Teatro en El Puerto: Tu cabeza da vueltas

Crítica de teatro

Una tragicomedia sobre la incomunicación y la diversidad abrió la nueva temporada de abono del teatro portuense Pedro Muñoz Seca

El Puerto presenta la temporada Invierno–Primavera 2026 del teatro municipal Pedro Muñoz Seca

Una imagen de la obra representada en el teatro municipal Pedro Muñoz Seca.

Hasta ayer mismo el tema de la salud mental y sus derivadas dormían en los cajones del silencio, a resguardo de las apariencias y las buenas costumbres. Nadie era capaz de buscar la llave que abriese al aire de la calle y a la normalidad de las conversaciones una realidad gigantesca, antigua y dolorosa. Las patologías de la parte de arriba de los seres humanos eran secretos vergonzantes y, en tantos casos, ni siquiera diagnosticados, no fuera a ser que cayese sobre las familias el estigma de tener manchada su estirpe por alguien fatal de la azotea. Los “locos” figuraban como una categoría única y eran expulsados al extrarradio de los malditos y apestados: quién no recuerda el Psiquiátrico del Puerto y su olor a podrido y sus leyendas oscuras, susurradas a media voz. Y luego estaban aquellos que ponían fin a sus angustiosas existencias de forma voluntaria y no podían ser enterrados en sagrado, sino castigados, exiliados para la eternidad más allá de la piel santificada de los cementerios. Ellos siempre al margen, siempre lejos de los cuerpos y las mentes sanas, de la vida que corre sin briznas de imperfección.

Ha habido que evolucionar mucho como sociedad para reventar los candados de esa verdad oculta y airear una problemática que lo era más aún si se escondía y que sólo podía abordarse, y aun superarse, desde lo comunitario. Es curioso, pero fue necesario que diesen pasos adelante personajes mediáticos -deportistas, políticos, actores...-, celebridades en definitiva, para colocar en el tablero de la cotidianidad una terminología cada vez menos extraordinaria, y hubo que esperar demasiado para que ese idioma se hablase sin tapujos en el hemiciclo donde está representada la voluntad de este país. El arte, como reflejo del runrún candente de lo vivo, cuyo latido machacón percute en la superficie, no tardó en hacerse eco de esa transformación y apostó por no quedarse atrás en el tratamiento de esa nebulosa recién revelada. Surgieron exposiciones fotográficas, proyectos desde las bellas artes, novelas, adaptaciones cinematográficas de viejas historias conocidas y calladas durante décadas y, por supuesto, piezas teatrales que levantasen sobre las tablas el mundo espinoso y desafiante de las psicopatologías.

El primer sábado de marzo de este lluvioso 2026 se abrió la temporada de abono Invierno-Primavera del Pedro Muñoz Seca con una obra de extenso y sugerente título, producida por el Centro Dramático Nacional y la compañía vasca Tanttaka Teatroa, rebosante de buenas intenciones pero carente, ay, de buen teatro. Sabes que las flores de plástico nunca han vivido, ¿verdad?, se llama la pieza, firmada y dirigida por Mireia Gabilondo, que también da vida sobre el escenario, junto a Aitziber Garmendia y Telmo Irureta, a un cruce de historias algo rocambolescas en las que un terapeuta con parálisis cerebral se enamora sin remisión de Alexa, la mismísima asistente virtual inteligente de Amazon, y es amigo de una mujer que está atrapada en una doble personalidad, la de una regadora de plantas y su hermana -traumatizada por una conflictiva ruptura sentimental-, que es hija a su vez de una psiquiatra misántropa que trata también al terapeuta con parálisis cerebral y ha sido denunciada por mantener una relación sentimental con una paciente. Todo así de desquiciado para acercarse a cuestiones que por sí mismas son interesantes -la soledad, la dignidad de la diferencia, el suicidio, la necesidad de los demás-, pero que hubiesen necesitado un tratamiento dramático que fuera más allá de tratar de colocar continuamente mensajes sacados de libros de autoayuda, con discurso final del psiquiatra, rompiendo la cuarta pared, que acaba de rematar el invento hasta rozar la vergüenza ajena. Un desarrollo alucinante con una puesta en escena no minimalista, sino pobre y carente de imaginación, en la que, para colmo, unos letreros informan de lo que son acotaciones en los textos teatrales, y que han de ser solo indicaciones para su puesta en escena. Si llueve a cántaros nos lo tiene que decir la escenografía y no el redundante texto de un cartelito. El trabajo de los actores es digno y esforzado, pero flaquea a lo largo de toda la función reforzando la debilidad de la propuesta. Se han tardado años en empujar a la luz temáticas ignoradas y quizá aún falte tiempo para que con las armas de la verdad artística se creen obras solventes, robustas y emocionantes que contribuyan a la lucha por la dignificación de esas realidades.

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