Cultura

Siglo y medio de vida 'underground'

  • El Metro de Londres cumple 150 años como símbolo y patrimonio de la ciudad Ha servido de escenario e inspiración en cine, música y literatura

Según el alcalde de Londres, Boris Johnson, el Metro de la ciudad es el "más icónico transporte bajo tierra del mundo". No le falta razón. El Tube -que celebra su 150 aniversario- es también el más antiguo. Y cierto que el más enjundioso. Pocos sistemas de transporte urbano hay más arraigados a la propia imagen ciudad, más conscientes de su simbolismo -los tranvías de Lisboa y San Francisco, quizá-. Pocos hay, también, que se adapten tan perfectamente a la definición de patrimonio como bien histórico común. El Metro de Londres es patrimonio, sí, y vive Dios que se cotiza como tal (más concretamente, a 4,5 libras el billete).

La Metropolitan Line surgió gracias al empeño de Charles Pearson, uno de esos humanistas adelantados a su época que defendía la necesidad de crear un sistema alternativo de transporte que aliviara la congestión de tráfico provocada por la afluencia de trabajadores a las estaciones del norte de Londres -los primeros commuters-. Su éxito y efectividad fueron inmediatos y, desde su inicio, ha ido remachando axiomas con los que el Reino Unido gusta de identificarse: este es un país plural, eficiente, cumplidor, garante de libertades. Y ha llegado a convertirse, incluso, en inevitable icono de resistencia, del no surrender británico: sus estaciones subterráneas sirvieron como refugio durante la II Guerra Mundial.

Tal vez por ser el primero, el Metro de Londres ha sabido golpear y ganar a nivel de imagen y comunicación externa cuando estos conceptos casi ni existían. Su símbolo, el roundel -que apareció por primera vez en 1908- no tardó en convertirse en logo universal; mientras que el mapa clásico de la red de Metro -desarrollado por Harry Beck en 1933 a semejanza de un circuito eléctrico- fue adoptado desde entonces por numerosas líneas de transporte.

Mención aparte merecen sus anuncios. Muy consciente de ello, el Museo del Transporte de Londres organizará -a partir del 15 de febrero- Poster Art 150: una muestra que reunirá la mejor cartelería del Metro londinense. La exposición incluirá desde los primeros impresos tipográficos del XIX a las promociones para visitar el Tate Modern, los famosos carteles de Charles Paine o el Keeps London Going de Man Ray. La institución se ha encargado también de restaurar la locomotora de vapor Met Locomotive Nº 1: máquina que dio servicio a la primera red del Metropolitan Railway y que ofrece recorridos durante este fin de semana y el que viene.

Entre otras actividades conmemorativas de este siglo y medio, tendrán lugar la publicación del libro How the Tube Shaped London -el Gran Londres hubiera sido imposible de concebir sin la red de Metro- y una serie de actuaciones teatrales en la estación de Aldwych, parada en desuso actualmente y localización recurrente en numerosas películas y series televisivas.

Lo cierto es que el Metro londinense resulta inspirador, como dejan constancia la cantidad de libros, películas y canciones que lo mencionan, que se han servido de él como escenario, protagonista o excusa. El rebelde 'Guy Fawkes' de V de Vendetta tiene su refugio en sus abandonados subterráneos. El extraño sentido de lo inesperado, de brumosa maravilla, que parece innato a sus estaciones lo desarrolló Neil Gaiman en su novela Neverwhere. Músicos como Nick Drake, The Who, Blur, Suede o Prodigy lo han incluido en sus creaciones. Y su Departamento de Filmación -sí, existe- despacha unas doscientas solicitudes al mes: abundan las series y largometrajes en los que el Metro de Londres aparece como fondo, y es que las entrañas de la ciudad han sido un caramelo suculento desde los tiempos del cine mudo -The Lodger (1927), Underground (1928)- hasta las últimas superproducciones (Skyfall), pasando por títulos como Creep, El cuarto protocolo, Un hombre lobo americano en Londres, Die Another Day o la adaptación de Expiación de Ian McEwan -donde se revisitaba la tragedia de Bethnal Green-.

Ya saben. Cuatro libras y media. Es lo que cuesta pisar patrimonio.

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