Cádiz
  • Así fue mi experiencia con la Covid-19. Ni la más dura, ni la más dramática: simplemente un caso más de los miles que cada día se registran en Andalucía, España y el mundo

El coronavirus y yo

Lucía y Diego, con unas mascarillas de Baby Yoda, el personaje de 'The mandalorian'. Lucía y Diego, con unas mascarillas de Baby Yoda, el personaje de 'The mandalorian'.

Lucía y Diego, con unas mascarillas de Baby Yoda, el personaje de 'The mandalorian'.

D.C.

Escrito por

· Diego Marchán

Redactor

Del coronavirus se sale. Sí, se puede. Pero, dependiendo de cada caso, cuesta una barbaridad. A día de hoy sigo sin saber en qué momento la Covid-19 decidió hacerse un huequito en mi organismo, una duda que me lleva torturando desde que asumí que estaba contagiado. Y es que, como en el duelo, la primera fase de esta enfermedad es la negación. “Habré cogido frío, o será una gripe. Estoy tosiendo, pero siempre estoy tosiendo. Con la alergia yo ya tosía antes de que estuviera de moda. Si no he tenido contacto con nadie que se sepa infectado, si he cumplido las normas… no voy a tener tan mala suerte de que me toque a mí”. 

Anda que no. Los primeros síntomas aparecen un domingo por la noche, justo al volver de casa de unos amigos. Cansancio y unas décimas de fiebre, nada como para darle importancia. Pasamos buena noche, pero los síntomas perduran la mañana siguiente. Unos inoportunos 37,3 grados me acompañan durante la tarde de teletrabajo, mientras mi pareja me echa de menos muerta de frío en el sofá. Al día siguiente me levanto mucho mejor, me creo recuperado. Sin embargo, cada pequeña actividad en casa supone un esfuerzo titánico. Este virus no te quiere ver activo, eso está claro. Lucía, en cambio, sigue sin encontrarse bien e intentamos autoconvencernos de que no puede ser coronavirus, aunque obviamente para entonces hemos limitado a cero cualquier contacto con el exterior “por si acaso”. 

Nos tranquilizamos recordándonos que tenemos mocos, y los mocos son más propios de un resfriado común que del dichoso virus. Pero nos terminamos de preocupar cuando, de buenas a primeras, perdemos por completo el gusto y el olfato. También se nos va el apetito -quién lo diría- y la sopa de fideos de aquella noche sabe a agua caliente con cosas flotando. La fiebre ya llega a 37,6 antes del último paracetamol del día (que nos tomamos de forma preventiva) y comenzamos a asumir que sí, que puede ser el maldito bicho. 

El miércoles los síntomas van tomando fuerza. Tos cada vez más intensa, malestar general, dolor de cabeza y muscular... la fiebre casi no me deja trabajar, aunque sigo aguantando. Lucía decide acudir a la clínica San Rafael a pedir la PCR. En apenas una hora, maravillas de la sanidad privada, tiene el resultado: positivo. Vuelve llorando, pensando en todas las personas que hemos podido poner en riesgo, sin saberlo, desde que nos contagiamos. La responsabilidad que sentimos en ese momento nos daña y nos quema más que la fiebre. ¿A cuánta gente hemos podido cruzarnos? ¿Qué hemos tocado que haya podido tocar otro después? ¿Y dónde, maldita sea, lo hemos cogido?

Un punto autoCovid de la provincia de Cádiz. Un punto autoCovid de la provincia de Cádiz.

Un punto autoCovid de la provincia de Cádiz. / Miguel Ángel González

Mi diagnóstico, por lo que sea, va un poco más lento. A través de la app de Salud Responde concierto cita con mi médico, que me manda el viernes al autoCovid de San Carlos -en el centro de La Paz no hay huecos al menos hasta el lunes- a hacerme la PCR. Es la primera vez que salgo a la calle desde que sospecho que soy positivo y me da pánico pasar cerca de nadie. Nada más salir del portal me cruzo con dos personas sin mascarilla... anda que empezamos bien. El viaje en coche hasta San Fernando me hace ver que no estoy en condiciones óptimas para conducir. Levantar el pie para acelerar o frenar es toda una batalla. Llego a mi destino y afronto una prueba desagradable pero rápida. Un poquito por aquí, un poquito por allí... y de vuelta a casa. Aún en coche descubro un síntoma hasta entonces inédito (y lo siento por lo escatológico), la diarrea. Esta enfermedad ataca por oleadas y lo que no consiguió en días previos la fiebre o la tos lo consigue con su directo al estómago, que me tumba sin remisión. La pérdida de peso a causa de la diarrea, la deshidratación, la fiebre y la falta de apetito es lo único bueno que va a dejarme el coronavirus. 

Esa noche el termómetro supera por primera vez los 38 grados. Lucía, en cambio, se encuentra bastante mejor y por recomendación sanitaria nos vemos obligados a poner distancia entre nosotros. Me apaño una camita en mi despacho, aunque no renunciamos a algún ratito de sofá juntos, cada uno en un rincón. Y esa noche, con mascarilla y más miedo que vergüenza, recordamos lo reconfortante que es un abrazo. El aislamiento, la soledad, es otro de los síntomas más terribles de esta enfermedad

Durante el fin de semana el coronavirus me ataca con todo su arsenal. La fiebre repite guarismos cada noche, unos demoledores 38,3º que me dejan al borde del KO. Las tardes  no son mucho mejores y ni el gol anulado a Negredo frente al Villarreal, que veo desde la cama, me saca de mi letargo. Ya tengo que encontrarme mal para no poner el grito en el cielo... mi virus debe ser del bueno, del premium, porque sufro todos los síntomas conocidos y quizás alguno por conocer. Por suerte me libro de la asfixia, el más preocupante de todos ellos. 

Lucía, que parecía recuperada, vuelve a sufrir una nueva cornada del virus. Vomita un yogur, su única cena, y sólo quiere estar acostada. Vuelve a tener unas décimas, apenas 37, pero no se encuentra nada bien. Esto aún no ha acabado. Recibimos, además, malas noticias. La pareja de amigos que vimos el domingo también tiene síntomas, así como alguno de sus familiares cercanos. Sólo podemos pedirles perdón mil veces, aunque obviamente entonces no supiéramos nada. Pero no podemos evitar que la sensación de culpa nos ahogue y como un mantra nos repetimos que no les pase nada, que lo superen de la mejor manera posible. El virus afecta a cada persona de una forma distinta y lo que para uno son días terribles de fiebre o vómitos para otros, por suerte, son unas décimas y un leve dolor de garganta. Y es que no hay enfermedad, sino enfermos. 

Positivo confirmado, nueve días después

Ya es lunes, acumulo 9 días con síntomas y no van a menos, todo lo contrario. La tos no me deja dormir y me tiene desde las seis y media de la mañana sentado en el sofá. Algunos ataques son realmente violentos y mi cuerpo lo sufre. La garganta, el pecho, los costados... cada arranque de tos me sacude como el centrifugado de una lavadora vieja y ya me duelen hasta las pestañas. Por fin el doctor me llama para comunicarme el positivo y me recomienda acudir al hospital para que me hagan una radiografía. Empieza entonces la gymkhana hospitalaria, que comienza con una ambulancia recogiéndome como a ET cuando se lo llevaban los militares. Tras cuatro horas en el Puerta del Mar, las dos últimas completamente solo en una fría sala esperando mi transporte de vuelta, puedo regresar. Los pulmones están bien, que ya es algo, pero me recetan antibióticos y corticoides como refuerzo en mi lucha con el bicho. Lucía también visita el hospital porque sigue vomitando todo lo que come. Gracias a una buena amiga, que se la juega yendo por nosotros a la farmacia -con mi tarjeta sanitaria, literalmente, bañada en alcohol para desinfectarla- recibimos el tratamiento. 

La sala del hospital Puerta del Mar en la que esperé el resultado de las pruebas. La sala del hospital Puerta del Mar en la que esperé el resultado de las pruebas.

La sala del hospital Puerta del Mar en la que esperé el resultado de las pruebas.

Superados los diez días los síntomas comienzan a remitir lentamente. La fiebre perdura un par de noches más, pero no alcanza los 38º que me llevaron al borde del delirio días antes. La gran protagonista de estas jornadas es la tos, que a duras penas me deja dormir. También el cansancio y la debilidad: coger la escoba durante unos minutos para barrer un poco la casa -ay, cómo está la casa- me deja fuera de juego, exhausto y con mareos. Estar sentado o tumbado es toda la actividad que aún puedo permitirme. 

Lo que no para es el teléfono. Amigos y familiares se interesan por nuestro estado a diario y también recibimos la llamada de los famosos rastreadores -¡existen!- para conocer nuestros movimientos hasta dos días antes de manifestar síntomas. El personal de mi centro de salud también contacta conmigo para conocer mi estado y amablemente me ayuda a gestionar la baja laboral. Y, por otro lado, me sorprenden las llamadas de la Policía Local, conocedora de mi positivo y que cada pocos días me pregunta por el periodo de confinamiento que aún debo guardar. 

Tras dos semanas de batalla, por fin podemos decir que vamos ganando. Nos damos un capricho para celebrar que hemos recuperado el apetito, unas hamburguesas que nos sientan de maravilla. La tos y el cansancio, ya bastante leves, son la última herencia que nos deja el virus. Seguimos confinados, claro, y a la espera de una nueva PCR o test de anticuerpos que nunca llega para saber si sigue existiendo posibilidad de contagio. Me comunican que actualmente por protocolo si acumulo varios días sin síntomas ya puedo recuperar la normalidad, sin una prueba que lo confirme... total, que una semana antes me sacaron de casa como si fuera una peligrosísima arma biológica y hoy me 'sueltan' sin más. Más misterios de la pandemia.

Del coronavirus se sale y de hecho hemos salido. Y no hemos sido, por suerte, de los más perjudicados. Nuestra historia no es de drama, terrible sufrimiento ni pérdida, es una más de las miles que se viven cada día en Andalucía, en España, en el mundo entero. Pero, si me permiten un consejo a modo de cierre para esta crónica absolutamente real, no se lo tomen a broma. Veo cada día que se desmantelan fiestas ilegales, hay bares llenos sin guardar distancias, gente paseando sin mascarillas, políticos buscando sacar rédito de la situación, descerebrados que aprovechan una absurda manifestación para quemar la calle, negacionistas inventando falsas teorías en redes... y todo me enferma más que el propio virus. Siendo prudentes y cumpliendo con las medidas de seguridad mi pareja y yo no pudimos evitar el contagio, porque cualquier mínimo descuido o un simple caso de mala fortuna puede bastar para acabar con el bicho dentro. Y no se pasa bien, eso se lo puedo asegurar. Así que cuídense y cuiden de los demás, porque el coronavirus existe, vaya si existe, y es un auténtico hijo de puta. 

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