Ligustinus manda recuerdos: las lagunas en Cádiz viven un año "excepcional"

El conteo de aves durante esta invernada en la provincia es, sin embargo, menor que el de la temporada pasada

El Doñana que quisimos olvidar: las lluvias hacen resurgir la laguna de La Janda

Marisma de Cetina.
Marisma de Cetina. / Felipe Oliveros

El lago Ligustinus tiene nombre mítico y no fue exactamente un lago, pero existió. Durante siglos, abría el golfo de Cádiz y la misma Bahía tierra adentro, hasta llegar a las puertas de Sevilla. “Se trataba más bien de una enorme entrada de agua mar, principalmente en la zona de Doñana y las marismas de Trebujena -indica Felipe Oliveros. jefe de servicio de Gestión del Medio Natural de la Junta en Cádiz–. Hay que suponer que sería una laguna más de agua salada que dulce, especialmente, durante los meses de verano, con la mayor evaporación”.

Ligustinus, esa palangana por encima de la desembocadura del Guadalquivir, de tanto en tanto recupera su memoria y nos ofrece una demo de lo que era antes de que el delta se colmatara.

“No hay que irse siquiera muy lejos en el tiempo –continúa Oliveros–. En los humedales de Haza de la Torre, por ejemplo, ves en las fotos aéreas de los años 50 que aquello era un ramal del Guadalquivir”. Una orilla que, hace cientos de años –y como muestra su escudo– llegaba a Jerez. “Una grandísima parte de ese enorme humedal se fue secando durante la década de los cincuenta y de los sesenta”.

En este año de lluvias, el sistema de lagunas de la provincia se muestra como hacía tiempo que no lo hace. Hay cuarenta humedales registrados en el inventario oficial, con balsas como la laguna de Los Tollos, entre Jerez y El Cuervo, hasta arriba de agua y llena de pájaros, cuando “en 2025, por ejemplo, estaba completamente seca”.

La escena se repite en la laguna de Medina, en los complejos endorreicos de Chiclana, El Puerto o Puerto Real, e incluso en las pequeñas charcas que se forman en los campos de golf de Sancti Petri.

Fochas en la laguna de Medina.
Fochas en la laguna de Medina. / F.O.

La estabilización del sistema viene a salvar también el escenario habitual. Cuanto menos llueve, el sistema tiende a matorralizarse, y las especies adaptadas a medios húmedos empiezan a virar hacia “otras como lentiscos, acebuches y demás –indica Felipe Oliveros–. Puede llegar el momento, incluso, en el que si esa tendencia no se revierte de manera natural, hay que intervenir”.

Se da la circunstancia de que el final de esta invernada –y al contrario de lo que ha ocurrido en Doñana–, tanto el número humedales como la presencia de aves ha descendido respecto a la del año pasado. Así, en 2025 se registraron en la provincia 52 humedales frente a los 41 que computan este año. Un hecho que puede deberse, señala Oliveros, al propio estado de los alrededores de las lagunas: muchas de ellas, todavía inaccesibles tras el impacto de las borrascas de febrero.

“El estado de los accesos y mantenimiento ha quedado afectado, hay caminos y senderos que se han reventado y por los que no se puede entrar –explica Oliveros–. Ya la Consejería ha empezado a dar datos en temas de inversiones y comenzado a trabajar, pero aún es pronto”.

Tarajal del embalse de Bornos

Esta circunstancia puede haber influido también en el menor recuento de especies (76 frente a 72) y de ejemplares de aves (77.688 en 2025 frente a los 66.808 de 2026). Entre las especies avistadas, águila pescadora y colipinta, andarríos, ansares, búhos campestres, cerceta común y pardilla, chorlitejos, cormoranes, cigüeña blanca y negra, corremolinos, espátulas, flamencos, fochas, garcetas, grullas, martínes pescadores vuelvepiedras y zarapitos.

“A brocha gorda –continúa Felipe Oliveros–, este invierno hay mucha más agua por todas partes que durante el invierno pasado: 2025 tuvo una primavera muy buena de agua, pero el invierno fue bastante más seco. Cuando hay tanta agua, las aves acuáticas se dispersan mucho más, porque tienen más recursos donde competir menos por la comida y el refugio. De repente, sus opciones se multiplican. En las cuentas que llevamos en los humedales controlados, no es raro que salgan menos”.

Una grulla y un grupo de cigüeñas, en uno de los humedales gaditanos.
Una grulla y un grupo de cigüeñas, en uno de los humedales gaditanos. / Felipe Oliveros

“Luego –añade–, está el peso específico de Doñana; en igualdad de condiciones de agua, gran parte de estas especies eligen Doñana, porque tiene muchísima comida y le resulta una zona de gran atractivo a gran parte de las especies”.

Oliveros también recuerda que no es lo mismo estar hablando de humedales costeros que de interior: mientras que los primeros suelen mantenerse estables, en los segundos sí que pueden verse diferencias significativas, sobre todo, en primavera. La nidificación es muy importante en las lagunas interiores, como prevemos que pase este año: "Frente a las marismas, sin embargo, el efecto Doñana no tiene tanta importancia”.

Y hay que recordar, igualmente, que los animales no son el resultado puro de una programación. No son máquinas: “Hay especies que tienen más querencias por determinados espacios frente a otras: una diferencia de diez centímetros en la profundidad en la lámina puede inclinar la balanza entre unas especies y otras”.

Laguna del Comisario, en el término de Puerto Real.
Laguna del Comisario, en el término de Puerto Real. / F.O.

Entre las especies de aves contabilizadas en los últimos años, suele aparecer una que pertenece al listado de exóticas: el ganso del Nilo. Aun así, puntualiza Felipe Oliveros, “es una de las que menos nos preocupa. Se trata de ejemplares perdidos que aparecen por la zona desde hace décadas, pero que no terminan de asentarse y no compiten por el territorio”.

Así, en opinión del biólogo, si el estado del sistema de lagunas el año pasado era muy bueno, “este año está siendo excepcional. Lo mismo en reproducción de aves acuáticas no sobresale efectivamente, por las razones que te he dicho, aunque serán buenas cifras respecto a la última década. Pero no sólo está el dato –subraya–. Que los humedales estén llenos nos dice que los acuíferos se han recargado y que el campo tiene suficiente agua. Esta agua permite que otros organismos, asimismo, puedan diseminarse”.

Una humilde charca, de la que se han identificado un montón estos meses al lado de carreteras y cunetas, es un respiradero para anfibios y pequeños animales. “De hecho –prosigue Oliveros–, hay plantas que no se reproducían en algunos humedales que sí lo pueden hacer ahora”.

El especialista menciona por ejemplo a la gambilusa (Linderiella baetica), un pequeño crustáceo único en el mundo, con una población que sólo se conocía en Puerto Real. Llevan años en los que ha sido imposible avistarlo dada la sequía. Esas poblaciones, en peligro crítico de extinción, tienen ahora la opción de recuperarse. Pasan inadvertidas, pero en un ecosistema pueden llegar a tener la misma importancia que el lince”:

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