La labor de la Iglesia en los hospitales

Dios entre goteros

  • La muerte del capellán José Díaz pone de relieve el trabajo que la Iglesia realiza en los hospitales

  • Los sacerdotes Miguel Ángel González y Marco Antonio Huelga cuentan sus experiencias en los hospitales Puerta del Mar y de Puerto Real

Los capellanes Miguel Ángel González y Marco Antonio Huelga, ante el hospital Puerta del Mar. Los capellanes Miguel Ángel González y Marco Antonio Huelga, ante el hospital Puerta del Mar.

Los capellanes Miguel Ángel González y Marco Antonio Huelga, ante el hospital Puerta del Mar. / Lourdes de Vicente

Dios también anda entre los pucheros, dijo Santa Teresa de Jesús. Y entre los goteros, los pijamas azules, las batas blancas y los pasillos de hospital. La Iglesia viene realizando una importante labor también en los centros sanitarios, con sacerdotes pendientes las 24 horas de atender a enfermos y familiares, llevar la comunión a esas habitaciones de hospital, o aplicar los sacramentos cuando sean requeridos. Durante los meses de epidemia la sociedad ha elevado -con toda la razón y el mérito- a la categoría de héroes a todo el personal sanitario por la labor realizada dentro y fuera de los hospitales; y en ese grupo merecen estar también los capellanes, cuya misión es hacer a Dios presente en los hospitales, atender espiritualmente al enfermo, ser cura también entre fríos pasillos, salas de tratamientos y quirófanos. Una labor que nunca es fácil, pero que se ha complicado de manera notable en estos meses en los que el Covid domina nuestras vidas.

“Yo no me siento héroe ni veo que sea una hazaña lo que hago ni nada de eso”, dice Miguel Ángel González. Él es uno de los tres capellanes que hay en el hospital Puerta del Mar, cuyas habitaciones recorre desde hace ya una década, incluidos estos últimos meses en los que la amenaza del coronavirus condiciona el funcionamiento de este centro. Recuerda Miguel Ángel cómo al principio de la pandemia había “un desconcierto a todos los niveles” y se estableció que los pacientes de Covid no podían recibir visitas. “Teníamos que atenderlos por teléfono, que ha sido una de las cosas más penosas que he vivido como sacerdote”, confiensa. Fue a las pocas semanas cuando la situación cambió: “Un fin de semana que estaba de guardia había ingresada una señora que estaba ya muy mal, y sus hijas pidieron que se le diera la unción. Ahí es donde se me planteó la cuestión: ¿qué debe primar en una situación así? Y decidí ir a su habitación y asistirla”, cuenta este sacerdote, que asegura que desde ese día “se me fueron los miedos personales y decidí atender a todos los que requirieran mis servicios”. “El Señor guardará de mí”, añade.

Así es como los capellanes se enfundan también los Epis y junto con médicos y enfermeros se encargan de la atención de los enfermos, ya sean Covid o de cualquier otra índole. “La labor está siendo dura, muy dura. Nos encontramos con situaciones desgarradoras: personas aisladas, familiares sin contacto, personas que mueren solas…”, explica sobre la figura del capellán el sacerdote Marco Antonio Huelga, que ejerce su ministerio en el hospital de Puerto Real desde 2015. Es decir, que ha lidiado a diario con la dura realidad de un hospital y la atención religiosa que requieren los pacientes, y también con la situación sobrevenida por el Covid, que les lleva a situaciones tan peculiares como las que viven actualmente en la UCI, “donde ahora no nos dejan entrar y tenemos que administrar los sacramentos desde el cristal”.

Esta labor del sacerdote, expuesto ahora en primera línea de la epidemia, en el punto cero del virus, que acuden a diario a la boca del lobo, tiene mucho de héroe, aunque ellos se resistan a considerarse como tales. De hecho, tanto Marco Antonio como Miguel Ángel reconocen tener miedo al contagio en la situación actual. “Pero si permito que me supere el miedo, apaga y vámonos. No puedo hacer eso, la gente necesita al capellán, lo pide”, explica Miguel Ángel. “Yo me comparo con los misioneros, que se marchan a destinos donde no saben qué se van a encontrar. Dios es el que forma parte importante de todo esto y nos da fuerzas”, añade Marco Antonio, que reconoce que la responsabilidad de capellán le ha hecho “enfrentarme desde el principio a situaciones no agradables como un quirófano o el depósito de cadáveres”.

Dos son los motivos que llevan a los capellanes a mantenerse firme en su labor en los hospitales: “la misericordia y la fe, que priman por encima de la vida”, como expone Marco Antonio. La fe en un Dios para el que actúan contra viento y marea, exponiéndose a las circunstancias que se presenten; y la misericordia con aquellos que necesitan a Dios en el complicado trance de un ingreso hospitalario. De hecho, tanto Miguel Ángel como Marco Antonio perciben cómo su labor es fundamental en un hospital. “Una vez entré en Nefrología para atender a dos pacientes Covid que lo habían requerido. Y estando allí me llamaron otros seis, que al saber que había allí un sacerdote reclamaban asistencia”, cuenta Miguel Ángel González. “Esta crisis que estamos viviendo ha ayudado también a fortalecer la unión de la gente con el Señor, y eso se nota mucho en el hospital no solo entre los pacientes, sino también en el personal. Está siendo impresionante”, cuenta Marco Antonio sobre su experiencia en Puerto Real.

De hecho, la unión con el personal es uno de los puntos que destacan los capellanes. “Ha aumentado la unión con el personal, ellos te ayudan a poner los Epis, te acompañan, están contigo”, afirma al respecto Marco Antonio coincidiendo con la impresión en el Puerta del Mar de Miguel Ángel, que se confiesa “muy apoyado por los sanitarios”. “Yo creo que las personas que atendemos a los enfermos nos unimos”, añade.

No esconden estos sacerdotes gaditanos lo difícil de gestionar las situaciones que se viven a diario en sus respectivos hospitales, “pero todo se vive desde la sobrenaturalidad y hace que anímicamente se lleve bien”, como explica Marco Antonio, que lo remarca además con una vivencia personal. “Un día había una señora en Paliativos que ya estaba sedada, y la acompañaba una hija que me dijo que tenía una pena enorme porque sus hermanas no podían acompañarla. Ese momento te lo llevas luego encima todo el día, no se te va de la cabeza la cara de esa hija afectada. Y luego vuelves a casa en el coche y vas recordando las situaciones más difíciles… Pero a mí me reconforta poner todo esto en las manos de Dios”, cuenta. La fortaleza de la fe, la dureza del capellán.

“Nosotros somos sacerdotes, pecadores, débiles… Pero esto que hacemos no es nuestro, lo que hacemos es llevar a Jesucristo, así que no valen los miedos ni el mirar por uno mismo, sino que miras por Jesucristo y por las personas que tienes delante”, explica Miguel Ángel, que ha sufrido estos días la pérdida de su compañero José Díaz, también capellán en el Puerta del Mar, y que previamente ya ha tenido que guardar una cuarentena en casa por un contagio masivo en Neurología. Es algo sobrenatural; el mérito no es nuestro, es de Dios”, añade convencido Marco Antonio, que asegura que su labor, la del capellán, la de llevar a Dios también entre goteros y pasillos de hospital “asusta por desconocida, pero es supergratificante”.

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