ARTESANÍA

Los sastres del caballo

  • La familia de guarnicioneros Garrido, de Villamartín, lleva más de un siglo trabajando el cuero de manera artesanal, creando todo lo necesario para equinos. Es uno de los 33 oficios, según la Junta, en peligro de extinción

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Para el común de los mortales la zalea, el zahón, la retranca o la polaina puede que le suene a medio chino. O mejor dicho a medio árabe. Para un guarnicionero es el pan de cada día. Sebastián Garrido López echó los dientes entre puntada y puntada, viendo coser el cuero a sus mayores, y sin perderse cada detalle para construir una montura para los caballos. Con más de 45 años de experiencia a sus espaldas, este maestro guarnicionero de Villamartín forma parte de un reducto de artesanos que aúnan tradición y cultura de un oficio, el de la guarnicionería, que está en peligro de extinción, según un estudio que la Junta de Andalucía elaboró hace más de una década, donde analizó otros 32 oficios que corren la misma suerte.

La familia Garrido lleva más de un siglo como sastres del caballo en Villamartín, construyendo de manera artesanal sillas de montar a medida, correajes y demás artículos que precisa este mundo. También complementan el trabajo creando accesorios para los jinetes. Un oficio que le ha valido el prestigio en la zona y fuera de nuestras fronteras, pues cuenta con una reputada clientela extranjera, sobre todo, de alemanes, austriacos, belgas y portugueses, que aprecian la calidad y la precisión de sus artículos. “Te pongo un ejemplo, si ahora tuviéramos diez monturas encargadas, ocho serían de clientes extranjeros”, explica Ana María Garrido, que lleva el negocio, junto con su hermano Sebastián, atendiendo el punto de venta que tienen en esta localidad serrana. La que más demandan los foráneos es la montura española, “porque se pega más al caballo”, explica mientras la prueba en un gigantesco maniquí de caballo, que tienen para visualizar mejor los artículos. En los años más duros de la crisis, la demanda extranjera fue un gran respiro para este tipo de negocios al caer los pedidos locales.La familia es especialista también en confeccionar y restaurar monturas vaqueras, inglesas y en muchos otros accesorios ecuestres.

Los Garridos heredaron el saber del abuelo José, quien se inició de manera profesional en una guarnicionería en Sevilla, transmitiendo el legado a su hijo Juan Luis y éste a su vez lo hizo con su hijo Sebastián, hoy el último guarnicionero de la saga. “Y antes de mi abuelo, mi bisabuelo ya trabajaba en esto”, apostilla el artesano, mientras cose con precisión los aparejos de una montura. “Empezamos con dos barras de hierro y paja de centeno. Ese es el soporte. Y de ahí surge una montura”, explica. Y remata: “Aquí hay que combinar dos cosas: el caballo y el jinete. No me vale hacer una silla cómoda y que el caballo vaya molesto”.

En la construcción de la misma puede emplear fácilmente entre 20 días y un mes. Es tal la laboriosidad que apenas hay una máquina en su taller, que dista poca distancia de la tienda donde vende los artículos. Por no hablar de las pieles que emplea en el oficio, la mayoría son de altísima calidad y de vacuno, procedentes de Palencia y de Ubrique. “Lo que se hace hoy con fibra es nulo. Yo no me niego a los nuevos materiales, pero no tiene el mismo resultado”, añade. Este hombre se considera un apasionado del oficio. Tanto que ha restaurado verdaderas reliquias como una montura de un soldado alemán de la Primera Guerra Mundial o, incluso, ha reproducido por encargo una sacada de las paredes de un museo. No es extraño que toreros, ganaderías de peso y algunas personalidades hayan confiado en sus manos. “Esto no tiene horas. Te acuestas con el trabajo en la cabeza y te levantas con él”, aprecia.

Sebastián Garrido no se considera un maestro porque dice que en este oficio se aprende todos los días, pese a que él mismo ha impartido cursos sobre la materia. Extiende varias herramientas antiquísimas que son el mejor legado del trabajo de sus mayores, apartando la faena en la que está inmerso, que no es otra que rematando unos preciosos zahones (mandil de cuero atado a la cintura con perneras abiertas por detrás que se atan a la pierna) cosidos con pergamino y cuyos cortes están hechos a mano, que vestirá un torero. “En un año no se aprende este oficio. No es hacer pulseritas o cinturones. Es un trabajo duro, paciente. El caballo va cambiando y los guarnicioneros también. No puedo hacer hoy en día una montura como la hacía mi abuelo porque la evolución del equino es distinta. Pero la forma de trabajar es la misma. Hay que tener el bagaje. No hay dos sillas iguales. Esto no es un molde, en el que se echa una pasta y listo”, dice el guarnicionero.

La falta de relevo generacional es uno de los hándicap de este oficio tradicional. De hecho, cada vez quedan menos maestros guarnicioneros al uso tradicional en la Sierra tras la jubilación de los mayores. Sí están resurgiendo otros modelos al extenderse la afición por la práctica de la hípica. “Antes sólo se montaba a la vaquera. Aquí no se veía ni una silla inglesa. Hoy en día todo ha evolucionado mucho”, concluye Ana María, junto a su hermano, guardianes del saber de una tradición muy ligada al campo y la ganadería gaditana.

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