Concierto de Navidad | Crítica

El sol sale para todos

  • La Coral de la Universidad de Cádiz y la Orquesta Álvarez Beigbeder protagonizan el concierto de Navidad en el Gran Teatro Falla

Juan Manuel Pérez Madueño dirige el concierto de Navidad en el Falla. Juan Manuel Pérez Madueño dirige el concierto de Navidad en el Falla.

Juan Manuel Pérez Madueño dirige el concierto de Navidad en el Falla. / Sergio Ibarra/Camara Estudo

En el principio sólo existía el solsticio de invierno y luego la humanidad creó una multitud de deidades para personificar el milagro del sol invictus que recupera gradualmente su espacio en la bóveda celeste tras el periodo más oscuro del año. Así, se dio a luz tanto a Zoroastro (o Zaratrusta) como a Seva Zistane, Horus y Huitzilopochtli, entre otros. En occidente, el Imperio Romano usó como vehículo de unificación a un cristianismo que pasó de forma de vida a religión que sincretizó todos los ritos, costumbres y figuras de la cuenca mediterránea en Jesús de Nazareth. Al mismo tiempo, surgió la celebración de la Navidad, que no significa otra cosa sino ‘nacimiento’ y que ha sido re-creada o re-inventada una y otra vez por diferentes ‘iluminados’ desde Francisco de Asís a Dickens, pasando por el propio Bach, protagonista este año del concierto de anual que en estas fechas señaladitas ofrece la Coral de la Universidad de Cádiz.

Este conjunto, de la mano de Juan Manuel Pérez Madueño, no se contenta con cumplir sólo con su obligación de ilustrar melódicamente los actos académicos pertinentes. Además, está realizando una extraordinaria labor de recuperación del patrimonio musical local más desconocido, así como de difusión de piezas del repertorio universal que no podrían representarse en nuestra ciudad por su alto coste de ejecución, que se suple con la entrega y voluntariedad de sus componentes, lo que constituye otra de las formas de iluminar.

Igualmente, la Coral UCA, se enfoca en dar espacio a artistas de gran brillo que trabajan en nuestra tierra a pesar de nuestra condición de provincia periférica y la oscuridad a la que nos condena constantemente la falta de apoyo por parte de las grandes instituciones que también contribuimos a sostener. Así, como primer destello de este concierto navideño, se presenta a la jovencísima pianista Carla Román, que reluce en escena cual estrella de Belén, más prodigiosa que prodigio, pues rezuma espontaneidad a la vez que talento con ‘t’ de trabajo. De hecho, su interpretación del Concierto para teclado BWV 1056, fue versátil y llena de matices, desde la más sutil delicadeza a la energía más firme según requería cada momento de la obra, modernizada en virtud de los elementos empleados, esto es, piano y orquesta, pues originariamente fue compuesta para clavicémbalo e instrumentos de cuerda.

Por tratarse de un concierto, no se cuenta exactamente con una puesta en escena, pero sí con una liturgia clásica, en la que participan el revestimiento en madera del Falla como espacio, así como la sobriedad del vestuario de los componentes en color negro sólo alumbrado por el rojo de las solistas o el amarillo de las becas. Por supuesto, no puede faltar la afinación de instrumentos y el coro de toses por parte del público. Pero en toda esta ceremonia hubo momentos discordantes que afectaron al ritmo o al desarrollo del concierto: por un lado, la retirada de piano a vista de público, que se vivió como desacertada, aunque no se sabe si inevitable. Por otro, algunos momentos del diseño de iluminación, provocó molestias en parte de los espectadores, aunque en conjunto creó un ambiente apropiado a la interpretación musical.

En cuanto a la irradiación del Oratorio de Navidad BWV 248, debe señalarse la correcta ejecución de la orquesta Álvarez Beigbeder, así como de los solistas, exceptuando la interpretación del tenor, que no parecía estar en su mejor día. Por su parte, el coro lució con especial brillo y potente resplandor, en las tres cantatas escogidas para interpretar, reflejando la magnificencia propia destinada a un rey de reyes de la I y la III, acompañada por los rayos rojos y luego tonos ámbar de la iluminación, así como la elevación de la II, matizada por los azules. Aún dentro de una tradición luterana, que exigía contención y sobriedad, Bach creó una pieza llena de matices y colorido, quizás porque el sol sale para todos, independientemente de las creencias impuestas o elegidas, y es deber de cada persona ser luz de su propio mundo.

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