El viejo gueto
Magdalena y Lucía, vecinas pioneras del Cerro del Moro, recuerdan la historia de un barrio que cargó durante años con una leyenda negra, donde nadie se atrevía a entrar, y ahora es un espacio abierto a la ciudad
Magdalena conoció a su novio, a finales de los 50, en las bóvedas. Allí llevaron a decenas de familias una noche después de que se cayera el "muro padre" de las viviendas de la calle Soledad. Dijeron que sería una sola noche. Fueron cinco años. En esas bóvedas la vida se compartía bajo la penumbra de los arcos. Sin luz, sin agua, sin servicios, las familias de las bóvedas guisaban coles en la calle y tendían la ropa al levante siempre y cuando no hubiera corrida en la cercana plaza de toros. "No querían que la gente de fuera viera que había gente viviendo allí". Magdalena recuerda aquel tiempo de intemperie. "Parecíamos una sola familia sola. Vivíamos bien".
Lucía recuerda de la calle Plocia las cigarreras saliendo de la fábrica de tabacos, los gallegos hablando fuerte, un bullicio infinito, una calle portuaria donde la vida no se interrumpía. "Era todo tan alegre".
Magdalena dejó las bóvedas y Lucía la calle Plocia para irse lejos, a un lugar llamado el Cerro del Moro. Allí había pisos recién construidos, al otro lado del ferrocarril, al otro lado del crecimiento de una ciudad de verano.En el Cerro del Moro los inviernos eran más largos que al otro lado de la vía. Hay fotos antiguas, de principios de los 60, en el vestíbulo de la asociación de vecinos. En ellas se ve el barrio cuando no era barrio. Las huertas de María y Pepe, donde se vendían lechugas. Al fondo, alguna vaquería. "Veía el mar y las vacas desde mi piso", explica Lucía. En estas cuadrículas de una foto aérea empezaría a levantarse el que durante cuatro décadas fue el gueto de Cádiz con una arquitectura carcelaria y un urbanismo miserable, el lugar de aluvión donde eran enviados los desheredados. Desde dentro de este lugar, "donde ni la policía se atrevía a entrar, ni la gente de fuera quería tener contacto con nosotros", se produjo una de las experiencias vecinales más heroicas que se recuerdan. Magdalena y Lucía fueron protagonistas de la lucha desde una parroquia contra la marginación, una lucha autogestionada. Una batalla por la dignidad.
"Era un palacio", no tiene dudas Magdalena cuando se le pregunta cómo era aquel piso que le sacó de las bóvedas. "Éramos seis hermanos y teníamos cuatro habitaciones, luz y agua corriente. Se podía hacer casi todo sin salir de casa. Tenía la cocina integrada en el comedor. Eso era un lujo por cien pesetas al mes". A Lucía también le gustó su casa, en Fariñas, justo en la frontera: "Era muy ventilada, con mucha claridad. Aún no se habían construido las torres".
Magdalena intenta recordar cuándo empezó a torcerse todo en el Cerro del Moro porque los primeros años eran de camaradería vecinal. "Nos conocíamos todos, teníamos nuestras nuevas casas, donde dejábamos las puertas abiertas. El punto de encuentro era el almacén de Jacinto". Luego, en el 66, cambió de vivienda, también en el Cerro, "mi casa de la Nancy. Tiré un tabique, la decoré a mi gusto". "Qué bonita esa casa", admite Lucía, que, por poner un pero a la suya explica que las cocinas "eran de hornillos de sopladores. No salían cucarachas de ahí..."
Uno puede figurarse ese barrio de los 60 repleto de familias jóvenes dispuestas a emprender una vida sin las incomodidades del Cádiz de la infravivienda, el Cádiz comunal. Era un tránsito entre esa vida en común y el inicio de la intimidad de los pisos.
Miramos cronológicamente las fotos antiguas para ver cómo va creciendo el barrio: niños jugando al fútbol en el barro de las calles sin asfaltar, un camión de La Casera, tres mujeres en blanco y negro con vestido estampados con la pobreza en los ojos. Junto a lo que fue el cuartelillo, que es el lugar en el que aproximadamente ahora nos encontramos, Jesús Maeztu, un curita moderno que venía de dar misas en un barracón de Puntales, va a levantar su parroquia. Magdalena y Lucía hablan con devoción de él. Hace mucho que Maeztu, ahora catedrático de Derecho del Trabajo, fuera de la iglesia, e implicado en la rehabilitación de las Tres Mil Viviendas, abandonó el Cerro del Moro, pero su poso pervive.
"Hubo una segunda etapa en el barrio. Empezó a llegar gente nueva. Venían del Balón, del Corralón... Juntaron lo más marginal de todo Cádiz en el mismo lugar, a todos los que nadie quería". Es el inicio del deterioro, la política de ocultación de unas autoridades que sólo querían mostrar la imagen de una ciudad novelera, agradable para los agostos de playa. Lo que no cuadraba con eso iba al Cerro del Moro.
Maeztu y su parroquia asisten apesadrumbrados a esa acumulación de miseria que se les envía, familias analfabetas, enfermas, tuberculosas. Desde la parroquia se organizan los voluntarios, el movimiento vecinal se pone en marcha. Capitaneados por el párroco y con la ayuda de las monjitas de La Asunción, mujeres como Magdalena o Lucía se implican con los nuevos vecinos, van a sus casas a ponerles inyecciones a los niños, enseñan a leer y escribir a los padres. "Préstame a tu mujer un ratito, recuerdo que decía el párroco a mi marido", se sonríe Lucía. "Pero no siempre era así -interviene Magdalena-. Había mucho machismo y muchas mujeres venían a ayudar a la parroquia a escondidas habiendo dicho al marido que salían un momentito a por hilo. Me acuerdo cuando irrumpió aquel hombre en la parroquia y, al ver que su mujer estaba allí, la arrastró fuera y le soltó un bofetón que retumbó en toda la iglesia".
Cuentan estas historias mientras visitamos por las modernas instalaciones de la actual asociación de vecinos, con amplios salones donde hay un gimnasio, clases de pilates, de baile o, como en éste que ahora visitamos, unos jóvenes trabajan en un proyecto de chirigota. "Si se lo hemos dado todo hecho -bromea Magdalena-. El local antiguo lo levantamos entre los vecinos pagando de nuestro bolsillo el cemento y la arena. Yo misma fui a por tablones a la Aeronáutica para hacer los encofrados, comprábamos cortinas en El Piojito. Descubrimos que cuando se quieren hacer las cosas, se pueden hacer". Se tenían que llamar de alguna manera y se pusieron un bonito nombre: Grupo de Cultura.
Muy sospechoso. La policía acude de incógnito en los años que preceden a la muerte del dictador para escuchar las homilías del cura obrero y saber qué está inoculando en este grupo de personas que no se conforman con dejar el tiempo pasar, que quieren hacer cosas y las hacen. Aquellos policías de incógnito debieron descubrir entonces la peligrosa semilla del entusiasmo.
Con los cimientos con los que están construidas estas y otras mujeres fuertes el Cerro del Moro combatenl o que más allá de las vías no se quiere ver. Pero hay algo con lo que ya no pueden combatir. "Fue el carrusel, aquel tíovivo. Sí, ahí empezó todo". De lo que hablan Magdalena y Lucía es de la llegada de la epidemia, el caballo. La nueva vecina, la heroína, acompañada de una familia numerosa de agujas hipodérmicas e infecciones, se instala en el Cerro del Moro con la llegada de los 80. El carrusel al que hacen referencia, el inicio del virus, es una atracción mecánica que se sitúa en los terrenos de un viejo chalé abandonado. Desde ahí se empieza a comerciar y el comercio crece imparable.
En pocos años los únicos visitantes del barrio son los que vienen a por la dosis. El paisaje idílico de vacas y mar es ahora el de jóvenes devastados tirados junto a las vías del tren de la antigua fábrica de tabacos, escombros humanos entre los matorrales que crecen junto a las traviesas. Los cuerpos de toda una generación se vuelven esqueléticos, se les caen los dientes. Mueren.
En ese ambiente crecen los hijos de Lucía y Magdalena, que no se mezclan con los portadores del contagio. "No es que sintiéramos miedo porque unos y otros éramos del barrio, nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, pero era duro ver a muchos jóvenes caer. Nuestros hijos se han criado entrando y saliendo, pero claro, había preocupación. Aquí no se podía decir como en otros barrios: anda, niña, bájate al parque a jugar".
Hubo intentos de mejora en el barrio. Se hizo la plazoleta y se puso una farola. La farola, el único punto de luz de ese barrio oscuro, se convirtió en el epicentro del trapicheo. Los vecinos se movilizaban. Colocaban pancartas reivindicativas en el puente de Carranza y la policía, en vez de acudir a ver qué pasaba dentro del barrio, a donde iba era a quitar las pancartas del puente.
Aislados del resto de la ciudad, sólo de vez en cuando podía suceder un hecho que arrancara sonrisas, como cuando un salidero generó una humedad en el bajo de una vivienda y los inquilinos observaron en esa mancha el indiscutible rostro de un cristo. "Aquí nunca venía nadie, pero se corrió la voz y llegó gente de todas partes a venerar al cristo de la humedad. El párroco se tronchaba de risa". "¿Y la mancha parecía a un cristo?" "Nunca la vi, pero todo era figurárselo. Al fin y al cabo, el barrio necesitaba uno". Un cristo o un milagro.
El milagro nació del coraje vecinal. Un grupo de vecinos cercano a la Hermandad Obrera de Acción Católica estaba dispuesto a hacerse oír. Carmen Romero, la mujer de Felipe González, visitó el barrio y se horrorizó. Rodríguez de la Borbolla, entonces presidente de la Junta, fue perseguido por vecinos desde la Catedral al bar Terraza y no pararon hasta arrancarle el compromiso de que pondría dinero si se le entregaba un plan de actuación. Se le entregó. En 1990 empezó la primera fase de demolición y reconstrucciónd el Cerro del Moro. Vecinas como Magdalena y Lucía lo habían hecho posible. Paseamos por las nuevas avenidas y van indicando los viejos lugares que ellas vieron transformarse, orgullosas de haber contribuido a que el antiguo gueto sea ahora un agradable sitio para vivir.
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