XVI Festival de Música Española de Cádiz

La ROSS trae al festival a un Don Quijote poliédrico

Un momento del concierto de la ROSS en el Palacio de Congresos de Cádiz. Un momento del concierto de la ROSS en el Palacio de Congresos de Cádiz.

Un momento del concierto de la ROSS en el Palacio de Congresos de Cádiz.

Con poca entrada se celebró el segundo concierto del Festival, a cargo de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, que prefirió un formato intermedio, como ya ocurriera el año pasado, para acudir a su cita anual con Cádiz. Una pena, pues contadas son las veces en que el buque insignia del sinfonismo y la ópera andaluza recala en nuestra provincia al cabo del año.

El leitmotiv del concierto fue la obra cumbre de Don Miguel de Cervantes, El Quijote, personaje que se nos vuelve poliédrico a fuerza de ser musicalizado desde perspectivas muy diferentes.

La primera de ellas, a través de la obra del autor español Tomás Marco (1942) Medianoche era por filo, compuesta en 2004 para la Orquesta de Cámara Reina Sofía. Tomás Marco se inspira en la obra cervantina a la hora de componer esta pieza musical de cámara, donde solo está presente la sección de cuerdas de la orquesta. El autor recurre a la técnica del glissando y el piccicato, partiendo de una nota –Si– para ir descendiendo de nota en nota, en espiral. El director de la ROSS para este concierto, Andrés Salado, explicó con claridad y detenimiento la mecánica de esta composición, de carácter marcadamente libre, antes del comienzo, cosa que, sin duda fue de utilidad al público asistente.

Y llegó la hora de Maurice Ravel, en la segunda partitura programada para la noche del pasado sábado, Don Quichotte à Dulcinée, para barítono y orquesta, obra compuesta en 1932-33. Se trata de tres canciones, que a modo de declaración o carta, el principal personaje cervantino, Don Quijote, lanza al aire en forma de poemas, dedicados a su amada Dulcinea. Chanson romanesque; Chansón épique y Chansón à boire son los títulos de estas piezas, escritas para ser cantadas por un barítono. Fue un encargo del cineasta austríaco G. W. Pabst a Ravel, para realizar una película en 1933 que se tituló Don Quijote, aunque finalmente el director de cine las descartó y no se incluyeron en su película. Los poemas de las canciones, son de Paul Morand, y la música que compuso Ravel (la última que compondría en su vida) se apoya en tres ritmos de bailes españoles, la Chanson romanesque, se inspira en la guajira; la Chanson épique en el zortzico y la Chanson à boire, en la jota. Sin duda, el compositor francés intentó con ello destacar la vocación española de su composición.

Fue el barítono Josep Miquel Ramón el encargado de ponerle voz a las tres canciones de Don Quijote. Josep posee una voz amable, defendiéndose bien en los tonos más altos, y ostenta una aceptable dicción. Sin embargo, en mi opinión no le puso el dramatismo necesario para hacer creíble que por su voz se estaba proyectando el sentimiento, ora de amor, ora de plegaria, ora de embriaguez de un personaje tan singular como lo es Don Quijote, que a la postre resultó un poco plano.

Lo último de la noche cervantina y quijotesca fue la obra El retablo de Maese Pedro, una ópera de nuestro genial paisano Manuel de Falla, escrita en 1923, en la que influyeron, sin duda, los títeres gaditanos, pero que aún hoy a nuestros ojos resulta una obra extraña, por cuanto narra en clave musical del siglo XX una visión de la música de los siglos XV y XVI.

A mi modo de ver, la versión de concierto de la obra sin los títeres resulta algo dura, y más si no se dispone de los textos que van narrando/cantando los cantantes, tenor, soprano (o niño soprano) y barítono, ya que es inevitable perder en algún momento el hilo argumental. Y no lo digo por la música de Falla, que es fascinante, fabricando texturas con los instrumentos actuales que aportan positivamente a la música antigua española, presentándola con una novedad enriquecedora. Lo apunto tan solo por la falta de acción en la escena de esta versión en concierto sin títeres. Los papeles fueron asumidos por la soprano Ruth Rosique, el tenor Pablo García López y el barítono Josep Miquel Ramón, haciendo doblete.

Si el concierto del pasado viernes iba dirigido a muchos públicos, el que vimos el sábado en el Palacio de Congresos, lo fue para un público más comprometido con la música del siglo XX y XXI. Es decir, para un entorno más cerrado. Así son los festivales.

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