La evolución del coronavirus a ojos de un empresario gaditano “La vuelta a la normalidad en China está siendo bastante triste”

  • El empresario sanluqueño Miguel Garat narra desde Shanghai su experiencia en torno a una pandemia que tumbó uno de sus negocios pero ayudó inesperadamente a la expansión de otro

  • "Noto aquí más nacionalismo. Los chinos confían en su Gobierno y eso no pasa en ningún país europeo"

  • Su negocio estrella ahora es un sistema de purificación tanto en aire como en superficies

Miguel Garat, a la derecha, junto a su socio en Clean Air, el madrileño Pablo Fernández.

Miguel Garat, a la derecha, junto a su socio en Clean Air, el madrileño Pablo Fernández. / D.C.

Llevamos tres meses mirando a China. Antes lo hacíamos con curiosidad, viendo las medidas que el gigante asiático iba aplicando para combatir el coronavirus, y ahora lo hacemos con envidia, tras comprobar que allí se está volviendo poco a la normalidad después de romperse el confinamiento domiciliario. Pues todo ello lo ha vivido y lo sigue viviendo en primera línea Miguel Garat, un empresario sanluqueño que lleva 16 años viviendo en Shanghai y que ha visto como la pandemia le ha trastocado sus planes no sólo familiares –el cierre de fronteras le cogió en Tailandia con su mujer y sus hijos y no pudo regresar a China hasta 40 días después– sino también profesionales. Y es que en sólo tres meses el Covid-19 hundía su empresa estrella, dedicada a mobiliario de oficina, pero también reflotaba y expandía otro de sus negocios –un sistema de depuración de aires– que antes daba unas beneficios más bien modestos.

Desde el otro punto del planeta Garat habla con este periódico para contar, por ejemplo, que la vuelta a la calle no es allí ningún jolgorio. "Para nada. Es más, yo diría que la vuelta a la normalidad aquí en China está siendo bastante triste. Se sale, sí, pero con mucha precaución. Todo el mundo lleva mascarillas, nos pueden tomar la temperatura hasta seis o siete veces al día, todos debemos llevar nuestra tarjeta sanitaria actualizada, los colegios siguen aún cerrados, en la calle la gente mantiene en todo momento la distancia de seguridad y en los bares y restaurantes el aforo ha sido reducido a la mitad".

También añade este empresario sanluqueño que ahora está apreciando en la sociedad china un creciente sentimiento de xenofobia hacia los extranjeros, algo que jamás había percibido en todos estos años. "No es un racismo agresivo, porque los chinos no son así, pero sí nos miran ahora con cierto recelo, sobre todo por los nuevos casos de contagio provenientes de fuera que está habiendo aquí".

Con respecto a las muertes reales que puede haber habido en este país asiático, Garat es de la opinión de que es verdad que se puede haber ocultado datos "pero eso es algo que están haciendo todos los gobiernos del mundo"."“Lo que sí existe aquí es un nacionalismo emergente. Aquí se acata todo lo que digan las autoridades y hay una gran confianza en lo que hace o dice el Gobierno. Y eso es algo que no existe en ningún país de Europa", recalca.

El estallido de la pandemia en China se produjo el 23 de enero. "Yo me dirigía a mi puesto de trabajo, que está en un edificio grande donde hay unos 2.000 ó 3.000 trabajadores. Entonces me llamaron y me recomendaron que me diera la vuelta porque en el edificio había habido tres casos de tuberculosis, cuando realmente eran de coronavirus aunque nadie lo sabía", recuerda.

Sin tener aún conocimiento alguno sobre el Covid-19, dos días después Miguel Garat se fue con su esposa y con sus tres hijos menores de viaje a Tailandia para celebrar el año nuevo chino. Y allí les pilló el cierre de fronteras, el confinamiento total decretado por las autoridades chinas y el inicio de una odisea que se prolongó durante 40 días. Ante la imposibilidad de volver a casa –hasta cinco veces les cancelaron los vuelos de regreso– optaron a principios de febrero por trasladarse a Barcelona, localidad natal de su mujer, donde les sorprendió mucho que nadie les tomara la temperatura en el aeropuerto cuando lo que estaba sucediendo ya en China era una crisis sanitaria de primer nivel. Y tras casi un mes en la Ciudad Condal pudieron regresar a Shanghai en la primera semana de marzo para empezar a partir de ahí una cuarentena domiciliaria.

En todo momento, desde la lejanía Garat hacía el lógico seguimiento de lo que iba sucediendo con sus empresas. Y en poco tiempo notó algo parecido a la teoría de los vasos comunicantes, porque al mismo tiempo que se hundía el que hasta entonces era su producto estrella empezaba a reflotar otro.

De esta manera la pandemia tumbaba su negocio de muebles de oficina que tenía mucho mercado tanto dentro como fuera de China. "Ahora parece que empezamos a levantar cabeza muy poco a poco pero con el confinamiento nos llevamos mucho tiempo sin facturar. Tuvimos que parar la fabricación, la venta, la instalación, todo".

Pero cuando peor estaba la cosa llegó la eclosión inesperada de Clean Air, otra empresa de Garat que estaba ahí en segundo plano y que ahora está volando "con unos beneficios que se están multiplicando por tres dígitos", puntualiza con satisfacción.

Esta empresa empezó a funcionar en 2016 con dos socios fundadores como son el madrileño Pablo Fernández, que ejerce de director general, y el propio Garat. Hasta enero de este año Clean Air se centraba en purificación de aire para combatir la alta contaminación que hay siempre en China. Fundamentalmente se instalaba en algún hospital o en algún colegio. Pero el estallido del coronavirus disparó sus ventas gracias especialmente a la entrada en funcionamiento de una nueva tecnología propia y patentada llamada CAS que permite eliminar virus y bacterias tanto en aire como en superficies, es decir, en mesas, pomos de las puertas, suelos, ropas, etc.

Esta tecnología, certificada por los mejores laboratorios internacionales y considerada la antiviral más avanzada del mundo porque logra eliminar hasta el 99,9% de cualquier virus, ha hecho que multinacionales de diferentes países la hayan adquirido ya o se hayan interesado por ella, también en Europa e incluso desde España.

La instalación es muy sencilla y se puede hacer en muy poco tiempo y con una inversión mínima. En concreto, al colocar los productos en los conductos del aire, unos iones de peróxido de hidrógeno altamente desinfectantes se van esparciendo por todo el espacio eliminando virus y bacterias durante las 24 horas del día, siendo cien por cien seguros para personas, animales y alimentos.

"Nuestro sueño es ayudar a reactivar la economía con nuestros sistemas antivirus, sobre todo en miles de negocios que podrían vender confianza", reflexiona un Miguel Garat que no descarta incluso abrir en breve una primera fábrica en Andalucía. "Vamos a intentarlo. Es una oportunidad única por el talento que hay allí y por su situación estratégica con respecto a Europa y Latinoamérica", resume este empresario que dice sentirse "andaluz de nacimiento y de pensamiento".

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