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Consecuencias

crónicas de la gran guerra

Caída de varios grandes imperios. El conflicto que le siguió veinte años después ha de verse como la consecuencia de la lamentable cauterización con que se cerró aquella primera herida

Luis / Mollá Ayuso

27 de julio 2014 - 01:00

PARA muchos analistas la Primera y la Segunda Guerras Mundiales deberían encuadrarse como un conflicto único, a modo de una larga y espantosa Guerra Civil europea en la que los contendientes se habrían dado unos años para reposicionarse y reconsiderar sus estrategias. Si la Gran Guerra puede considerarse un acontecimiento inesperado en la pacífica y próspera Europa de principios del siglo XX, el conflicto que le siguió veinte años después ha de verse como la consecuencia de la lamentable cauterización con que se cerró aquella primera herida.

La principal consecuencia política de la guerra fue la caída de tres de los cuatro imperios del momento. Excepto el británico, que se consolidó fuertemente ligado a los Estados Unidos, con quien había contraído importantes deudas, los demás imperios se deshicieron dando lugar al nacimiento de nuevos países como Finlandia, Estonia, Lituania, Letonia, Polonia, Yugoslavia, Checoslovaquia, Austria y Hungría. Rusia entró en una vorágine destructiva a través de la revolución bolchevique, origen de una serie de regímenes dictatoriales altamente represivos que causaron decenas de millones de muertos en la población civil y la condujeron a un estado comunista que habría de jugar un papel trascendental en la evolución del siglo XX. El imperio Otomano equivocó su apuesta al decantarse por el bando perdedor, pero encontró en Mustafá Kemal "Ataturk" un líder que introdujo grandes innovaciones con vistas a crear un estado europeo y moderno, aunque su reforma quedó incompleta y hoy Turquía se debate en medio de grandes contradicciones que han impedido su integración en la UE. El imperio alemán quedó convertido en una república duramente sometida mediante el tratado de Versalles. En su caso, la represión por parte de los vencedores fue tan humillante que era cuestión de tiempo que el pueblo alemán encontrara el líder que los condujera de nuevo por la senda imperial y ese caudillo resultó ser Adolf Hitler, que llevó a Alemania a la ruina al enfrentarla a los viejos enemigos, resultando derrotada y devastada por segunda vez. Curiosamente, el mismo vagón de tren donde el imperio alemán firmó el armisticio en 1918 en el bosque de Campiegne, fue utilizado por Hitler para obligar a los franceses a firmar la rendición en 1940. Llevado más tarde a Berlín como trofeo, el vagón fue destruido justo antes del fin de la guerra, tal vez para que los aliados no obligaran a los alemanes a firmar en él su segunda rendición.

Anécdotas aparte, la quiebra de los países después de la Gran Guerra fue casi general. Exceptuando a los Estados Unidos, ninguno obtuvo beneficio alguno de aquella terrible contienda. En lo humano y en lo material las consecuencias en Europa fueron mucho más devastadoras que las de cualquier conflicto previo. En lo humano, la pérdida de más de nueve millones de vidas, muchas de ellas de civiles, otros siete de mutilados y cuatro de viudas desamparadas causó un tremendo desarraigo social condicionado por el descenso de la natalidad y el envejecimiento de la población. Por otra parte, la pérdida de más del cincuenta por ciento de los campos de producción agrícola y el cierre de innumerables fábricas dedicadas a la producción militar que dejaron de tener sentido, llevó a muchos a un espantoso éxodo en medio de una Europa dominada por la hambruna, el tifus, la tuberculosis, los parásitos y las ratas. En lo material, el sistema productivo se colapsó al desaparecer la economía de guerra, lo que propició un intervencionismo económico por parte del estado que condujo a muchos países, sobre todo a los emergentes, a la crisis y a la dictadura.

El sistema de clases también se vio alterado y la sociedad europea nunca volvió a ser la misma. La aparición de una casta dominante compuesta por unos pocos nuevos ricos conjugada con la existencia de millones de pobres, propició la aparición de una nutrida clase media sacudida por una profunda crisis de conciencia que cuestionaba duramente el modelo existente, si bien y dado que tampoco querían encorsetarse en el modelo imperialista que ya habían conocido y sufrido, los europeos comenzaron a reivindicar la segregación de sus urbes invocando un modelo de nacionalismo, aún vigente, que constituyó el caldo de cultivo de movimientos de todo tipo, desde los puramente nacionalistas a los terrorismos más radicales, pasando por los artísticos como el expresionismo o el surrealismo.

En lo militar, el final de la Gran Guerra trajo consigo el desarrollo de un arma nueva: la aviación. Vituperada y despreciada en sus primeros días, la guerra demostró que el avión podía desarrollar importantes capacidades militares, por lo que nada más terminada la primera guerra y considerando que la segunda no tardaría en presentarse, todos los países se aplicaron en el estudio del nuevo modelo de arma que evolucionó hasta convertirse en la más importante de la Segunda Guerra Mundial hasta la aparición de la bomba atómica, condicionando la conquista de Inglaterra por parte de Hitler, cuya producción de aviones Stuka sólo pudo ser superada por la de los Spitfire ingleses. En la batalla terrestre, cuyas armas apenas evolucionaron en los años de transición entre guerras, el avión fue también un elemento decisivo gracias a su capacidad de bombardeo y de proyectar soldados paracaidistas por detrás de las líneas enemigas que terminaban cogidas entre dos fuegos. La aparición de la aviación revolucionó también los escenarios navales, no sólo porque fueron los aviones ingleses, canadienses y norteamericanos los que detuvieron a los escurridizos submarinos de Hitler, sino porque dieron lugar a la aparición del arma principal en el océano Pacífico: el portaaviones. Otro episodio fundamental de la Segunda Guerra Mundial como fue la salida al Atlántico del todopoderoso Bismarck, agotados y exhaustos los poderosos acorazados y cruceros ingleses que trataron de darle caza sin éxito, se resolvió finalmente gracias al torpedo de un pequeño hidroavión y la Kriegsmarine decidió amarrar sus barcos de superficie.

A modo de conclusión, una guerra inesperada, insospechadamente larga y de una crueldad también imprevista, se cerró de una forma tan torpe que su principal consecuencia se presentó veinte años después, con la aparición de otra no menos terrible que habría de causar un número de víctimas seis veces mayor.

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