Ochoa, un precursor de las vanguardias

Sobre la Academia

El presidente de la Fundación pintor Enrique Ochoa y académico de Santa Cecilia escribe sobre el pintor portuense

El Ayuntamiento y la Fundación Enrique Ochoa firman un protocolo para devolver el legado del artista a El Puerto

Fachada de la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia.
José F. Estévez
- Presidente de la Fundación pintor Enrique Ochoa y académico de Santa Cecilia

24 de febrero 2026 - 07:00

La muerte sorprendió a Enrique Ochoa pintando. Se cayó de un andamio cuando preparaba un lienzo de grandes dimensiones en su estudio-taller de la calle de Apuntadores 13 de Palma de Mallorca. Corría el año 1978 y el maestro había cumplido 87 años. En su larga agonía de más de tres meses en el hospital de la Cruz Roja le acompañamos algunos allegados. Su hijo Pepe, Isabel su nuera, su querida Irma Krauss con la que convivía y sus nietos.

Ante lo inevitable, los que lo conocimos sabíamos ya entonces que, mirando por el retrovisor a la vida, Ochoa fijaba su mirada de nuevo en El Puerto de Santa María.

Había recibido pocos años antes en vida (1975) un honor raramente disfrutado por un artista vivo. El Ayuntamiento de su ciudad natal le honraba con una calle que llevaría su nombre. Eso sí, no sin que antes Ochoa desafiara la decisión municipal del ayuntamiento del régimen anterior solicitando ese mismo honor para Rafael Alberti su paisano que entonces se hallaba en el exilio.

En 1970 Enrique Ochoa había recibido la más alta condecoración instituida por la República Francesa, a saber, Caballero de la “Orden de las artes y las letras” (Ordre des Arts et des Lettres).

Ochoa considerado uno de los mejores ilustradores del siglo XX, según críticos de la talla de Juan Manuel Bonet o de Matías Diaz Padrón, no lo tuvo fácil. Huérfano de padre y madre, por la muerte de estos en la guerra de Filipinas, ingreso en el colegio de huérfanos de militares Reina Maria Cristina y después dejó como cadete la Academia militar de Toledo, pues prefirió los pinceles a las armas.

El Puerto le dio su primera oportunidad. El 1 de octubre de 1910 fue nombrado profesor de modelado de la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia. El 2 de abril de 1911 Enrique Estévez Ochoa -entonces firmaba con los dos apellidos- participó en la exposición de Bellas Artes de Sevilla, en la casa Lonja, con un óleo titulado 'Impresión'.

Un retrato de Lorca pintado por Enrique Ochoa.

A finales de 1914 se trasladó a Madrid donde tuvo lugar su primera exposición individual en el salón de turismo hispanoamericano. Así queda atestiguado por el diario madrileño 'La Mañana', y por la reseña de la Revista Portuense el 1 de diciembre de 1914.

Es difícil comprender la obra de Ochoa sin entender su clave poética. Su vida interior se refleja en sus lienzos con una estética plena de simbolismo. Ochoa en este periodo de entre guerras tiene un claro influjo modernista tardío, y así su relación con los poetas ultraístas y de otros “ismos” del momento de cambio artístico hará de él un precursor de las vanguardias.

Ochoa ilustró las obras completas de Rubén Darío, nada menos que veintidós volúmenes, entre 1917 y 1920. ”Aunque sólo hubiera realizado esta obra -dice Juan Manuel Bonet –ya tendría garantizado un lugar en la historia del libro”.

Cabe destacar sus numerosas ilustraciones de Revistas como en 'Blanco y Negro' de la editorial de Prensa Española editora del diario ABC desde 1916 hasta 1931 que suman 159 obras, así como sus numerosas ilustraciones en 'La Esfera', 'Nuevo Mundo', 'La ilustración Española y Americana', 'Lecturas' y la revista 'Selecciones'.

Ochoa fue además un gran ilustrador de libros. Se le cuentan más de trecientos títulos, por recordar sólo algunas de las colecciones para las que trabajó citaremos: 'La novela de hoy', 'La novela de noche', 'La novela de aventuras', 'La novela libre', 'La novela roja', 'La novela pasional', 'El hampa moderna' , o 'Los grandes hechos de los grandes hombres”, entre otras.

El movimiento de vanguardia, envolvió al joven Ochoa en Madrid desde finales de 1914 hasta 1921. Compartiría piso con el célebre caricaturista republicano Luis Bagaria.

De la mano del importante crítico e intelectual José Francés se introdujo en los círculos intelectuales y en las tertulias en boga en aquel momento como la del café 'Nueva España'.

Desde su prerrafaelismo inicial, Ochoa asumió el reto estético de las vanguardias y se sumergió en él de la mano de sus amigos poetas y escritores ultraístas, surrealistas, dadaístas y de otros” ismos” como Rafael Lasso de la Vega, Antonio de Hoyos y Vinent, aristócrata y anarquista a la vez, o Pepito Zamora uno de los primeros poetas que se declaró abiertamente homosexual, algo insólito en aquel tiempo. Antonio de Hoyos y Vinent comparaba a Ochoa con Gustave Moreau y evocaba “sus portentosas mujeres que, siendo carne, son marfil y alabastro”.

Señala Juan Manuel Bonet en su trabajo, 'El arte y la novela de Enrique Ochoa', que escribió para la exposición de Ochoa en el Espacio para el arte de Aranjuez patrocinada en 2009 por Caja Madrid, “lo que está claro es que hay un tipo de mujer Ochoa, como hay un tipo de mujer Julio Romero de Torres, o un tipo de de mujer Rafael Penagos.”

Otros pertenecientes a su círculo fueron además de Pepito Zamora, su amigo el poeta ultraísta Evaristo Correa Calderón a quien inmortalizó en un excelente retrato, así como Ramón Gómez de la Serna, para quien Ochoa dibujaría la cubierta de la “La roja” una de las novelas cortas del inventor de la greguería. Corría el año 1928, Ochoa era el ilustrador de moda en Madrid, presente en las mejores revistas ilustradas de ese momento.

Para 'Mundo Latino', Ochoa ilustró las obras completas de Paul Verlaine, que aparecieron entre 1921 y 1926. En esos años, entre 1928 y 1931 hizo estancias prolongadas en Paris, donde conoció a Picasso.

La inquietud artística de Ochoa le llevó por los caminos de la experimentación. Libre y sin ataduras de ningún género. No tenía marchante. Ni galería fija que le impusiera una temática u estilo predefinido. Así iniciaría una ruptura y una constante experimentación que le llevaría a evolucionar desde el prerrafaelismo y “art decó” de sus orígenes a un simbolismo abstracto y a la creación de las “imágenes internas”. En una lujosa monografía para la época escrita por el vanguardista catalán José María Sucre, esta llama a Ochoa “Turner de lo psíquico y plástico Saint-Pol Roux”.

A partir de los años cuarenta Ochoa experimentará con la paleta de colores, y la sinestesia musical de la abstracción plástica, intensificando el gesto con la espátula, hasta el punto de que Elena Flores, visitando la exposición de Ochoa en el Circulo de Bellas Artes de Madrid en 1981, diría de él que fue uno de los “precursores de la escuela del gestualismo americano”. Muchas veces a medio camino entre la figuración y la abstracción, como se observa en la pintura “el ángel rosa de la pasión según San Mateo” (Bach) fechado en 1944. Muestra de la mencionada evolución es la “metamorfosis de Dafne” una de sus obras icónicas y donada por Ochoa al Puerto de Santa María. Precedente del gestualismo y la abstracción del “action painting” de Pollock o de Kooning.

Señala Almudena Baeza en el diario el Mundo en enero del 2009 que “explorar las pinturas de los años 50 de Ochoa, es reencontrarse con el feísmo informalista del grupo el Paso. Así descubrimos que la paleta terrosa, la pincelada enmarañada y churretosa y la composición centralizada no son patrimonio exclusivo de Rafael Canogar o Juana Francés.”

En 1949 Ochoa embarca en Cádiz con destino a Buenos Aires. Tenía el encargo de entregar a la esposa del Presidente de la Argentina, Eva Perón, un cuadro que la hermandad de la Macarena de Sevilla, le había encomendado pintar. Se trataba de un tríptico de la 'Anunciación'. Eva Duarte de Perón quedó tan complacida que quiso corresponder a la hermandad Sevillana, y para ello encargó a Ochoa que pintase un cuadro de 'Nuestra señora venerada Virgen de Luján', patrona de Buenos Aires y regalársela a la hermandad de la Macarena.

El maestro se encargaría personalmente de transportar el cuadro consigo desde Buenos Aires, Argentina, hasta Sevilla. Y esta pieza tuvimos el placer de contemplarla en la exposición homenaje a Ochoa que se celebró en el Museo Municipal del Puerto de Santa María en el año 2010. La Fundación pintor Enrique Ochoa ha quedado agradecida a la gentileza de la hermandad de la Macarena de Sevilla por permitir la exhibición de tan valioso cuadro histórico y su cesión temporal para aquella muestra, así como para la exposición que tuvo lugar en el MUPAM de la ciudad de Málaga en el año 2014.

Ochoa descansa eternamente en la Sepultura del cementerio católico que le cedió por acuerdo municipal la ciudad del Puerto de Santa María, cumpliéndose así el deseo del propio artista y gracias también al esfuerzo personal de su hijo Pepe Estévez Puertas quien corrió con los gastos del transporte aéreo desde Palma de Mallorca hasta su sepultura portuense, todo ello en cumplimiento de la última voluntad de su padre.

Enrique Ochoa donó gratuitamente a El Puerto de Santa María en 1951 gran parte de la colección de obras que hoy se encuentran depositadas en el Museo Municipal. El Ayuntamiento de la ciudad y la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia han sido legatarias de un legado artístico de incalculable valor. Deseamos y esperamos de ambas instituciones que conserven dicho legado y ubiquen las obras que lo componen en el emplazamiento idóneo que merecen, para que sean exhibidas, apreciadas y disfrutadas por todos los portuenses de la presente y de futuras generaciones. Es tiempo ya de que los portuenses disfruten y presuman de su paisano, uno de los genios artísticos que ha dado el siglo XX.

Estamos convencidos de que el esfuerzo de recordar y divulgar la obra del genial pintor Portuense entre sus paisanos enriquece el patrimonio y la vida cultural de la bella ciudad gaditana.

Ochoa ha dejado un importante legado a su tierra y ha pasado a la historia del arte como uno de los grandes ilustradores y pintores del siglo XX y como un innovador y un precursor de las tendencias “gestualistas” de final de siglo. Su inmensa creatividad sigue aún hoy siendo redescubierta en su tierra natal, gracias la labor de su alcalde Germán Beardo y su equipo, Antonio Caraballo y Enrique Iglesias, así como a la labor de la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia, presidida por Luis Garrido y los académicos y profesores Carmen Cebrián y Javier Maldonado Rosso.

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