2011 Elecciones

La incertidumbre herética

  • El sondeo del CIS trastoca los términos de partida de la campaña electoral en Sevilla hasta el punto de hacer reclamar a Zoido que gobierne la lista más votada mientras los socialistas sueñan con el milagro

LA política, en ciertos aspectos, todavía se parece a la teología. Es cierto: los rituales han cambiado. El latín se ha sustituido por los argumentarios y la misa (que en dos semanas quedará dicha) se reemplaza ahora por los soliloquios, las entrevistas y los mítines. Los candidatos juegan a ser sacerdotes, los secretarios generales, los coordinadores o los presidentes del partido (dependiendo del caso) funcionan como los nuevos papas y la palabra de Dios se ha suplantado por los lemas. Pero la esencia sigue siendo idéntica: intentar que la grey asuma como propios los valores de la correspondiente iglesia; todas ellas con la aspiración de fijar la verdad revelada, las normas del buen gusto y hasta la moral.

Estamos ya sumidos en el arranque de la campaña oficial del 22-M y, curiosamente, el principio de la fase final de la pugna por la Alcaldía de Sevilla ha empezado con un episodio de índole herética. El CIS hizo pública hace apenas unos días una encuesta que, por primera vez en meses, no garantiza la mayoría absoluta en el próximo Ayuntamiento a Juan Ignacio Zoido, el candidato del PP. Un augurio, todavía impreciso y algo débil, que de cumplirse va a dar un disgusto no sólo a los militantes conservadores (creyentes activos en la fe del triunfo), sino a los antiguos críticos del PSOE, empeñados en un resultado hostil a su propio partido para poder reivindicar que, con ellos al frente, la cosa hubiera ido mucho mejor. Magro consuelo, en todo caso.

El sondeo del CIS ha quebrado la posición de partida de la carrera por el poder municipal. Y lo ha hecho, en realidad, sin desvelar ningún secreto y sin abrir ningún arca perdida. Sencillamente los expertos de este organismo pronostican una horquilla en la asignación posible de ediles que no asegura al PP las 17 actas de concejales necesarias para tomar la Alcaldía. El instituto estatal de opinión pública no obvia la tendencia de los últimos sondeos (que vienen señalando desde hace más de un año que el viento sopla a favor de Zoido) pero confirma su dificultad para superar su techo electoral, que no es de cristal, sino sencillamente sociológico.

La noticia ha permitido coger ánimos a los socialistas (en segunda posición desde hace meses) y erosiona de forma notable (ya se verá si definitiva el día de las urnas) el dogma electoral que venía construyendo, en parte de forma bastante bronca, el equipo de campaña de Zoido alrededor de la inevitabilidad de la victoria del PP. Zoido, un candidato infalible, según la propaganda de los populares, tiene un obstáculo (la incertidumbre) en su camino a la Tierra Prometida.

No está claro que no vaya a ganar. Incluso puede llegar a gobernar en solitario. Pero la cuestión es que la mera posibilidad de que a dos semanas del día clave se discuta la victoria del PP pone en cuestión el mensaje nuclear del equipo su candidato, que ha escrito una novela sobre su llegada a la Alcaldía que, aunque con éxito de ventas (en buena parte dado el escaso talento de la actual dirección del PSOE de Sevilla para armar ficciones electorales), tiene el enorme inconveniente de que se adelanta en el tiempo al factor decisivo. Las urnas. ¿Y si los indecisos socialistas votasen al final a su partido aunque fuera con la nariz tapada?

Los populares, conscientes de la situación, han presentado esta semana un video de campaña con una significativa omisión: la de su propio candidato. ¿Estrategia o miedo? Hay opiniones para todos los gustos. Desde aquellos que dicen que el planteamiento electoral de los populares, que han cedido el protagonismo a un pequeño empresario de Su Eminencia para que defienda la necesidad del cambio, es un acierto, a quienes juzgan que si a estas alturas el PP, que ha centrado toda su campaña en la figura de Zoido, lo esconde es porque, dado como están las cosas, prefiere resaltar sólo el mensaje de alternancia (con independencia de que un hipotético giro vaya en su beneficio) más que insistir en la capacidad milagrosa de su líder local, visible (a su juicio) en lo que ellos mismos dieron en llamar el efecto Zoido.

Del mensaje utilizado por los populares para sumar votos entre los sevillanos de los barrios (ellos todavía los llaman así, como si todos los ciudadanos no viviéramos en uno) el aspecto más llamativo, y a mi juicio positivo, es el que pregona que el 22-M hay que ir a votar sin miedo. Sin temor. El resto ya es harina de otro costal: apelan a la necesidad de dar una oportunidad a Zoido aunque sin definir nunca los motivos que justificarían tal decisión. Los populares, en realidad, todavía no han resuelto esta incógnita en su paradójica campaña de baja intensidad, en la que rehúyen los verdaderos debates de fondo (sólo aceptan enfrentamientos superficiales) y todo viene a quedarse en la forma. En las fotos. Sin llegar nunca a entrar en sustancia.

El encuentro (llamarlo debate me parece excesivo) que Espadas y Zoido tuvieron el viernes por la mañana en la Ser es una buena muestra. Cada uno sacó su rosario de propuestas. Espadas prometió un mayor protagonismo municipal en los temas de empleo, urbanismo y movilidad. Zoido, con su mensaje apolítico, propuso un consistorio más delgado y resaltó los errores cometidos por la coalición PSOE-IU en los últimos años. Una de las acusaciones más gruesas del candidato del PP consistió en criticar a los socialistas por practicar un supuesto sectarismo a la hora de invertir en los barrios. En su caso, prometen una gestión municipal "sin diferencias". Argumento político bastante llamativo, pues parte de la base (incierta) de que todos los barrios de Sevilla tienen idénticos problemas, población, nivel de renta y oportunidades. Y que además presupone que el actual Ayuntamiento contará con suficientes recursos económicos para todos. Ninguna de estas dos cuestiones se sostiene. La escasa cohesión social de Sevilla, la verdadera asignatura pendiente de la era Monteseirín, que la dejó conscientemente en segundo plano en favor de un ramillete de proyectos megalómanos pensados exclusivamente para intentar pasar a la historia, no es un problema de falso igualitarismo, sino sencillamente de justicia. Y la justicia, según reza la vieja tradición cultural, debe ser ciega pero no necesariamente neutral.

Zoido repitió en el encuentro radiofónico con Espadas uno de sus argumentos clásicos: que los socialistas e IU dejen gobernar a la lista más votada. Todo hace indicar que será la del PP. No es la primera vez que el aspirante popular pregona este mensaje, pero dado el contexto (condicionado ya por el sondeo del CIS) tal reiteración resulta harto ilustrativa. Zoido pide a Espadas que haga el favor de dejarle la Alcaldía. No parece encajar demasiado con la imagen de triunfador (natural) que venía construyendo el PP sobre la figura de su candidato.

Aquí es justo donde se percibe, a dos semanas para ir a las urnas, cierto temor del PP a la herejía (hipotética) que supondría el hecho que los votantes puedan terminar dando una ingrata sorpresa a sus estrategas. El mensaje del PP a este respecto siempre ha sido muy básico. Viene a decir que debe gobernar la lista más votada (la de Zoido) porque una nueva alianza entre los socialistas e IU estaría contaminada por la (inevitable) presencia política de éstos últimos. Incurre, sin embargo, en una inexplicable contradicción: el PP defiende en su video que hay que ir a votar sin miedo el 22-M y, al mismo tiempo, agita por tierra, mar y aire el fantasma del comunismo. ¿No es un claro error de perspectiva?

Seamos serios: las mayorías políticas son consecuencia directa de los resultados electorales. La legislación permite las alianzas entre dos partidos distintos. Una práctica gracias a la cual el PP mandó en Sevilla durante ocho años. Y que permitió a Soledad Becerril alcanzar en 1995 la Alcaldía con el PA tras cuatro años de haber gobernado pese a quedar en tercer lugar en los comicios de 1991. Es lícito defender lo contrario. Incluso cambiar ahora de opinión. Lo que no resulta lógico es modificar el discurso en función de los intereses. El PP gozó durante el Gobierno de Aznar de mayoría para intentar cambiar la actual ley electoral. ¿Por qué no lo hizo?

El miedo a las herejías es propio de las mentalidades tradicionales, donde la diferencia es vista como un peligro. Cristo fue un herético. ¿Una obsesión cristiana? La etimología nos saca de dudas: la palabra herejía viene del griego. Significa elección. Justo lo que sucederá el 22-M. El único resultado que cuenta.

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