Crítica de Cine

Secuela basta de un thriller shakesperiano

Catherine Keener es una de las protagonistas de la cinta dirigida por Stefano Sollima. Catherine Keener es una de las protagonistas de la cinta dirigida por Stefano Sollima.

Catherine Keener es una de las protagonistas de la cinta dirigida por Stefano Sollima. / d. c.

Hace tres años Denis Villeneuve -inteligente, elegante y ligeramente sobrevalorado a veces- nos dio una gran thriller llamado Sicario, rematado por un soberbio y terrible final de tragedia shakespeariana en versión narco. Como Hollywood padece un al parecer incurable estreñimiento de ideas he aquí la segunda parte. Con un final tan dramática y trágicamente alto una continuación es como una secuela de Ricardo III o Macbeth; pero así están las cosas. Se ha encargado la dirección a un director eficaz pero tosco, en las antípodas de Villeneuve: el italiano Stefano Sollima, autor de series negras televisivas -entre ellas la aclamada Gomorra, basada en el libro de Saviano- que debutó en cine con la eficaz pero brutota y sensacionalista Suburra. Y estas son las connotaciones que definen este retorno de Sicario: el día del soldado. Alguien debió decirse que quien retrató con tan poca sofisticada contundencia a la mafia en Gomorra y la corrupción empresarial y política romana era el hombre idóneo para filmar el regreso del agente Graver (Josh Brolin) y el amargado ex sicario Gillick (Benicio del Toro) al infierno narco.

En esta ocasión el asunto se complica con tramas yihadistas, tráfico de personas en la frontera estadounidense y el secuestro de la hija de un capo. El guión de Taylor Sheridan, un experto en relatos de frontera con conflicto multirracial ambientados en los desiertos fronterizos (escribió Sicario y Comanchería) o en las nieves de una reserva de Wyoming (escribió y dirigió Wind River), no está a la altura de sus trabajos anteriores. Transmite una sensación de variaciones barrocas sobre un tema agotado llevadas hasta el límite de lo inverosímil.

La dirección de Stefano Sollima -más basto que su padre, mi apreciado Sergio Sollima al que debo grandes noches de cine verano y tardes de cine de barrio con El halcón y la presa y su secuela Corre Cuchillo, corre con sus gloriosas bandas sonoras de Morricone- es ciertamente tosca: la representación de la brutalidad, en cine, requiere finura en la dirección si no se quiere incurrir en lo elemental y efectista. Lo mejor, las interpretaciones de unos grandes Brolin y del Toro. Y la interesante banda sonora de la cellista islandesa Hildur Guinadóttir, colaboradora del prematuramente fallecido Jóhan Jóhansson que compuso la música de Sicario.

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