Carta abierta in memoriam del Almirante Juan Cervera Valderrama

“Tras la propuesta de alterar su descanso en el Panteón de Marinos Ilustres, esta vez le toca al Ayuntamiento de Puerto Real instar a retirar la placa que el municipio le concedió en 1952”

El Ateneo Republicano pide al Ayuntamiento de Puerto Real que retire los símbolos de la dictadura franquista

1962 Traslado de los restos de Cervera Valderrama al Panteón

Placa que ensalza la figura de Juan Cervera Valderrama, en la casa de Puerto Real donde vivió y murió.
Placa que ensalza la figura de Juan Cervera Valderrama, en la casa de Puerto Real donde vivió y murió. / C. P.
Guillermo Cervera Govantes

07 de mayo 2025 - 07:00

Tras la propuesta de alterar su descanso en el Panteón de Marinos Ilustres, esta vez le toca al Ayuntamiento de Puerto Real, redactado por su concejalía de Urbanismo que lo fundamenta, con el más puro estilo Colau, en hechos históricos incorrectos contados de forma subjetiva, dictando sentencia que insta a la propiedad de la que fue su casa a retirar, a costa del contribuyente claro, la placa que el Municipio le concedió en noviembre de 1952 que no contiene mención alguna a la Guerra Civil. Hacer la Historia a base de interpretaciones subjetivas poco rigurosas no parece que promueva una “Memoria” sana.

La Transición culminó con una Constitución democrática, ofreciendo a España oportunidad de oro para consensuar una convivencia en armonía. Así lo entendieron quienes, en vida, aún tenían responsabilidades en cruentos sucesos de 36 años atrás a los que la Amnistía les vino de perlas. Fue oportunidad de oro para dejar la Historia a los historiadores, aprender de ella lo suficiente como para no repetir errores y mirar al futuro en vez de enfangar el pasado.

Don Juan tuvo “buena fortuna” frente a la muerte. Así sería en 1895 con ocasión del naufragio, sin supervivientes, del Reina Regente, del que se salvaría al ser comisionado forzoso a otro barco. En la II República esta “buena fortuna” se repetiría en tres ocasiones.

En abril de 1931, cuando unos resultados parciales municipales llevaron al cambio de régimen era, por nombramiento de los últimos meses de la monarquía, Jefe de Estado Mayor de la Armada, cargo del que presenta su dimisión el 19 de junio. Esta decisión le salvaría del fatal destino reservado a su sucesor, el Vicealmirante Salas González que, junto a su segundo, el Contralmirante Cervera Valderrama, serían ejecutados en Torrejón de Ardoz, sin más “sentencia” que la orden de sacas de la Modelo de la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid.

Ante esta dimisión el ministro Casares Quiroga intentaría retenerle usando algunos tópicos: “… Don Juan sabemos que usted es monárquico y católico, que ideológicamente nunca estará con nosotros, pero también que es usted un caballero, y las personas así las necesitamos, pues tenemos una república sin republicanos; muchos de estos solo saben de demagogia.” El 18 de agosto sería designado, forzoso, para el mando del Departamento Marítimo de Cartagena. Eran los días de la quema de iglesias y conventos.

Casi cinco años más tarde aquellos tópicos ideológicos se desatarían con el gobierno del Frente Popular salido de las también discutibles elecciones del 16 de febrero. La Diputación Permanente del Congreso promulgaría un “Decreto-Ley de Amnistía” para políticos encausados y condenados por el golpe de octubre de 1934, incluidos delitos de sangre y rebelión, lo que provocaría un levantamiento generalizado de presos comunes esperando igual trato. Tuvo especial relevancia el motín de Cartagena, incendio incluido con riesgo de propagación al Arsenal Naval, lo que obligó al Almirante a controlar la situación.

Restablecido el orden, el gobierno municipal elevó propuesta de su cese al Central, que la hizo suya y el 3 de marzo fue destituido, quedando sin destino en Puerto Real junto con su secretario-ayudante, el Capitán de Corbeta Pascual Cervera, mi padre, quien perdería su casa, pero conservaría la vida, pues es más que probable que ambos hubieran corrido, más tarde, la suerte de sus compañeros ametrallados indefensos en la mar a boca de bodega en el España 3 y en el Río Sil. La “buena fortuna” jugó nuevamente a su favor.

El 18 de julio de 1936 ¿se encontraba Don Juan inmerso en un alzamiento militar? Ese día se celebró en la Parroquia de San Sebastián, la boda de una hija suya y es fácil comprender que fuese ajeno a toda conspiración tendente a alterar el gobierno de España, de la que también fue ajena la Armada.

¿Qué pasó? Finalizada la ceremonia vivió el incendio de la Iglesia provocado por unos agentes del Frente Popular, dándoles tiempo justo para salvar las Sagradas Formas y algunas imágenes. En su casa, se personarían por la noche los incendiarios con intenciones poco amistosas. El Almirante tuvo arrestos para salir a la calle a reprocharles su actitud y una vez más sería su “buena fortuna” la que decidiría, esta vez, con la ayuda de los familiares y amigos que había en la casa y, en la calle, de un vecino que gritó: “a Don Juan no se le toca”. Quien así decía era el que organizaba el reparto de agua de su aljibe a los que las preocupaciones políticas del Ayuntamiento habían dejado sin suministro.

Dejemos que nos resuma él la situación. “…El 18 de julio de 1936, atacan mi casa de Puerto Real; muere en el Cuartel de la Montaña mi sobrino Pascual Cervera Sicre cuyos restos no se encontraron; asesinan en Guadalajara al marido de su hermana Ana María, encinta de su octavo hijo, y se ponen a buscar Cerveras como si de ellos dependiese el triunfo del Frente Popular…”.

Destaca el caso de su primo Luis: “…tenía 64 años; no servía al Estado y trabajaba para el industrial bilbaíno Don Horacio Echevarrieta…” “…Su personalidad católica presumía la tragedia…” "…tras pasar por la Modelo encontraría la muerte asesinado en Torrejón de Ardoz…” “… detuvieron a toda la familia y su mujer y las hijas, con los pequeños, sufrieron los horrores de una esclavitud…”. Don Horacio, republicano confeso, consiguió darles amparo, los tuvo en su casa y los pudo sacar a Marsella, desde donde pasaron a Puerto Real.

Con este panorama, las vidas de Don Juan y familia carecían de valor en aquellos días por el simple hecho de profesar una determinada religión. El camino de sostener “lealtad” a la República, fuente del riesgo, estaba así vetado. El 15 de octubre de 1936, tras profunda reflexión, aceptaría incorporarse en Salamanca a la Armada sublevada en calidad de su máximo responsable. Habiendo ya sangre de por medio, encarcelamientos de mujeres y niños y vejaciones públicas ¿quedaba alguna otra salida digna para preservar la vida?

La II República acumuló muchos errores, entre los que cabe resaltar la mayor persecución religiosa de la Historia, que condujeron a un enfrentamiento bélico que supuso vidas, dolor, frustración y fracaso. Por respeto a su sufrimiento se debería dejar a los entonces enfrentados descansar en paz y ocuparnos de nuestros males presentes, que son muchos, concentrando nuestro esfuerzo en evitar, por todos medios, que los resentimientos del pasado enturbien el futuro de nuestros hijos y nietos.

Don Juan fue un hombre sencillo. Si hubiese querido honores o títulos nobiliarios hubiera podido llevar, desde su temprana orfandad, el que ahora usa una de sus nietas. Cuando presentó su dimisión en agosto de 1939, Franco le dijo que pidiese lo que quisiese, a lo que respondió: “Yo solo quiero retirarme a Puerto Real, cuidar mis gallinas y preparar mi alma para entregársela a Dios”. Quien fue capaz de decir esto, no tenía entre sus ambiciones ensalzamientos. Durante trece años que duró todavía su vida, se dedicó a lo que dijo y a ayudar a quienes lo pasaban mal. Tengo el privilegio de conversar con la persona que mensualmente liquidaba en el comercio local, con dinero que le daba el Almirante, los vales de consumo que expedía; a él le dedico este artículo.

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