismas.O los fangos de bajamar y plata. O su bondad creadora, ¿verdad, Cubillanas? La estrellería abierta en las noches sin luna de Avalón. Vamonos a Ávalón. Isla perdida en el mediterráneo o aquí. Cuadros, libros, poemas, almas que tuvieron que dejar ese cuerpo de vida y lastre. De tardes con la nada en tantas tardes. Última luz del tanatorio y llanto donde nadie buscará ya ésa alma, de astrología y fe. Sin colores ni tiempo. Con la duda clavada por la cruz en la piedra. Por el alma que sube hacia una nada imperfecta.

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