Ultramarinos

El ritmo

Zona arqueológica de Monte Albán. Oaxaca. México. Zona arqueológica de Monte Albán. Oaxaca. México.

Zona arqueológica de Monte Albán. Oaxaca. México. / L.A.

El orden específico en que suceden cosas que se repiten es el ritmo. Se experimenta mediante acciones que, casi sin darnos cuenta, nos mantienen vivos: respirar, parpadear, caminar, latir,… Todo se hace a partir del ritmo. Todo tiene ritmo. La poesía es la fiesta del ritmo, pausas, entonaciones, aires, todo presente para emocionar. El ritmo no podría ser entendido sin la reiteración. Es también una cuestión de duración, de distancias, de medidas. Hay ritmos impuestos y ritmos creados. Unos lineales y otros cíclicos. Algunos eternos y otros caducos. El ritmo instaura el tiempo.

En donde yo estoy, el ritmo está acelerado. Una ciudad de este porte es exigente y algo que pide sin clemencia es correr, no se sabe hacia dónde, pero rápido. Las distancias entre estímulos son cortas y se llenan de muchas otras cosas. El sonido de los carros al pasar por la alcantarilla de la calle, los semáforos en verde que anuncian su final, las evaluaciones que señalan lo que nunca aprendiste, van llenando los días. Lo urgente gana a lo importante. Todos esos ritmos no permiten oír la música. Sin embargo, surgen otros que llenan de sentido lo que se hace: la cadencia en el lenguaje que dice más cuando calla, la mañana que aparece y se va iluminando clara, o las caricias de quien quieres y lo sabe. Siempre existen ritmos a los que aferrarse para seguir respirando con conciencia.

De donde yo vengo, el ritmo está marcado por unas estaciones cada año más descuadradas. Es un ritmo mecánico que guarda cierta rutina que olvidamos actualizar. El reloj se impone a lo que dicta el cuerpo, con el esfuerzo que eso conlleva. Aquí el ritmo tiene las horas contadas. Es matemática que encaja y que se aprende. Un ritmo domesticado, que se humaniza en función a unas necesidades. Los martes de Santa Ana, la marea que sube y baja, los toldos que se echan y se recogen en los patios. Aún hay quien de manera salvaje lo experimenta a su manera. Y así, estira la experiencia como un chicle sin sabor, alargando el próximo estímulo lo posible para que caiga en el tiempo con gracia.

Sea como fuera, lo significativo de habitar un ritmo concreto e impredecible es el atrevimiento de introducir a contratiempo, acentos que adelanten o retrasen eso que está por llegar. Como diría un filósofo francés, el riesgo es también parte del ritmo.

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