¿El agua desembalsada es agua desperdiciada?
Los investigadores coinciden en la importancia de las crecidas para el hombre y su entorno natural
Las avenidas dan nutriente al campo, al río y al estuario donde se ceban los peces
El volumen del Guadalquivir es ya menor que la capacidad de sus embalses
Las presas que evitaron una tragedia aún mayor por las borrascas en Andalucía
Nueve borrascas, nueve, han atravesado Andalucía en los dos primeros meses del año. La marca es inusual. La región registra casi el doble de agua de lo habitual para la fecha y los embalses, frente a tanto aguacero, han ido desaguando, cumpliendo una de las funciones para las que se construyen, el control de los caudales fluviales. Hay voces que aprovechan la circunstancia para recurrir a una periódica reclamación: son necesarias más presas para evitar que el agua se “tire” al mar, empleando tirar con el sentido de desperdiciar. Frente a esa “simplista” afirmación, los ingenieros y los geólogos cuestionan la proliferación de las presas y destacan los beneficios que reportan a la naturaleza y la economía los desembalses y las crecidas de los ríos.
¿Se despilfarra el agua de los ríos que desemboca al mar? El “no” categórico que responde Manuel Olías, catedrático de Hidrología Superficial e Hidrogeología de la Universidad de Huelva, es extrapolable al “consenso” de la comunidad científica acerca del relevante papel de las crecidas en la salud de los ríos y de los animales que viven en ellos, en la armonía de las zonas costeras y de los seres que las habitan y porque, en respuesta a esos sectores que demandan la construcción de presas, “los ríos de las cuencas andaluzas ya están muy regulados”, o sea, que hay ya muchas presas que los controlan. Y si el objetivo es mitigar los ocasionales daños de las inundaciones, la normativa en vigor, añade Olías, “aboga por medidas basadas en la naturaleza que no tengan consecuencias negativas sobre el medio ambiente”.
El agua del río desemboca en el mar, que se evapora para formar las nubes y que, lluvia mediante, vuelve a los ríos. La lección se enseña en el colegio. La naturaleza se asemeja a un animal, que bebe y excreta y que si bebe mucho excreta más. La intervención de los embalses en los cursos fluviales tienen el efecto de las piedras en el riñón: un exceso dificulta la micción y una exageración pone en riesgo la vida. La intervención en el ciclo del agua, sea para el abastecimiento humano, el riego, la producción eléctrica o el control de las avenidas, ha de acometerse con juicio. La prudencia, sin embargo, ha sido contraria al enfoque históricamente dominante en España, donde el agua se ha considerado un recurso meramente económico, como señala el ingeniero de Montes Fernando Magdaleno en el artículo: ¿Debe el agua de los ríos llegar al mar?, publicado por la Fundación Alternativas.
El agua que circula por su cauce y su área de influencia, y así sucede cuando hay desembalses, conduce material fino y restos orgánicos que fertilizan las riberas y las llanuras aluviales; un beneficio para el campo. También procura la diseminación de semillas y esporas, enriqueciendo la verdura ribereña y mejorando la calidad del agua y de sus moradores. La limpieza que provoca las avenidas facilita el desove y proporciona un cobijo para los alevines de los futuros pescados. Y los nutrientes arrastrados son el maná con el que se ceban las poblaciones de peces de los ricos estuarios; un beneficio para la pesca.
Aparte del provecho natural y económico, el aporte de los sedimentos que acompañan al caudal fluvial resulta determinante para frenar la erosión del paisaje. El material fino depositado en las playas mitiga la acelerada degradación que padece el litoral andaluz. Hay casos flagrantes, como el agravado proceso erosivo de la costa onubense a consecuencia de la construcción del embalse de Alqueva en el Guadiana, un proceso que ha estudiado al detalle el catedrático del Área de Estratigrafía de la Universidad de Huelva Juan Antonio Morales.
Sobre si los embalses de España son pocos o muchos y sobre si se necesitan más, valgan los datos de la Comisión Internacional de Grandes Presas. España es el quinto país del mundo con un mayor número, sólo por detrás de China, Estados Unidos, India y Japón, territorios notablemente más vastos. Además, la alta regulación de los ríos es acusada en la cuenca del Guadalquivir, cuyos embalses tienen una capacidad de almacenamiento más elevada que la del agua que puede transportar el río grande, según indica la Confederación del Guadalquivir. Este organismo publicó un informe en enero que informa de que el 66% de sus aguas superficiales están en un estado “peor que bueno”. Y las numerosas presas que la recorren es una de las causas.
Las pérdidas de los pantanos menos eficientes
Nadie pone en duda la utilidad de los embalses para abastecer a las poblaciones, regar los cultivos, generar energía hidroeléctrica y regular los cauces en las regiones semiáridas como Andalucía o el Levante, donde las precipitaciones siguen patrones intermitentes y torrenciales. El almacenamiento del agua en los grandes embalses, sin embargo, contiene un grado de evaporación en las zonas que registran altas temperaturas, como la andaluza, que ponen en cuestión su función, ya que en algunos casos la pérdida es más elevada que si no se hubieran construido la presa. La evaporación sustrae como media el 8% del volumen que entra en los embalses andaluces, llegando a ser del 50% en los pantanos “menos eficientes”. Éste es el cálculo que ha estimado un equipo de investigadores de la Universidad de Cádiz encabezado por Santiago García López y que se publicó en abril del pasado año en la Journal of Hidrology. Tras analizar el fenómeno de evaporación de 76 grandes embalses andaluces, los investigadores, que recomiendan un cuidado diseño de la infraestructura antes de la construcción, concluyeron que el volumen promedio que se evapora en Andalucía es de 547 hectómetros cúbicos al año, es decir, más de lo que consumen en un año los ocho millones y medio de andaluces.
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