Ultramarinos

La casa

Casa en el barrio La Candelaria. Casa en el barrio La Candelaria.

Casa en el barrio La Candelaria. / L.A. (Bogotá)

Un espacio que se construye con el propósito primero de habitar es una casa. Las personas que la habitan también lo son, tanto como lo que se edifica. Una casa es hogar y almas, vidas y techo. Hay casas que se entienden como el negativo de la ciudad, ese espacio de unos pocos que se recorta de lo que es de todos. Otras son el positivo de quienes ahí moran, todo eso que la rutina levanta sin un ladrillo, solo moldeando un aire que se desgrana. Hay quienes, como un caracol, cargan la casa a cuestas. La cargan en su apellido, en sus andares, en su mirar. Siempre serán su casa. Las dimensiones varían, cada casa debería ser del tamaño de los ritos diarios de quienes la viven. Un cesto que se teje cada noche, sin descanso, con responsabilidad y tesón.

En donde yo estoy, la casa es un dispositivo que amarra todo lo que en la ciudad está suelto. La casa está llena de vida, de ayer y de mañana. Todo lo memorable ocurre ahí, dentro, y así, se va construyendo, mientras se acumulan objetos que importan por lo que significan y por lo que son también. A veces se hace larga o se empina, es inmensa o suficiente, según la hora del día. Estas casas mantienen a la familia junta, imantada, alrededor de buenas noticias que cuando no existen, se inventan. Aquí suena esa música de cadencia dorada, hay espacio para bailar en una baldosa y tiempo para las onces. Esta casa es ese último refugio íntimo al que invitar al primero que llegue con ganas de escuchar. La casa de aquí se aísla del suelo para conectarse al cielo.

De donde yo vengo, la casa es el resultado de la manera de hacer las cosas. Gestos concretos que delimitan ese espacio sin fin y lo impregnan para siempre de aromas inconfundibles que se clavan hondo. La casa sale a la calle y juega con los niños. Entiende que hace parte de algo más y por eso no quiere saberse protagonista. Cada casa da sentido a cada calle que hace posible y de la que cuida. Esta casa nunca está cerrada. Tiene mecanismos que ayudan a que nada se escape. Es compromiso hecho de escaleras frescas, helechos secos y pestillos oxidados que se abren con más facilidad que se cierran. La casa allí es memoria que hace aparecer gentes y fantasmas que ocupan su lugar con la dignidad de quien nunca se fue. Estas casas son al mismo tiempo de campo y de mar. Con una blancura gastada capaz de reflejar la tierra que bien se trabaja. Con balcones que siempre miran al mar, al mar verde y azul, al mar mojado y seco.

Todas las casas, las de allí y las de aquí, son un fractal diminuto del universo, que contiene todas las distancias necesarias para construir mundos infinitos.

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