Ciudadanos de Cádiz

"Me gusta que siga oliendo a cocina en los restaurantes"

  • Francisco Durán Valle, para todo el mundo Curro El Cojo, todo un referente de la hostelería, a la que llegó tras sufrir un accidente laboral cuando trabajaba en el campo

Aunque nació en Arcos de la Frontera, Francisco Durán Valle, Curro El Cojo, el sobrenombre con el que se le conoce como todo un referente en el sector de la hostelería, confiesa que "siempre me quedarán mis 40 años en Cádiz, que han sido de maravilla". Hijo de Francisco Durán, un cenetista arcense que el 22 de julio de 1936 se fue a la Guerra, se hizo hostelero al impedirle un accidente laboral, en el que se rompió la cadera, seguir trabajando en el campo. Ahora, disfrutando de una merecida jubilación, es fácil encontrárselo por las calles gaditanas, tanto por las de extramuros como por las del casco antiguo, siempre bien vestido, con su inseparable bastón y recibiendo saludos de las muchas personas que no han olvidado su famoso lomo en manteca, entre otras viandas, con el que comenzó a hacerse famoso a mediados del pasado siglo en tan singular enclave de la Sierra de Cádiz en el que nació.

-¿Usted no nació en el propio Arcos?

-Según mi madre, que se llamaba Josefa, en realidad nací debajo de un olivo. Vivíamos a 8 kilómetros del pueblo, en un campo de viñas y frutales donde trabajaba mi padre. Cuando ella se puso de parto salió hacia Arcos, pero no le dio tiempo a llegar y mi abuela fue la que nos cortó la tripa en el camino. Fue el 5 de septiembre del año 1928.

-¿Pero prácticamente se crió en el pueblo?

-El 22 julio de 1936, por la tarde, mi padre, que era de la CNT, se fue a la guerra con los republicanos. Mi madre se quedó sola con los tres, yo con casi nueve años, mi hermano Manuel con 7 y José, que ya ha fallecido, con 3. El campo en el que vivíamos era alquilado y ella decidió irse a Arcos, con los dos más chicos, para trabajar en lo que le saliera, mientras que yo me quedé en otro campo con mis abuelos y allí estuve hasta 1941.

-Para colmo de males sufrió un accidente que le incapacitó para trabajar en el campo.

-Estuve trabajando guardando ganado en varias fincas y a los 17 años, estando en una huerta tuve que saltar una acequia cargado con una canasta, me caí y que rompí la cadera. Estuve 13 meses escayolado desde el tobillo hasta el pecho, y cuando me recuperé comprobé que seguir trabajando en el campo ya no era posible.

-¿Qué hizo entonces?

-Intenté trabajar en una zapatería, pero no era lo mío. Un día el barbero al que yo iba a cortarme el pelo, Francisco Neira Espejo, compró un local frente al mercado y me ofreció que me hiciera cargo de una taberna que iba a montar allí. Yo nunca había trabajado en un bar, pero lo acepté y allí estuve durante dos años, de seis de la mañana a doce de la noche. Cobraba 48 pesetas al mes, más de lo que ganaba mi madre limpiando pescado.

-¿Aquella taberna fue el paso decisivo en su futuro como hostelero?

- Más tarde se quedó un local vacío en el callejón de las Monjas y un cliente, Antonio Murciano, el padre del escritor del mismo nombre, me dijo que lo alquilara y que él y varios de sus amigos me iban a apoyar. Era el año 1952 y el alquiler costaba 50 pesetas mensuales. Decidí que mi madre se viniera a trabajar conmigo, lo que para ella fue la Gloria, y era la que se encargaba de preparar las tapas de cocina, y también ofrecíamos chacinas y conservas. Una tapa de jamón, con una copa de manzanilla, que se bebía mucho, o de vino de Jerez, que compraba por arrobas en la propias bodegas, costaba una peseta con cincuenta céntimos y cinco pesetas de entonces cien gramos de jamón. Se los compraba aquí en Cádiz a Eduardo Fernández Castaño, Ramón Vázquez y Francisco Chaparro, mientras que el queso y sobre todo las chacinas las traía de la Sierra, especialmente del pueblo de Benaoján.

--¿En todos esos años no supieron nada de su padre?

- Terminada la guerra mi padre se pasó a Francia, donde estuvo en un campo de concentración, y cuando lo soltaron se fue a trabajar como viticultor para una familia en una finca cerca de Lyon. Intenté ir a verlo en 1948, pero como no tenía papeles me detuvieron en la frontera y al ser menor de edad tardé dos meses en volver a Cádiz, recorriendo reformatorios, hospitales y conventos de toda España, y ya aquí me soltaron a los siete días. En 1954, después de que Manuel Moreno, el padre de Ignacio Moreno, el actual presidente del Ateneo de Cádiz, me ayudara a tramitar el pasaporte, volví a Francia y por fin pude verlo. por fin. Después fueron mi madre y mi hermano José; ella decidió volver a Arcos y él se quedó allí a trabajar. Yo seguí acudiendo todos los años a Lyon durante una semana, hasta que en 1984 quiso que lo trajera a Arcos y allí murió.

-Sin duda esas circunstancias marcaron su vida.

- Después de la Guerra a la esposa y a los hijos de un "rojo" sólo nos quedó hambre y miseria. Yo aprendí a leer y a multiplicar con 19 años, gracias a dos salesianos, Antonio Gómez Urbano y Manuel Fraile, que me enseñaban cuando terminaba de trabajar en una huerta; me bautizaron con 21 años gracias a un cura castrense de Ronda a donde me mandaron después de no poder realizar la mili por el accidente, y me puse los primeros zapatos con 22, cuando entré a trabajar en el bar, mientras antes sólo había usado alpargatas.

- Abordemos un tema más agradable, su boda.

-El 24 de mayo de 1960 , en la iglesia de Santa María de Arcos, me casé con Rosario Arias Tardío. Yo tenía 29 años y ella 20. Desde entonces ha sido mis pies y mis manos para todo. Antonio Murciano decía que éramos un binomio Curro y Rocío, Rocío y Curro. Es además una magnífica cocinera, lo que aprendió en los fogones de la finca de la familia Martel de Jerez, de la que su padre era el guarda.

-Han tenido cuatro hijos, que además tienen unos nombres muy singulares.

-Hemos tenido tres varones y una hembra. En cuanto a sus nombres, tengo que confesarle que como yo creo en la reencarnación y procedo de un patricio romano, la niña, que trabaja de matrona en Jerez, se llama Zenadia, y los varones Patricinio, Rómulo y Zorobabel. Entre los cuatro nos han dado ocho nietos, tres Zorobabel, dos Patricio, otros dos Zenadia y uno Rómulo.

- Volvamos a su vida laboral. ¿No se conformó con aquel local en el callejón de las Monjas?

- En 1960 decidimos comprar la venta Los Tres Caminos, por 300.000 pesetas, a pagar en cinco años, y triunfamos. Colgué 50 jamones frente al mostrador y compraba toda la caza que por allí pasaba, sobre todo conejos y perdices, además de lo que denominé el 'entremés', un plato con morcón, morcilla, lomo y chorizo en manteca, caña de lomo y, por supuesto, jamón. Todo el que se compraba un Seat 600 lo primero que hacía era llevar a toda la familia a Arcos para disfrutar de todo aquello, además con muy buenos precios. El bar se lo dejé luego mi hermano Manuel.

-¿Tampoco se conformó con aquella venta, pese al éxito obtenido?

-Cinco años después, Eduardo León Manjón me propuso adquirir el Mesón de la Molinera, entonces conocido como la Huerta Nueva. Yo mismo diseñé el local, y su esposa, Luchi Borrero, fue la encargada de decorarlo, pero cinco meses más tardes decidí regresar de nuevo a mi venta, hasta que en 1970 se la dejé a mi hermano José, que se vino de Francia, y compré el mesón El Brigadier.

-¿Fue una apuesta arriesgada?

-Le puse todo mi cariño. Con el nombre quise homenajear al brigadier Pedro Antonio Yuste de Cabrera, un arcense predecesor de Alcalá Galiano y del que nació el tan conocido escudo heráldico, en el que figuran dos anclas. Por allí ha pasado todo el mundo, desde Manuel Fraga, que me concedió la Medalla de Plata al Mérito Turístico en 1968, por intersección de Ramón Solís, a Alfonso Guerra o Manuel Chaves y hasta los periodistas de Madrid que acudieron a cubrir una visita que los los Reyes hicieron a Arcos en el año 1978, pasando por los artistas que otro paisano, Antonio Martín de Mora, traía a Cádiz para que actuaran en el cortijo Los Rosales. Conservo varios libros de firmas de aquellos años con dedicatorias de personalidades de todo tipo que han pasado por mis negocios. También en 2006 me concedieron la Medalla de Oro de Arcos.

-Finalmente terminó en Cádiz su vida laboral.

-Siempre he sido un enamorado de Cádiz y en el año 1977 dejé el restaurante más bonito del pueblo más bonito para venirme aquí, concretamente al Paseo Marítimo. Abrí mi primer local en el edificio Los Delfines y dos años después lo vendí para cambiarme a otro en el edificio Reina Victoria, el que ahora es el Arte Serrano, y allí me jubilé en el año 1998, aunque seguimos viviendo en aquella zona.

-¿Supongo que, aparte del trabajo, tendrá alguna afición?

- Me ha gustado mucho viajar cuando he podido hacerlo. Cuando era más joven siempre cogía quince días de vacaciones, de los que dedicaba siete a visitar a mi padre mientras vivió en Francia y el resto a viajar. He estado con mi esposa varias veces en Roma y en París, también en Suiza y hasta estuvimos en México, donde conocimos la capital, Guadalajara y Acapulco. Ahora ya viajamos menos.

-¿A que se dedica ahora todo el tiempo libre del que dispone?

-Salgo a pasear todos los días. Además un día si y otro no vengo hasta el Mercado Central, donde me encanta recorrer los puestos, especialmente los de pescado, que son todo un lujo. Generalmente vengo andando por el Paseo Marítimo o por la Avenida y a la vuelta, si estoy cansado, cojo el autobús en El Fénix. El resto del tiempo también lo dedico a mis nietos.

-Además cuida mucho siempre su indumentaria.

-Me gusta mucho vestir bien. El blanco y el azul son mis colores favoritos. No puedo olvidar que durante muchos años era algo que no podía permitirme, sólo tenía para alpargatas.

-Después de una vida tan intensa es para sentirse satisfecho.

-No me arrepiento de nada de lo que he hecho. Mantengo mi opinión de que que gusta que los restaurantes huelan a cocina y creo que lo importante es que la gente se vaya satisfecha de lo que le he ofrecido, tanto en Arcos como en Cádiz, gracias a que he sido un convencido de la importancia de la cocina de mercado, que considero básica, no soy partidario de los precocinados.

-Además puede presumir de tener amigos en todas partes.

-Tengo amigos de todos los colores, lo que considero que es una gran alegría. Nunca he querido pertenecer a nada que pudiera ocasionarle sufrimiento a mi familia, por eso no he estado en ningún partido político, No he olvidado que mi padre, por un ideal, dejó a mi madre con tres hijos y al final la libertad sólo la encontró él.

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