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"Escribo dos frases normales y me sale una tercera que no lo es"

Enrique Vila-Matas deleita en Cádiz con una conversación sobre la dispersión de su obra, a la que califica como proyecto de obra

Enrique Vila-Matas, ayer en Cádiz con Antonio Molina Flores. / Joaquín Hernández 'Kiki'
Pedro Ingelmo

Cádiz, 29 de junio 2018 - 08:32

En un viaje a Braga, a un congreso, Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) fue recibido por un hombre muy amable que en el viaje hacia el hotel le contó que era muy amigo de Samarago y que quería ser escritor, pero tenía un tremendo problema, ya que cuando se ponía escribir una novela resultaba que Saramago publicaba su novela antes de que a él le diera tiempo a escribirla. Esta historia es la historia de las historias del autor catalán, que ayer estuvo en Cádiz, por obra y gracia de la Fundación Unicaja y Fundación Carlos Edmundo D'Ory dentro del ciclo Cuentos sin hadas , que durante toda la temporada ha estado trayendo a cuentistas, escritores que hablan de la narrativa breve.

En conversación con el profesor de Estética de la Universidad de Sevilla Antonio Molina Flores, Vila-Matas no defraudó al numeroso público que se acercó a escuchar a una de las voces más heterodoxas de nuestra literatura actual, un inclasificable : "Me pierdo mucho. En cuanto escribo dos frases normales me sale una tercera que ya no es normal y me pongo a reflexionar acerca de por qué las dos primeras frases normales y así se va construyendo la obra. Digamos que es es mi método de trabajo que ahora en directo estoy poniendo en práctica ante ustedes".

Y en ese ejercicio de improvisación, ya que dijo sólo traer preparados los agradecimientos iniciales , se dio cuenta de que él de narrador breve tenía poco. "Escribí dos libros de cuentos que estaban bien, pero luego un tercero que ya no lo estaba tanto. Creo que era porque cuando escribí el tercero ya me encontraba en otra dimensión, ya me había surgido una voz que se movía entre las diferentes obras, en lo que supongo que era un proyecto de obra".

El punto de inflexión llegaría en su reflexión sobre escritores que no escribían y escritores que no habían escrito nunca ni un libro, como el hombre ese de Braga. Aquel libro se llamó Bartleby y Compañía, que seguía a la que había sido su intento de novela convencional, El viaje vertical, "que gustó mucho y eso no me gustó nada".

En Bartleby "me lancé a la calle a preguntar a la gente de mi barrio, a gente que no conocía por qué no escribían. Algunos me decían que por que no tenían tiempo para eso y otros me decían otras cosas. Yo lo metí todo, entre las historias de abandono de la escritura de Rimbaud y Rulfo. Un día un amigo me dijo: 'es la primera vez que hablas con los demás de lo que haces'. Y supongo que esa vez es la primera vez que me enamoré de lo que hacía".

Pero también contó la historia de Enrique Banks, otro que dejó escribir. "Según Borges, los dejó porque Banks decía que escribir era demasiado fácil".

El escritor que clasifica lectores

Vila-Matas no es un escritor al que encorsetar ni en un género ni en una generación. Molina Flores tiene que acudir a Borges o a Calvino para encontrar a alguien con tal capacidad para obsesionarse con la indagación en la literatura. "No es un lector al que le caen las palabras en un sofá, sino un estudioso de la lectura y lo hace con una indagación arriesgada". Eso es lo que ha llevado a Vila-Matas a que la principal trama de sus novelas sea la literatura, ese es el territorio de su ficción, "pero una ficción muy verosímil porque entre en un libro sobrevuela la misma voz. No se nota la diferencia entre la realidad y la ficción porque yo no la noto". En esa indagación tiene clasificados a sus lectores, según reconoció, y por ello trabaja en dos líneas narrativas, una para unos de sus lectores, los de París no se acaba nunca, y otra para sus otros lectores, los de El mal de Montano. Y él supone que esos lectores no se mezclan nunca, aunque los lectores piensen que sí. Quizá porque en cada lector hay dos lectores.

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