Bicentenario de las Cortes

Las crónicas de Cádiz

  • Resumen capítulo anterior: Diego de Ustáriz, se entrevista con Don Manuel Sapino uno de los jefes del Estado Mayor en la Isla. Junto al alojamiento, el problema en la ciudad era el del abastecimiento. La preocupación porque no falte comida es evidente y hasta los pinares del Infantado han sido talados para que no falte leña y madera con la que encender los hornos para cocer el pan.

Capítulo 67 Isla de León. 10 de Septiembre de 1810

Desde este lugar donde me han acogido puedo contemplar la bahía, una visión desde un lado de la misma que yo desconocía. Torre Alta es un lugar privilegiado para observar una bahía inmensamente azul y prodigiosa en este próximo fin de verano que presiente la preparación de las Islas para las Cortes. El mar empieza a embravecerse, decidiendo que se debe acabar el verano y los barcos apostados cerca del Lazareto se balancean tenuemente entre las pequeñas olas.

La mañana ha sido productiva y Eguía, junto a Alvear, ha conseguido a través de mi diario conocer algunos aspectos de las zonas ocupadas. Algunos están claros para ellos, sobre todo los que tienen que ver con asuntos militares. Desde el mismo puente de Suazo se aprecian los carros de municiones transitar desde Chiclana a Puerto Real y al contrario, y además no dudo que tengan espías como el mismo fray Damián informando de todo lo necesario para los asuntos de la estrategia militar. Pero el modo de vivir de los presos españoles, las necesidades de los patriotas caídos, la forma de vida de los pueblos ocupados, era una información que querían leer de mis escritos y escuchar de mi boca. El modo de vida trágico de esas poblaciones, su desabastecimiento que no tiene nada que ver con la abundancia de estas Islas. La producción de cereales, legumbres, frutas, hortalizas, buenos vinos, aceite y el ganado, prácticamente han desaparecido de estos lugares donde se ha establecido el sitio. Nada que ver con el continuo trasiego de productos que aparecen expuestos en las tablas del mercado junto a las casas consistoriales. Además, los comentarios que llegaban de Cádiz y que animaban a la población a seguir resistiendo hablaban de esos puestos abastecidos de productos de toda índole, por más que la propaganda de la zona francesa se empecinara en decir que en Cádiz se pasaba hambre. Increíble situación que hacía a los sitiadores vivir en una situación de precariedad peor que la de los sitiados.

Hablé abiertamente de la necesidad de pan, de la falta de sustento diario, no sólo entre los presos, también entre los soldados que robaban en los barracones donde se guardaban los escasos suministros. Nada que ver con el puerto gaditano, donde los productos americanos continúan llegando a diario, cueros argentinos, las maderas brasileñas, los bálsamos y medicinas del Perú, el café y el cacao. Eran las necesidades del otro lado las que interesaban a los generales, hombres que estaban avocados al hambre y a la desesperación y, sobre todo, a entregar lo poco que poseían a los ejércitos, a las tropas instaladas en su suelo. Yo había visto a la gente de Chiclana despojada de todo, a pesar de que en esa población y en la de Puerto Real se habían establecido almacenes de vinagre, carne, pan, cebada, harina, leña y paja, en el propósito de que nunca faltara a las tropas un punto donde aprovisionarse para socorrerlas. No sólo los almacenes, incluso las naves de las iglesias y los claustros de los conventos servían para acumular granos en grandes cantidades en espera de las necesidades de esos ejércitos. Mientras, los niños y las mujeres pasaban hambre deambulando por las calles y cortijos baldíos de la campiña jerezana. Tanta necesidad he visto que, desde Santa Ana, aún a riesgo de sus propias vidas, se aventuraban en esas tierras de nadie entre dos fuegos con la intención de vender de estraperlo.

La creación de un cuerpo de policía, jueces y comisionados para hacerse cargo de los distintos ramos de la alimentación y el avituallamiento, que vigilara los precios y los productos que entraban por el contrabando, intentó remediar la situación. Si un producto existe de estraperlo y es necesario para la supervivencia de una familia no hay madre que no intente hacerse con ello, y estos no quieren consentirlo.

El precio de la carne era tasado por estos hombres a unos precios tan desorbitados que no podían ser consumido más que por los oficiales. Acompañando a fray Damián a decir misa a los polacos compartí con los soldados la menestra, a la que a veces se acompañaba de algo de tocino o vísceras de marranos. Sin embargo no había previsión en la custodia de los productos. Muchas veces fray Damián avisó de la necesidad de guardar las sementeras para las cosechas posteriores y preservar el abastecimiento de los años venideros.

Nosotros, los presos atrapados en el pinar, acampados junto al primer ejército de Víctor y otras fuerzas de paso, requeríamos continuamente grandes cantidades de suministros. Descargamos pan, vino y carne procedentes de los pueblos interiores de la prefectura. Pasaban por nuestras manos camino de otras manos llenas, que vivían cómodamente realojados en las ilustres casas ahora abandonadas por sus verdaderos dueños, huidos o escondidos de estos farsantes. Algunos de nosotros fuimos utilizados para este ramo de la alimentación, prisioneros procedentes de zonas almadraberas que sabían de salazones y de chancas, que se hicieron cargo de llenar barricas de carne o pescado en salmuera para el consumo de otras bocas. Todo en manos de aquella Junta de Subsistencia, donde representantes de Sanlúcar, Jerez, Puerto Real, Chiclana, Medina, Arcos y Morón exigían y exigían con dureza extrema los víveres precisos y los que no lo eran tanto, fruto solo del capricho. El olor al aguardiente quemado, a los embutidos refritos en grasa, nos hacía conscientes de que ellos no pasaban hambre, sus tiendas eran las privilegiadas, las repletas.

Eran inquisidores en investigar las posesiones de los almacenes públicos y privados, de los conventos y las iglesias, siendo temidos por los ciudadanos más que a los mismos ejércitos. Claro que puedo hablar de estos hombres diputados de la Junta, españoles de sangre ensuciada por el temor a la pérdida de la vida o lo que es peor, de sus bienes. Olmedo por Chiclana, Francisco de Rivas por Arcos, Sotelo por Conil, Vejer, hombres con sueldos de hasta ochenta reales diarios que robaban y expoliaban a sus paisanos. Los conocí siguiendo a Fray Damián, que procuraba guarecer en algunas hornacinas y provisiones suficientes para la supervivencia de algunos necesitados.

Nuestra labor a veces fue la de confeccionar listados incapaces de ser leídos por una tropa analfabeta, en los que aparecían cientos de fardos decomisados, bultos de grano, madera y harina que iban siendo amontonados. Una contabilidad hiriente para los que teníamos el estómago vacío. Envenenar las carnes y las harinas para que reventaran pasó más de una vez por nuestras mentes.

Buscar entre las casas y los campos ya marchitos más de cuatrocientas fanegas de trigo a la fuerza, atemorizando a una gente ya expoliada, se convirtió en una tarea odiosa, porque provocaba una competencia y un malestar indescriptible entre los pueblos, generando un clima de violencia y rencor.

He visto a los soldados saquear los ya destruidos campos; permitir el robo por parte de los soldados es una forma de aliviar sus necesidades mientras los oficiales miran para otro lado.

Diego de Uztariz.

Continuará

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