Ultramarinos

El mar

Buritaca, Mar Caribe, Colombia. Buritaca, Mar Caribe, Colombia.

Buritaca, Mar Caribe, Colombia. / L.A.

EL agua salada que baña gran parte de la superficie terrestre es el mar. Se diferencian mares de océanos por cantidad o extensión, pero son la misma cosa: agua y sal. La palabra tiene un género ambiguo, unas veces decimos el mar y otras la mar, los mares y también las “mares”, quienes además de dar la vida, velan por lo que es de todos. La mar puede ser alta, cuando se aleja de la costa, o baja, cuando la marea retrocede. Puede estar en calma como un plato o picada y brava como una queja gritada. A veces lloramos a mares o somos un mar de dudas, si ambas cosas las hacemos mucho o con mucha intensidad. De momento y a pesar de la tormenta, hagámonos a la mar mientras sale el sol.

En donde yo estoy el mar forma parte de la postal junto con la palmera, el sol reventón y la arena dorada. Este mar es caliente, transparente y plano. Está abierto todo el año y trae un compás que impregna la manera de estar. Por eso quienes viven cerca o en él cargan con una libertad que rara vez cabe en un solo territorio. Este mar habla sin que se le entienda y así, cantando, va y viene para guardar la historia de quienes llegaron y se fueron. Su profundidad va más allá de todo ese color que refleja la superficie. Siglos atrás, el mar aquí cubrió parte de la tierra que hoy pisamos seca y la enriqueció preñándola de tesoros escondidos. Alguna vez volverá, escribió Miguel Hernández.

De donde yo vengo el mar siempre es la respuesta. A una pregunta, a los anhelos, a la impaciencia, a la soledad. Siempre responde callado, mientras la luna lo mira fijamente. Ese mar es medicina, previene y cura, por eso cuentan las leyendas que quince dosis diarias ininterrumpidas garantizan el bienestar durante un año. El mar allí, con tesón, esculpe día a día un borde duro que nos da forma e identidad. Es vehículo, a veces oscuro, a veces lleno de brillo, en el que transportar lentamente todo aquello que no tiene prisa. Este mar es frío y solo es amargo si lo canta Camarón. Resulta fascinante contemplarlo, es espejo no solo del sol, sino de todo aquel que se detiene a mirarlo, para mirarse por dentro.

El mar antiguo nos pone por delante un lugar común hacia el que mirar: el horizonte. Ese trazo tendido y calmado que cambia permanentemente para continuar siendo siempre el mismo. Conocer qué habrá más allá, en ultramar, será ese misterio por el que seguir viviendo.

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