Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
EN el verano de hace veinte años, cuando paseaba su brillantina, sus gafas espejo y sus náuticos por el brillante blanco lepra de yates propios y ajenos, ya lo odiaba. Ya representaba, como diseñado en tiralíneas, todo lo que detesto. No me despertó la más mínima conmiseración ni en el trullo -cuando parecieron echársele encima los miles de años propios de un ángel caído-; ni ahora, cuando trata de explotar su condición de profeta redimido. Hace casi dos décadas que el Gobierno intervino Banesto por un agujero patrimonial de 2.700 millones de euros. Mario Conde -epítome del éxito, Honoris Causa inevitable- fue condenado y enviado a prisión. Cuatro añitos en la cárcel y a correr. Dos décadas después, aquí lo tenemos, cincelando su expresión de experimentado soldado de las Termópilas y aleccionando sobre los horrores de la guerra.
Mario Conde es tertuliano en Intereconomía, columnista en La Gaceta -es bonito pensar que el discurso que más detesto pueda llegar a autodestruirse en una especie de apoteósica implosión. Demasiado bonito-. Hasta Jotdown lo entrevista, cual luminaria de occidente: "Cuando veo la vocación de súbdito que tienen los españoles, me asusto", reza el titular de la revista.
"Cuando veo a Mario Conde, redivivo como un zombie -pienso sin poderlo evitar, en eco-, yo también me asusto".
La luminaria caída y encontrado reitera, en efecto, que "nos hemos gastado el dinero que no hemos ganado". Podría haber sido un plural mayestático pero no, no lo es. Conde se refiere, en efecto, a esa pandilla de mileuristas irresponsables y descocados que nos hemos metido en hipotecas a treinta años y hemos tenido la desfachatez de regalarnos por Navidad Y por Reyes. Y que hemos crujido la tarjeta en las Rebajas. Y que hemos reservado una semana de vacaciones abroad.
No como él, nuestro oráculo, ejemplo de cuaresmal mesura.
Una generación. Purga más o menos simbólica. Y listo. Esa es la razón por la que banqueros y políticos respiran tranquilos.
Debe ser que, además de gotas de sangre jacobina -y de ácido venenoso-, tengo litros de sangre elefantina. Y un elefante jamás olvida, que dirían en El libro de la selva.
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