Ultramarinos La Luz

Carrera 9 # 74-08. Bogotá Carrera 9 # 74-08. Bogotá

Carrera 9 # 74-08. Bogotá / L.A. (Bogotá)

La claridad que nos permite ver lo que este mundo nos tiene preparado es la luz. Tanto tenemos que agradecerle, como que recriminarle. Porque muchas veces, como dijo aquel, “¡pa lo que hay que ver!”. Desde que al nacer somos alumbrados, nuestra existencia tiene sentido a través de la luz. La buscamos sin descanso con la firme intención de encontrarla, y así, poder encontrarnos nosotros mismos. Esa búsqueda, por suerte, es infinita. La luz juega a hipnotizarnos, cuando después de atravesar límites escribe y dibuja realidades otras, con magia. La luz es también esa distancia horizontal tensa que separa dos apoyos entre los que se puede habitar. La luz es ese misterio científico en el que creer a pies juntillas. La luz es inspiración y verdad con la que el camino es más confortable. Se vive más con luz que a oscuras.

En donde yo estoy, la luz no se da por sentada. Cuando aparece, se celebra. Y no es para menos. Porque es una onda precisa de una calidad extraordinaria, fuera de cualquier serie. La luz aquí calienta más, está más cerca. Entonces la claridad arde. Le da contraste vivido a los muchos verdes que uno puede encontrar por aquí, los resalta. Es naranja y pinta los ladrillos, despacio, uno por uno, hasta tostar cada edificio de cada calle. Y así, pone a bailar la ciudad, con un ritmo preciso, que cada día es distinto. Entonces, todo cobra sentido. Y el mundo se aparece con la intensidad justa. Aquí la luz es testigo y consejera. Da la mano a quien es capaz de imaginar.

De donde yo vengo, la luz es el pan de cada día, como cantaba una de las chirigotas benditas de Aragón. La luz, como una reina, funda a diario el territorio que conquistamos una y otra vez, cada jornada, desde La Banda hasta El Lugar. El mar, la sal, la risa, todo eso es luz. El amor también. La luz se encarga de darle forma a cada día. Tanto es así que hasta el juez más implacable de cuantos existen, se ajusta a ella. El tiempo de nuestros relojes se modifica, lo ajustamos para darle más lugar a la luz del atardecer. Esa luz es caramelo. Baña de gracia cada azotea ‘encalá’. Nos emborracha de sueños que quizás, y por fortuna, nunca se cumplirán. Allí la luz construye, crea el mundo en el que se da nuestra vida. Es música callada que brilla honda.

Aquí y allí, siempre hubo y habrá luces. Y también sombras. Pero de eso hablaremos otro día.

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