Arte
El cartapacio de Antonio Raphael Mengs
AUNQUE en artículos anteriores sobre las tarjetas postales hemos mencionado de pasada la figura del gaditano Doctor Thebussem, su papel en los orígenes de la tarjeta postal en España es tan singular que obliga a exponerlo y comentarlo.
Mariano Pardo de Figueroa y de la Serna (1828-1928) fue un aristócrata que nació y vivió en Medina Sidonia, estudió y se doctoró en derecho, pero como tenía por familia tierras y dinero, se dedicó a lo que se dedicaban muchos aristócratas ingleses pero casi ninguno de los españoles: a viajar, a conocer idiomas, a estudiar temas diversos, a saber y disfrutar con la cultura. Todo lo cual lo complementó relacionándose con personas que le resultaban culturalmente interesantes, mediante correspondencia postal, y compartiendo lo que sabía en publicaciones españolas y extranjeras. Producción literaria sobre asuntos interesantes y curiosos, generalmente salpicados de fina ironía, que firmaba con el seudónimo Doctor Thebussem. Anagrama de 'embustes', con el añadido de la 'h' para darle al nombre, según decía el bromista don Mariano, un aire de hispanista alemán.
Uno de los temas de los que se ocupó el Dr. Thebussem fue la historia de los servicios de correos, por eso, tras la aprobación en 1869 de las primeras tarjetas postales por la Administración postal austro-húngara, y después de que el periódico madrileño La Época anunciase, el 22 de mayo de 1871, que se pondrían en práctica en España "a más tardar desde el 1 de julio", el erudito asidonense publicó un artículo en dicho periódico, el 25 de julio, ilustrando y dando su opinión sobre el asunto. El primero que se publicó en España, que yo conozca, sobre la materia.
En dicho artículo Thebussem dice que le parecería más adecuado que, en castellano, se denominase 'carta-tarjeta' en vez de 'tarjeta-postal', pasando a describir una postcard inglesa que ya él tenía. También comenta cómo el enorme éxito popular que había tenido en Inglaterra, había minimizado las críticas a que las nuevas tarjetas, con el sello impreso, llevasen los textos al descubierto. Argumento válido si los gobiernos hubiesen prohibido la circulación de las cartas cerradas, pero sin fundamento si el envío de las tarjetas dependía de la libre voluntad de los remitentes. Considerando tan lógicas las quejas de los comerciantes de papel y sobres por la bajada de sus ventas, como su alegría y de parte del público por las nuevas tarjetas postales. "Estas ligeras cartulinas de las cuales llevaremos siempre provisión en nuestras carteras, nos permitirán escribir en el ferrocarril, en el teatro, en el café, en el coche, en medio de la calle; no nos hará falta ni papel, ni sobre, ni tinta, ni sello; y si del orden material pasamos al moral, tendremos también una gran economía de palabras y de fórmulas de cumplimiento". Saludable concreción de los textos por razón de espacio que, al pretender que no se entendieran por otra persona que no fuese el destinatario, terminaban siendo crípticos.
Finalmente, Thebussem comenta que, aunque no se conocía aún el tamaño, la forma y los textos de la próxima tarjeta postal española, esta debería incluir, con más razón que en Inglaterra por el atraso de la población, unas normas claras para el buen uso de las mismas. Ofreciendo un posible modelo de tarjeta con dichas normas. Finalmente, manifestaba su previsión de que esta nueva modalidad postal triunfase en España más que en Gran Bretaña, pues si allí "el tiempo es dinero", aquí, donde "la pereza es piedra preciosa", será delicioso para un hidalgo español despachar una decena de tarjetas en el tiempo que ante necesitaba para una carta.
Como el tiempo transcurrió y el Gobierno no terminaba de sacar las prometidas tarjetas postales, con sello impreso y barato, algunos particulares empezaron a emitirlas por su cuenta, haciéndolas circular poniéndoles un sello normal de carta. Meses después el Gobierno permitió que las tarjetas postales, desde el 1 de enero de 1873, circulasen por la mitad del franqueo ordinario, pero como pasaba el tiempo y estas seguían sin salir de la Fábrica Nacional del Timbre, Thebussem mandó estampar una serie de tarjetas en las que incluyó, además de unas instrucciones de uso, el siguiente comentario: "Como al Gobierno se le hace cuesta arriba emitirlas el Doctor Thebussen dispone esta tirada (mayo 1873) para su uso y para regalarla a sus amigos". Tarjetas que están consideradas las primeras que circularon en España con la tarifa postal propia y reducida (aunque el propio Thebussem atribuye esta cualidad a otras tarjetas también suyas, impresas en Tánger, y que en número de 50 o 60 circularon entre los meses de enero y abril).
Otras intervenciones señaladas del Doctor de Medina Sidonia en este campo fueron tras la aparición a modo de prueba, en septiembre de 1873, de la tarjeta postal oficial, en su doble modalidad, sencilla y doble (esta última también con el sello impreso, de tal forma que el destinatario podía cortar la tarjeta y mandar la respuesta sin coste alguno). Momento en que se publicaron en la prensa varios artículos criticando sus defectos, entre los que destacaron los de Thebussem, que sirvieron para hacer ciertas correcciones en las tarjetas que oficialmente se emitieron el 1 de diciembre. Pero como Thebussem consideraba que no se habían atendido los consejos dados y las tarjetas seguían teniendo muchas deficiencias, mando imprimir una serie de 500 tarjetas en cuyo reverso aparecía el texto titulado Objeciones que se han hecho a la presente tarjeta, contestadas por el Dr Th. Una serie de contestaciones ridículas que daban más peso de razón a las objeciones que se habían puesto a dichas tarjetas.
También ese año, 1873, para evitar el peligro de que se perdiera para la historia la información de las tarjetas postales particulares circuladas entre el 1 de enero y el 31 de noviembre de 1873 (es decir, desde que se autoriza a que circulen con la tarifa reducida, hasta el día antes de que aparecieran las tarjetas oficiales) el director de la Revista de Correos hizo un llamamiento para que los suscriptores le enviasen ejemplares y datos sobre dichas tarjetas. Ocasión que el Doctor Thebussem aprovechó para publicar en el periódico El Gobierno, en el mes de diciembre, una serie de artículos que podríamos considerar la protohistoria de la tarjeta postal en España.
Finalmente, citando los hitos de mayor interés en esta materia, debemos mencionar el artículo que Thebussem publicó en Diario de Cádiz, el 24 de julio de 1877, 'defendiendo' (irónicamente) el recargo del 'impuesto de guerra' que sufría el franqueo de las cartas, con 'razones' como que todavía el correo seguía siendo más barato que ir de Cádiz a Valencia para dar las noticias personalmente. Pero cuando a primeros de septiembre entró en vigor que este impuesto también se aplicase a las tarjetas postales, que hasta entonces habían estado exentas, Thebussem mandó imprimir, en 1879, cien tarjetas en cuyo reverso aparecía una esquela con el siguiente texto: "Rogad a Dios por la salud de a Sra. D.ª Tarjeta Postal de España, gravemente enferma de un ataque de sello-guerritis. El correo caro equivale para muchísimas personas a no tener correos -las gentes sin correo quedan igualadas con los mulos y con los borricos- (Gobernantes. Lib. II, cap. IV). Los que encarecen el correo vienen a ser merodeadores del comercio, ladrones viles de la sociedad, asesinos infames y pagados de los más puros afectos del corazón (Claro está. Lib X, cap. XII). Los excelentísimos e ilustrísimos señores jefes de Hacienda y de Correos de Inglaterra, Móstoles y Tierra de Fuego, conceden indulgencia plenaria a todo el que rechifle el estúpido arbitrio postal de Impuesto de Guerra, discurrido por los mandarines españoles".
Después de muchos años de estudio, publicaciones y continua utilización del correo postal (desde Medina Sidonia con medio mundo), Mariano Pardo de Figueroa solicitó a la Dirección General de Correos, por propia iniciativa, el título de 'Cartero Honorario del correo español, con uso de uniforme y sin sueldo', título de su invención que se le concedió el 20 de marzo de 1880. Desde entonces, Thebussem utilizó la única prerrogativa que dicho nombramiento le otorgaba, enviando su correspondencia con un sello de su invención, sin necesidad de franqueo. Poco después, Don Mariano mandó imprimir unas tarjetas postales con su sello y la imagen de su imaginario castillo de Tirmenth, en la fantástica ciudad alemana de Wutzbourg (visión cervantina que el divino Thebussem tenía de una de sus fincas, la Huerta de la Cigarra, en la gaditana Medina Sidonia).
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