"Todo es una ilusión"

De palique

Una comida con el fotógrafo Pablo Juliá, el hombre que retrató la Transición en movimiento

Pablo Juliá, en el balcón de su casa del barrio de Santa María / Jesús Marín
Pedro Ingelmo

01 de marzo 2026 - 07:01

CUANDO Pablo estudiaba el PREUen el Columela -sería mitad de los años 60- tuvo una profesora de literatura que le marcó. Fue la que le enseñó a leer y, cuando digo leer, es entender. La profesora, que ya por entonces llevaba una reconocida trayectoria poética, tenía una personalidad magnética. Sus métodos pedagógicos eran muy adelantados para la época. Sacaba a los chicos a pasear por la playa y allí les enseñaba los secretos que se ocultan en las páginas de los libros. Las lecciones de aquella profesora animaron a Pablo a escribir y él enseñaba a su profesora sus borradores. Ella leía atentamente y le decía esto está muy bien o por aquí tienes que mejorar. No tiene duda Pablo de que, de algún modo, el joven Pablo se había enamorado de aquella mujer que, por entonces, tendría unos treinta y tantos años. Es más, el joven Pablo estaba convencido de que existía una conexión entre ellos. Acabó aquel curso y los caminos se separaron, pero Pablo seguía teniendo a aquella mujer idealizada. Algunos años después, no muchos, Pablo estaba asentado en Sevilla y en el cruce de un semáforo vio a su profesora esperando que se pusiera en verde. Tuvo el impulso de saludarla, pero se detuvo y la observó. Era ella, no cabía duda, pero quién era esa mujer. No era la mujer que recordaba. Para empezar era mucho más baja de lo que él tenía en mente. ¿Y su cara? No era una mujer especialmente atractiva o no tan atractiva como él la ensoñaba. Era una mujer como tantas, sin magnetismo. Ella cruzó la calle y Pablo se quedó quieto, un poco sorprendido, mudo. Pasaron más años y su amigo Manolo Chaves, entonces presidente de la Junta, le contó que esa tarde tenía que ir a darle una medalla o algo parecido a aquella profesora por su reconocida trayectoria poética. Pablo le dijo que él había sido su alumno y que, por favor, le diera recuerdos de su parte. Por entonces Pablo tenía cierta fama por las fotos que publicaba en El País. Pensaba Pablo que a su profesora le agradaría saber que él la recordaba como una profesora que le marcó. Cuando volvió a ver a Chaves éste le dijo: “Oye, que le dije a la poetisa eso que me dijiste”. “¿Y?” “Pues Pablo, esa mujer no tenía ni puta idea de quién eras, pero ni puta idea”. El Pablo de hoy, el Pablo ya mayor, me sonríe con esa mirada pícara tan suya, tan adolescente, y me desvela la moraleja de esta historia: “Todo es una ilusión, Pedro. En este mundo he aprendido que todo es una ilusión”.

Estoy hojeando el libro que me he traído de casa de Pablo Juliá (Cádiz, 1949). Se llama Fotografía y palabra y es una colección de sus fotos comentadas por él mismo. Paseo la mirada por los rostros de Sarah Vaughan, Paco Rabal, una imagen poderosísima de Miles Davis, por supuesto su amigo Felipe González... pero me detengo en una fotografía que me llama la atención. Es una reunión en la que está Rafael Escuredo, el presidente de la Junta que puso en marcha la autonomía andaluza, con lo que parecen ser unos jornaleros. En las paredes del lugar hay un retrato enmarcado del rey Juan Carlos, otra de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange, y un crucifijo. La foto tiene toda la intención. El protagonista no es Escuredo, sino esos retratos contrapuestos vigilados por el crucifijo. Allí estaba Pablo, inmoratlizando ese tránsito. Este hombre es con el que hoy he estado comiendo en su casa del barrio de Santa María -él, en realidad, vive en Sevilla, pero hace unos años se hizo con este refugio gaditano-. Ha comprado unas gambas de Huelva en el mercado que ha cocido él mismo. Es uno de sus mayores talentos, cocer marisco. Y luego nos preparamos a la plancha un cazón fresco que sabe a gloria acompañado de un digno vino blanco. Pongo el teléfono a grabar y charlamos. Me advierte: "Yo me invento historias".

–No tienes ni una sola foto tuya colgada en la casa. Todos los fotógrafos que conozco tienen fotos suyas en las paredes.

–Qué va, ni se me ocurriría. Me aburren mis fotos. Uno se aburre de sí mismo.

–Tus fotos no son aburridas. De hecho, tus fotos son muy tuyas. Podría hacer una cata a ciegas de fotoperiodistas y sabría adivinar qué foto es la tuya.

–Mi método es la extrañeza. El peligro de fotografiar es la rutina, que todo te parezca normal. Entonces simplemente disparas, haces la foto y te vas. Yo siempre he querido saber el por qué de las cosas. Por ejemplo, yo vivo en Sevilla, pero no soporto Sevilla, excepto cuando un día me levanto y decido observar Sevilla como un guiri. Entonces Sevilla me maravilla. Con la cámara igual, quiero sentirme un extraño. En realidad, se debería vivir siendo un extraño de uno mismo.

–Viviste una época, la Transición, en la que todo era extraño. Quizá dejaste el fotoperiodismo cuando todo se normalizó.

–Es posible. Sí, hubo un momento en que no encontraba lo que buscaba.

–¿Cuál fue tu primera cámara?

–Una Yashica que un cura me trajo de Japón. Una cámara fantástica. Con esas empecé a hacer mis primeras fotos con mi amigo Enrique Aguirre. Sin saber nada del surrealismo, el surrealismo vino a nosotros. Recuerdo que era invierno e íbamos paseando por la playa y Enrique encontró una muñeca desgreñada, sin ojos, en la arena. Enrique dio un beso a la muñeca y esa fue mi primera foto, Enrique besando en la boca una muñeca rota en la playa vacía. Eso era puramente Buñuel y yo no conocía a Buñuel. También me iba al cementerio con mi hermana y la fotografiaba metida en las tumbas. Luego, con Enrique, vi Ciudadano Kane, que no la entendí del todo pero la vi dos veces, y descubrí cómo una cámara puede reflejar el poder en esa escena en la que Orson Welles aparece en ese contrapicado. Con quince años y con mi Yashica yo ya sabía que con una cámara se pueden contar historias.

–¿En qué parte de Cádiz te criaste?

–En San Severiano. Nací dos años después de la explosión. De niño recuerdo que todo estaba devastado, pero era un bonito lugar, se veía el mar, estaba el campo de la Mirandilla, la plaza de toros y, al fondo, el mar.

–¿Dónde estudiaste?

–Me llevaron al colegio del Patrocinio, en San José, con las monjas. Yo era muy golfo. Me colaba en el cuarto de las monjas y las veía sin capuchas. Mira, un recuerdo que me viene. En el pupitre había un molinillo, no me preguntes por qué, y yo le daba fuerte y me lo cargué. Una monja me dijo esto es pecado, tienes que traer una moneda para que cristo lo vea y te perdone porque le has arrancado una espina al niño Jesús. Y mientras te quedas castigado en la capilla. Aquello me dejó tocado. Estuve castigado conmigo mismo un montón de tiempo.

“Mi primer recuerdo, a los cinco años y con las monjas, es la culpa y el pecado”

–¿Qué tenía que ver el molinillo con el niño Jesús? Qué estupidez. No entiendo.

–Ni yo. Tenía cinco años y de mis cinco años lo que recuerdo es el pecado y la culpa.

–¿Y en casa? ¿A qué se dedicaba tu padre?

–Era oficinista, pero en realidad su profesión era ser un facha importante. Había estado en la División Azul, en Leningrado. Tenía parte de las piernas gangrenadas. El 20 de noviembre se iba a la Cruz de los Caídos, se forraba con el Diario de Cádiz, que entonces era una sábana, y se ponía encima la camisa azul. Era un hombre rematadamente estricto. Tenía que darle un beso en la mano cada vez que comulgaba. Él quería que me hiciera cura, pero no era lo mío. Cuando mi madre enfermó de cáncer, mi padre no quiso que fuera al médico porque tenía que desnudarse. Ella, para soportar los dolores, bebía ginebra y se ponía una plancha en el estómago. Yo lo único que quería era irme de Cádiz y alejarme de mi padre.

–Te fuiste a Sevilla y te mezclaste con todo el rojerío.

–Yo había estudiado en los jesuitas, que me enseñaron mucho, y me consideraba un cristocentrista, pero en la Universidad conocí a Pipo Clavero (Bartolomé Clavero, que posteriormente sería uno de los grandes juristas españoles), que me hizo marxista leninista en cuatro días. Luego conocí a Felipe (González) y me hice socialdemócrata. Así pasé de la Liga Comunista Revolucionaria al PSOE. Todo muy loco porque era una Sevilla muy loca la de aquellos años. Eran los años del amor libre y entonces se follaba taco. Entonces se follaba mucho más de lo que se folla ahora.

–Eso es estupendo. ¿Me dejas titular “En el franquismo se follaba más”?

–No hagas trampas, yo no he dicho eso.

–¿De qué vivías? ¿Te lo pagaba tu padre?

–Qué va. En mi casa se figuraba mucho, pero luego íbamos con los calzoncillos rotos y las chaquetas con brillo. No, en Sevilla vivía de dar clases de latín, que yo no tenía ni idea de latín, en Sanlúcar la Mayor. Y luego comía en los comedores del SEU aprovechando que era el director de la filmoteca y robaba comida, que cuando se enteró Felipe me echó una buena bronca. Decía: ¡Un socialista no roba nunca! Pero vamos, que lo del latín me daba para pagarme una pensión con olor a zotal. Un día, que sería poco después de que se hubiera enterado de que robaba latas de perdiz escabechada, invité a Felipe a la pensión a tomar un té y cuando vio dónde vivía me dijo, anda, aquí no puedes vivir, vente conmigo.

“En la mili me enviaron por rojo a un cuartel de Badajoz a pelar sardinas”

–¿Qué películas ponías en la Filmoteca?

–Bueno, pues te puedes figurar, lo que te dejaban, Pasolini y esas cosas. Antes de proyectar venía un censor y curiosamente la parte política, que era lo que a mí me interesaba, le daba un poco igual, pero eso sí, lo que era cualquier cosa de sexo me obligaba a cortarlo.

–¿Cortabas tú mismo las películas?

–Sí, claro, con una tijeras, y luego las juntaba con acetona. Me dijeron, aunque no lo sé seguro, que la película cortada con las escenas de sexo se las llevaba el censor a su casa.

–Pero a ti te echaron de la Universidad.

–Sí, por rojo. Estudiaba Filosofía y Letras y estaba en todos los líos que había en la Universidad, pero tampoco es que yo hiciera nada especial. En realidad, diría que yo era un rojo tibio. Pero sí, me echaron, a mí y a Kiko Veneno, y nos tuvimos que ir a Barcelona a acabar la carrera. Por allí estaba también Julio Anguita, en un curso superior, pero a Anguita no lo tragaba nadie, ni los comunistas, que eran la mayoría. Era un tío raro, hosco... Por cierto, con Kiko hice la tesina, que se llamaba Lenin, un paso p’alante y tres p’atras. Sobresaliente cum laude. Eh, ¿cómo te quedas?

–Entonces la mili ni te cuento.

–Me mandaron a Badajoz, a un cuartel que se llamaba General Menacho, donde estaban todos los rojos. Dormía en una litera con un tipo de ETA arriba y uno del Grapo al lado. Nuestra tarea era pelar sardinas. Me pasé la mili pelando sardinas y estuve años sin comer sardinas. Años después fui a fotografiar un acto al que iba al Rey en un cuartel, una de esas cosas en la que el Rey come el rancho con los soldados. Ya sabes, su campechanía. Me preguntó que dónde había hecho la mili y le dije en General Menacho y él me soltó pues sí que eras rojo tú.

–Pero no hiciste carrera política. Y no será porque no tenías buenos padrinos.

–En las elecciones municipales quisieron que me presentara para ser alcalde de Camas, pero estaba claro que eso no era lo mío. Cuando se enteró Felipe me quitó esa idea. Me dijo tú dedícate a lo que sabes hacer, que es a hacer fotos. Y tenía toda la razón. Yo hacía fotos para El Socialista y, por entonces, ya empezaba a tener claro que a lo que quería dedicarme era al periodismo. Me fui apartando del partido para dedicarme a lo que me interesaba.

“No estoy de acuerdo con Felipe González pero puedo comprenderle”

–Hablábamos de Felipe. Hablemos de Felipe. ¿Qué te parece que ahora vaya diciendo que va a votar en blanco?

–Pues que no estoy de acuerdo. ¿Votar en blanco? ¿Qué es eso de votar en blanco? A mí tampoco me gustan muchas cosas de las que veo y, desde luego, no estoy tampoco de acuerdo con muchas cosas de Pedro Sánchez. Pero ¿votar en blanco? Dicho esto, también te digo que lo comprendo. Conozco muy bien a Felipe y sé las cosas que le pasan por la cabeza. Hay cosas que le duelen. Él cree que la izquierda abertzale no ha pedido perdón por muchas cosas que sucedieron, por las que él sufrió mucho porque cayeron muchos compañeros. Puedo entenderle, ya te digo, pero no estoy de acuerdo con él.

–Ahora que está saliendo lo del 23-F, ¿cómo observas el papel de Felipe respecto a Adolfo Suárez?

–Mira, en a quellos años Felipe le dio por por todos lados a Suárez. Pero darle de lo lindo. Sin embargo, él tenía claro una cosa y nos lo decía: a Suárez hay que darle, pero también tener claro que Suárez está en este lado, el lado de la democracia, no en el otro, y por eso hay que respetarle. Felipe tenía afecto por Suárez. Eso es algo que ahora no se ve. Uno puede estar en su trinchera sin despreciar al rival. A mí lo que me parece mal de la política de ahora es que no hay puentes. Fíjate, lo que yo haría ahora, por ejemplo en Extremadura, es lo que ha dicho Rodríguez Ibarra: abstenerrme. Hablas con el PP, llegas a un acuerdo de mínimos, y haces una barrera real. Pero vamos, ya sé que es imposible.

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