Cádiz

"Entendí que el castellano era mi único patrimonio y tenía que mantenerlo"

  • En 1944, Mauricio Palomo y sus padres fueron expulsados del territorio nacional dada su condición de "apátridas". Sesenta y seis años después, Palomo-Yanai vuelve a Cádiz a hablar de su experiencia

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"En mi vida -comenta, recién llegado a Cádiz, Moshé Yanai- ha habido una gran cantidad de feed-back... de efecto de retroalimentación". Se refiere, sobre todo, a su desempeño como periodista, traductor y profesor de español: todo ello -insiste- por un especial empecinamiento en mantener su lengua madre. Pero también podría aplicarse, este quid pro quo existencial, a la aventura que lo alejó y lo ha devuelto a España.

Moshé nació, al menos, dos veces. Una en Barcelona, en el año 1930. Y la otra, a su llegada al puerto de Haifa, catorce años más tarde. En la ciudad condal, donde vio la luz como hijo de comerciantes sefarditas, recibió el castizo nombre de Mauricio Palomo. En su segundo nacimiento, cuando llegó al protectorado de Palestina, lo hizo como hijo de "apátridas" expulsados de España, y en esa otra orilla pasó a llamarse Moshé. Moshé Yanai, recuperando así la forma hebrea del antiguo apellido familiar: Palombo.

Tomamos un café en la cafetería del Hotel Playa Victoria, el lugar donde -según los periódicos de la época- se alojó la expedición de judíos que aguardaban la llegada del buque Nyassa, poco antes de terminar la Segunda Guerra Mundial. "Hace 66 años -recuerda Yanai, señalando el piano de la entrada-, también había un piano, aunque no era de cola. Y yo me puse a tocar para llamar la atención de dos chicas que había por ahí... Tras la detención de mi padre, yo quería jugar a que era el hombre de la familia, pero lo cierto es que no lo era".

Josef Palombo (José Palomo) fue arrestado sin causa aparente en 1940 y trasladado a los campos de Miranda de Ebro y Nanclares de la Oca. La única opción de liberarlo era que la familia se comprometiera a abandonar territorio español, embarcando rumbo a Palestina. Fue en Cádiz donde, por primera vez, pudieron reunirse tras los años de internamiento y desde donde, a su vez, partirían para Haifa.

Esta visita a Cádiz, alentada por la Asociación Tarbut Sefarad, guarda para Moshé Yanai un carácter agridulce: "El que debería estar en mi lugar, recibiendo todo este reconocimiento es mi padre", se resigna. Una vez llegaron a Palestina, el de Josef Palombo pasó a formar parte, además, de los nombres expulsados "del territorio nacional español".

"A mí me da la impresión -explica Yanai- de que todos los expulsados eran residentes extranjeros. En Barcelona había muchas familias judías a las que no tocaron, aunque sí es cierto que vivieron una época muy desagradable, con toda esa propaganda continua sobre la conspiración judeo-masónica... Así que lo único que puedo pensar es que a mi padre lo denunciaron de manera particular".

En Palestina, José Palomo vivió, durante años, en la esperanza de tantos exiliados: "Con la idea -cuenta Moshé Yanai- de que Franco caería y nosotros podríamos regresar a casa. 'Aquí la vida no es fácil. La gente no es como los españoles', decía mi padre, que se consideraba catalán y español. Y es cierto que los israelitas son más introvertidos. Los españoles son un tipo de gente muy especial, se asemejan a los griegos: les gusta mucho la calle, el escenario, la fiesta..."

Cuando la familia Palomo llegó a Palestina, la comunidad sefardí era muy fuerte. "Y hablaban en ladino, claro. Muchos de los judíos españoles que fueron llegando iban adoptando inmediatamente el ladino como lengua -cuenta Moshé-. Pero yo no: no quise perder el español moderno, el español que yo hablaba porque entendí que, de alguna manera, ese era mi único, mi total patrimonio, y tenía que mantenerlo".

"El castellano ha sido la forma que he encontrado de ganarme la vida y me ha dado buenos frutos", explica. Una fidelidad, si se quiere entender, recompensada. "Como todos los muchachos -cuenta Yanai-, yo iba al cine. Y mi gran suerte fue que, por aquel entonces, las películas, habladas en inglés, se subtitulaban en francés y en hebreo. Del hebreo no me enteraba, pasaba corriendo... pero el francés fluía con facilidad. Y en el banco en el que trabajaba, el Palestine Discount Bank, los sefardíes utilizaban el francés como lengua de élite..."

Y no tardó, además, en comenzar a trabajar como profesor de español -labor que sigue ejerciendo-. "Tiene que entenderme, Pilar... hablo en hebreo, escribo en castellano y leo en inglés. ¡Es una completa locura!".

Cuando llegó a Cataluña desde Turquía, el padre de Moshé Yanai - "que también era de formación bastante autodidacta"-, aprendió catalán para comerciar con los payeses. Moshé no habla catalán y tampoco se llevó "las llaves de la casa de Barcelona" bromea. Pero sí se llevó las palabras. No es el único que mantiene las palabras como patrimonio. Su mujer, Sara, sefardí de origen griego, cuenta con una "sección que trata de promover el ladino. Y celebran reunión mensuales en las que se dedican, sobre todo, a cantar las canciones que les cantaban sus abuelas...", ríe Moshé Yanai.

"¡Cuántas veces -dice, con añoranza de dulce- habré podido leer El Quijote! ¿Sabe? Lo curioso de lo que siempre me había jactado era de conservar a la perfección el español que hablaba en mi infancia, en Barcelona. Pero cuando regresé a España por primera vez, en el año 78, tuve un chasco tremendo cuando me dijeron: ¿De qué parte de Sudamérica es usted?".

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