Historia

El doctor Aréjula y la epidemia de los 7.387 gaditanos muertos

  • El doctor cordobés Juan Manuel de Arréjula, epidemiólogo y formado en el Colegio de Cirugía de Cádiz, fue un liberal de renombre, comprometido, cuya intervención fue clave en la epidemia del año 1800

Detalle del listado por sectores y barrios de afectados y fallecidos en Cádiz por la epidemia de 1800. Detalle del listado por sectores y barrios de afectados y fallecidos en Cádiz por la epidemia de 1800.

Detalle del listado por sectores y barrios de afectados y fallecidos en Cádiz por la epidemia de 1800. / Archivo Municipal

Junto a José Celestino Mutis, Antonio de Gimbernat y Francisco Javier Lasso de la Vega, entre otros, el doctor Aréjula pertenece a ese elenco de brillantes hombres de ciencia que entre la Ilustración y el Romanticismo contribuyeron a prestigiar la que luego sería nuestra Facultad de Medicina.

Juan Manuel de Aréjula (Lucena, 1755) ingresó en el entonces Colegio de Cirugía de Cádiz con 17 años, llegando a ser luego catedrático de Química del mismo. Cirujano naval, estuvo previamente en varios destinos como la Habana o la expedición del Conde O’Reilly a Argel. Tras su estancia en París y en Londres, donde perfeccionó sus estudios, se decantó por los fundamentos químicos en el campo de la Patología llegando a publicar en 1788 unas Reflexiones sobre la nueva nomenclatura química, en las que deja entrever ciertas divergencias con Lavoisier. Pronto mostró un vivo interés por los brotes epidémicos y su tratamiento, publicando en 1802 una Carta al pueblo de Cádiz (Imprenta de la Casa de Misericordia) previniendo contra la viruela y a favor de aplicar su vacuna en la misma línea que los doctores Salvá y Balmis venían haciendo en toda España, incluso en sus territorios de Ultramar. Téngase en cuenta que en la prensa gaditana del momento (el recién estrenado Diario Mercantil) era frecuente ver los continuos llamamientos en pro de estas medidas ante las reticencias o recelos de buena parte de la población.

La gran epidemia de 1800

Pero fue con la tremenda epidemia de fiebre amarilla que asoló Cádiz en 1800, como también otras localidades de Andalucía, cuando Aréjula ejerció sus conocimientos científicos con gran predicamento. Previamente ya se habían dado casos de consideración en la Bahía los años de 1733, 1734 y 1764, aunque con mucha menor virulencia.

Lo cierto es que a últimos de julio de 1800 apareció en Cádiz, por el barrio de Santa María, la mortífera epidemia que azotó la ciudad hasta el mes de octubre en que remitió. Coincidió, además, con un verano especialmente caluroso y sometido a un incesante y fuerte viento de levante y todo apunta a que su origen estuvo en la llegada al puerto de la corbeta Delfín, procedente de la Habana y que ya traía a bordo varios marineros enfermos. Tampoco faltó el elemento fantástico o supersticioso (hoy llamaríamos conspirativo) como relató otro de los grandes médicos destacados del momento, el doctor Alfonso de María, que apunta a un extraño fenómeno celeste que, aunque no tenía que ver nada con la epidemia, la imaginación popular creyó que era un síntoma de mal agüero que la precipitó. Así, en la noche del 15 de agosto una especie de meteoro, a modo de bola de fuego, cruzó la Bahía y “electrizado de una nube espesa y caliginosa difundió un vaho caluroso más notable en El Puerto de Santa María y en Cádiz”. Los síntomas, que solían confundirse frecuentemente con la malaria y otros tipos de fiebres, no tardaron en manifestarse en la población bajo la forma de una ictericia aguda acompañada de fiebres, dolores, punteado hemorrágico de la piel y vómito negro. En aquellos años no se conocían muy bien las causas de esta epidemia con serias dudas sobre su etiología y cura, habida cuenta de que siete años antes en Filadelfia, donde también apareció, se negó rotundamente que se provocara por contagio y se creyó que el tratamiento más idóneo eran las sangrías. Con todo, el Dr. Aréjula estudió y trató  con rigor esta epidemia y desde la Junta Local de Sanidad ejerció una destacadísima labor, apostando por las fumigaciones, ventilación de las casas, máxima higiene y utilización del vinagre y gas sulfúrico como elementos asépticos, haciendo constantes llamamientos a la población para que extremara el cuidado con la suciedad y con la ingesta de ciertos alimentos, sobre todo las verduras, que deberían estar siempre en buen estado y bien lavadas. Todas estas consideraciones no dejan de llamarnos la atención por el hecho adverso de que Cádiz por entonces carecía de agua corriente. Al mismo tiempo movilizó y coordinó a todo el personal sanitario existente en Cádiz que era numeroso, habida cuenta de la existencia de su Colegio de Cirugía y de otros hospitales notables como el de San Juan de Dios, aunque las circunstancias hicieron que hubiera que echar mano también de los alumnos del Colegio. Por su parte, las autoridades municipales, aunque al principio mostraron cierta prevención y el consiguiente temor a que se desatara un pánico generalizado, lo cierto es no tardaron en disponer todos los medios posibles para socorrer a la población, con nuevos arbitrios y hasta la exención de ciertas cargas tributarias a la población.

Los efectos de la epidemia, a pesar de todo, fueron devastadores. Siguiendo las cifras oficiales, avaladas por el propio Aréjula, hubo un total de 7.387 muertos, entre los que se encontró el sainetero Juan Ignacio González del Castillo. Aparte, más de la mitad población gaditana, que estaría en torno a los 62.000 habitantes, contrajo también la enfermedad. Hasta se precipitó la construcción del cementerio de San José en ese mismo año de 1800, habida cuenta de la urgente necesidad de enterramientos, quedando reducido su ambicioso proyecto arquitectónico a la mera funcionalidad dadas las circunstancias y la consiguiente crisis económica. Aréjula publicaría luego todas estas impresiones en una Breve descripción de la fiebre amarilla padecida en Cádiz y pueblos comarcanos en 1800 (Madrid, 1806, Imprenta Real). Esta obra, por cierto no tan breve, supuso un reconocimiento general a su persona, siendo consultado por diversos organismo extranjeros procedentes algunos hasta de Dinamarca.

Su activismo político

Cuando las Cortes Generales y Extraordinarias se inauguraron en 1810 en la Isla de León a causa del temor a una nueva epidemia en Cádiz, Aréjula apostó bien pronto por las ideas liberales, siendo en 1811 presidente del Tribunal Supremo de Salud Pública, organismo creado en sustitución del anterior Protomedicato. Al reaparecer otra vez la fiebre amarilla en 1813 se cobró la vida de destacados diputados, siendo uno de ellos el ultraliberal José Mejía Lequerica, natural de Quito. Por su testamento, que se encuentra en el Archivo Provincial, sabemos que Aréjula, que sin duda lo debió tratar clínicamente, figura como albacea suyo junto con el teniente de navío José Peñaranda (notaría de Antonio Govirand). Tras el regreso a España de Fernando VII y la vuelta al absolutismo en 1814, Aréjula se dedica a su docencia en el Colegio de Cirugía, siendo en 1817 uno de los fundadores de la Sociedad Médico Quirúrgica Gaditana.

Destacado protagonismo tuvo en la revolución de 1820 que tuvo su epicentro en Cádiz y obligó al Rey a reconocer la Constitución de 1812. Junto a los militares, formó parte de la trama civil con los hermanos Istúriz, Mendizábal, Domingo Antonio de la Vega y Alcalá Galiano. Precisamente este último en sus Memorias refiere que “figuraba entre ellos (los conspiradores) don José Manuel de Aréjula, facultativo de bastante fama, si bien no de grande instrucción y de pocos alcances en política, aunque constitucional convencido”. Con el triunfo de este golpe de Estado formó parte en Madrid de la Dirección General de Estudios que en su momento trató de unificar las disciplinas de Medicina, Cirugía y Farmacia.

Tras la posterior reacción absolutista de 1824 tuvo que huir a Londres vía Gibraltar, viviendo en la capital británica en el barrio de Sommers Town, donde se ubicaban la mayor parte de los liberales españoles con los que mantuvo contacto continuo. A principios de 1830 el embajador de España en Londres, Cea Bermúdez, le propuso volver a España, lo que no pudo hacer pues murió el 20 de noviembre de ese año. Fue enterrado en el londinense cementerio de San Pancracio.

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