‘Miedo’: el vértigo ante el tobogán

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La poeta Rocío Rojas-Marcos explora en un libro publicado por la Fundación José Manuel Lara los temores y sobresaltos que implica estar viva, una vulnerabilidad que en su mirada se revela como valentía.

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La poeta y profesora Rocío Rojas-Marcos (Sevilla, 1979), con un ejemplar de ‘Miedo’. / Ismael Rubio
Braulio Ortiz

08 de enero 2026 - 06:30

Rocío Rojas-Marcos siempre consideró a Ángel González uno de esos autores esenciales que reserva en sus páginas una verdad para la vida, pero la poeta encontró en los versos del asturiano también el impulso para un libro que comenzaba a formarse en su cabeza. “Hay que ser muy valiente para vivir con miedo” fue la frase que encendió la mecha, que reconcilió a Rojas-Marcos con sus temores y la ayudó a entender que conceptos aparentemente antagónicos como vulnerabilidad y coraje podían ir de la mano. “Que haya cosas que te asustan no te convierte en una cobarde”, defiende la escritora, “ese temor te sirve para tomar distancia, reflexionar sobre qué es lo que te aterra, y crecer a partir de ahí”, apunta una “persona miedosa” que ha comprendido con el tiempo que la prevención y la alarma son, lejos de pecados que merecen la burla, “rasgos de inteligencia. Cuando ves a los niños jugar en el parque, siempre hay uno que se lanza por el tobogán como un kamikaze, y otro que se detiene y que mira antes de tirarse. Ese es el que sobrevive, el que ha sopesado los riesgos”.

Rojas-Marcos ha reunido un inventario de las angustias y los sobresaltos que conlleva estar viva en Miedo, un poemario que publica en la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara y en la que la sevillana intenta alumbrar desde la literatura –“a lo mejor por eso escribes / para perder este miedo informe”– la oscuridad que impregna nuestro ánimo. “En las películas de terror las habitaciones siempre están en penumbra, y si los personajes encendiesen la luz comprobarían que la sombra que les inquieta no es más que un árbol mecido por el viento. Nombrar esos sentimientos es como iluminar esa estancia, como tomar la palabra para decir: lo reconozco, vivo con miedos, y por eso soy valiente”, asegura esta profesora en el Grado de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Sevilla.

“Da más miedo un susurro / que un grito / un roce / que un empujón / un descuido / que un casi que un sin querer que un tal vez / mañana. / Se hace de noche, cierras los ojos / ¿ves algo? ¿oyes algo?”. La vasta familia de desvelos que captura en sus páginas Rojas-Marcos arranca en ese temor “invasivo” que irrumpe en nuestros pensamientos y aviva nuestra imaginación. “He querido jugar con los miedos pequeños, con los miedos domésticos”, explica la ganadora en 2020 del Premio Manuel Alcántara y autora de otros celebrados poemarios como Habitada por palabras y Anoche soñé que regresaba a Manderley. El sobrecogimiento que provocaba el Dios Pan con su apariencia sombría ahora lo inspiran “la osadia de la edad y la ligereza” con la que pueden actuar los hijos, la distracción fatal de “dejarte la comida puesta” o “el sonido de unos frenos derrapando”, pero también la amenaza inevitable de la muerte, el “temor por no volver a dar las buenas noches / por no escuchar otro buenos días”. En el viaje, no obstante, asoman algunas conquistas: cumplir años significa también desprenderse de antiguas ataduras, terminar de aceptarse. “No puede / darte miedo / lo que eres. / Debes reconocerte en el espejo / del agua apacible de un charco sucio”.

“Yo quiero enfrentarme a situaciones que son difíciles, incómodas, y ponerles nombre”

Pero “lo que de verdad da miedo”, señala en otro pasaje Rojas-Marcos, “es el egoísmo”. Habitantes de un país sin guerras ni tsunamis, permanecemos impasibles ante el dolor de los otros. La poeta se dice: “Eres de la generación que se olvidó. / De la que sólo lee del ruido de las bombas”. Una conclusión a la que llegó la autora tras ver en unas noticias a “unos niños que dibujaban en Gaza, en un campamento-escuela formado por cuatro plásticos”. La espectadora que contemplaba esa escena en la comodidad de su hogar sintió vergüenza, y anotó: “Ellos sí saben cómo suena una bomba”. “Lo que aterra realmente”, concluye Rojas-Marcos en persona, “es que nadie en este mundo tenga la determinación de poner fin a este horror”.

Porque Miedo cita a Mary Shelley, que sabía que la culpa causa más pavor que los monstruos. “Hay gente que advierte ese resquemor y lo aparta de una patada, pero yo quiero sentirlo porque me hace preguntarme. Carmen Camacho me mandó un mensaje en el que decía: Enhorabuena por convertir lo incómodo en poesía. Me pareció preciosa esa definición. Yo quiero mirar alrededor, enfrentarme a situaciones que son difíciles, ponerles nombre”, expone la creadora, que tras utilizar durante gran parte del poemario la segunda persona –“hacía que el lector o la lectora se sintieran interpelados”– escoge en un colofón una emocionante primera persona. “Ya no me tambaleo: he aprendido a mantener / el equilibrio en la línea continua”, proclama.

En ese itinerario, rematado por una serie de haikus en los que los temas explorados en el libro pasan de una voz torrencial, “casi desbordada”, a la contención, Rojas-Marcos abraza ese temblor vinculado a lo humano con orgullo. “Las películas y los libros nos cuentan historias de hombres valientes que huyen de las bombas con dos personas a cuestas, y en ese modelo no podemos reconocernos”. En sus limitaciones, la poeta percibe su grandeza: “Ahí mirando de frente. / Ahí está el miedo. / Ahí la salida iluminada. / Ahí estoy yo de pie”.

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