Jaime Pérez-Llorca, el ojo frente al universo
Tributo a Jaime Pérez-Llorca
Era un hombre notable en tiempos extraordinarios. La primera referencia que tuve de Jaime Pérez-Llorca, fue por boca de Antonio Pozanco, cuando era prior de los dominicos y mi adolescencia cantaba en el coro de la parroquia; al parecer, el oftalmólogo había dejado al fraile con los instrumentos de optometría en el ojo, mientras se dedicó largo rato a mirar las estrellas desde un telescopio casi profesional.
Hijo de un catedrático de la Facultad de Medicina, nieto de Leonardo Rodrigo Lavín, que llegó a ser decano de la Facultad y del Colegio de Médicos, cuya pertenencia a la masonería le llevó a las puertas de la ejecución tras el golpe de estado franquista; pero es fama que salvó su vida por intercesión de José María Pemán, según le refirió José Pedro a Fernando Santiago.
En cualquier caso, Jaime pasó de estudiar en el colegio alemán de Cádiz a continuar sus estudios en Madrid, al igual que su hermano José Pedro; aunque ambos compartieron hasta su muerte respectiva la casa familiar de la Alameda de Apodaca, en la que entre perros de raza se libró hasta los últimos extremos una ardua batalla burocrática para que se le permitiera instalar un ascensor.
Cuando José Pedro entró a militar en el Frente de Liberación Popular, el célebre FELIPE, mucho antes de ingresar en la UCD, Jaime ya se había afiliado al PSOE y por su sede de la calle Pelota lo veía ir y venir, hasta que nos reunieron en asamblea tras las elecciones generales de 1977. Pérez Llorca tomó la palabra y nos dijo algo así que a partir de entonces dejábamos de trabajar para un gran partido y empezábamos a trabajar para una gran empresa, la de restaurar las libertades en España. Yo, por aquel entonces, abominaba tanto del capitalismo que hasta sospechaba de la revolución industrial. Así que la vida empresarial no me interesaba en demasía y abandoné mi condición de compañero de viaje de las Juventudes Socialistas. También, durante cierto tiempo, mi alocada juventud libertaria personificó en Jaime la imagen del cambio que se estaba produciendo en este país y que habría de conducirnos hacia grandes avances democráticos, pero también hacia el desencanto político ante la perdida de fuelle de nuestras quizá demasiado optimistas utopías.
Se me antojaba una paradoja que Jaime Pérez Llorca fuera detenido, un 15 de julio de 1976, por haber promovido un acto a favor de la amnistía política en San Felipe Neri, que se convocó el mismo día que, significativamente, se estrenaba la obra “Viva el duque, nuestro dueño”, en el Gran Teatro Falla. Junto a Pérez Llorca, la redada incluyó a Juan Jiménez Mata, Guillermo Alonso del Real, José Ramón Pérez Díaz-Alersi –a quien le ofrecieron abandonar comisaría pero él rehusó en solidaridad con sus compañeros de calabozo--, Rafael Gómez Ojeda, Rafael Román, José Manuel Duarte Cendán, Jaime Medina, Juan José Gelos, Antonio Palacios, Manuel Castro, Isidoro Gálvez, Jesús García Vidal, Horacio Lara y el marianista Javier Ansó. Según el gobernador civil, se les había detenido por la exhibición de banderas rojas con la hoz y el martillo, junto con las de CNT, PSOE, Joven Guardia Roja y PTE. Apenas trece años más tarde, a 21 de diciembre de 1989, Jaime publicaba un razonable artículo bajo el expresivo título de ¿Libertad, para qué?, en torno a la caída del muro de Berlín y del bloque del Este: “El comunismo soviético, la religión de Lenin, se descompone rápidamente en medio de una conciencia generalizada de frustración y fracaso”.
Volví a descubrir a Jaime Pérez Llorca, cuando algunas de las principales turbulencias involucionistas se habían apaciguado. Y aunque no mantuve un estrecho seguimiento a su etapa en el Parlamento de Andalucía, dentro del Grupo Socialista y en donde participó como vocal en varias comisiones y llegó a presidir la de incompatibilidades en la etapa fundacional de dicha Cámara, tras las primeras elecciones autonómicas de mayo de 1982.
Sin embargo, nuestros intereses volvieron a coincidir durante su etapa como vocal de la Comisión de Defensa del Senado, entre septiembre de 1993 y junio de 1995. Uno de sus principales focos de atención lo acaparaba, desde mucho antes y como bien sabe Oscar Lobato, el sistema de defensa español en el Estrecho y la supremacía británica y estadounidense con sus redes de sonares submarinos y su inteligencia aeronaval que a menuda cegaban los dispositivos españoles. Aunque todo ello se diluyó finalmente con la integración en la OTAN, que Jaime preconizaba y que yo detestaba, la inquietud por la soberanía real de nuestro país en materia de defensa era plenamente compartida.
Jaime respondía, en gran medida, al prototipo del humanista: lo mismo le interesaba el mal de España –con su libro 1898, la estrategia del desastre, publicado por Sílex y que prologó su llorado amigo Fernando Morán--, o la ciencia, lo que le llevó a donar al museo creado por el oftalmólogo vallisoletano José María Saracibar, una serie de piezas de oftalmología de medio siglo de antigüedad y que formaban parte de su colección particular. Su legado llegó a contemplarse, incluso, durante una exposición de dibujos sobre el ojo realizados por Santiago Ramón y Cajal.
Otra confluencia natural entrambos fue el interés por Cádiz y por lo que le sucedía al cuerpo y al alma de esta ciudad. Nunca pertenecí a los íntimos de Jaime, pero terminé militando entre sus adeptos. A lo largo de nuestras vidas, apenas cruzamos media docena de conversaciones, pero en todas ellas descubrí más afinidades que distancias. Y recordé, naturalmente, a Chesterton cuando le preguntaron qué opinaba de los franceses: “No lo sé, no los conozco a todos”. Para mí, fue un placer conocerle. Y un descubrimiento astronómico. Siempre lo seguiré imaginando como un ojo sensible frente a un universo complicado.
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