Adamuz, la fatalidad y su apellido
Este tranquilo pueblo olivarero estará ya siempre ligado al accidente que llevará su nombre, como antes pasó con Angrois o El Cuervo
Estas son las vidas truncadas por la tragedia
Diez millones de personas pasan al año a 220 kilómetros por hora por Adamuz sin saber que existe Adamuz, es un lugar invisible para el pasajero. Hoy ya saben lo que es: el municipio donde se ha producido la mayor catástrofe de la en su día prestigiosa alta velocidad española. Adamuz, un pueblo de olivos y almazaras con 4.100 almas, se reivindica con un cartel a la entrada del pueblo en el que se lee “los cielos de Sierra Morena”, garantizando que en ningún otro lugar se ven las estrellas como se ven aquí. Un paisano me dice que “somos un pueblo de cantaores de flamenco, los mejores. En mi misma calle nacieron tres, todos con muchos premios porque aquí no sé por qué hay mucho arte, pero -se lamenta- ahora esto nos va a dejar una secuela…”
‘Esto’ es el trajín de unidades de la guardia civil subiendo y bajando una cuesta que conduce al lugar del siniestro, situado a cuatro kilómetros, donde el pasado martes la maquinaria pesada se enfrentaba a la titánica labor de retirar los dos trenes que en un desdichado encontronazo se llevaron 45 vidas. Los adamuceños conocen bien el lugar, muchos de ellos han trabajado en la construcción de ese tramo de vía. No muy lejos de allí se encuentra uno de los símbolos de Adamuz, la ‘piedra de los muertos’, un trozo de granito rectangular que antiguamente estaba situado a medio camino entre la parroquia y el cementerio. Sobre esa piedra descansaban los que se encargaban de trasladar al finado antes de llevarlo a su última morada. Bernabé Galán, un médico nacido en Adamuz que es una celebridad local, escribía que “en Adamuz se tomaba con tranquilidad el tema de la muerte. El moribundo se sentía respaldado por una herencia cultural mortuoria, sabía que su familia tendría el apoyo de su pueblo”.
La noche del pasado domingo Adamuz tuvo que mirar a los ojos a la muerte en su versión más salvaje y el nombre del pueblo quedará asociado a ella como Angrois o El Cuervo, los enclaves de las mayores tragedias ferroviarias que aún están vivas en la memoria. En El Cuervo, el último pueblo de la provincia de Sevilla antes de adentrarse en la de Cádiz, se produjo hace 54 años un accidente que, con todas sus diferencias, recuerdan al de Adamuz. Las imágenes de los hierros retorcidos, los testimonios de los supervivientes y las narraciones heroicas de la reacción de los habitantes del pueblo volcándose en las tareas de rescate son muy similares.
La huella de El Cuervo
Allí, el 21 de julio de 1972 a las siete y media de la mañana el expreso de Madrid arrolló el ferrobús que venía de Cádiz dejando 86 muertos. De la fragilidad de aquel ferrobús, poco más que chapa y lata, da cuenta el apodo con el que se le conocía, ‘la cochinita’. Aún hoy sigue siendo un misterio el motivo por el que el maquinista del ferrobús no se detuvo en el apeadero de El Cuervo como hacía todas las mañanas para dejar pasar al expreso. Pero lo que sí nos ofrece su recuerdo es la huella que deja en los que sufrieron, en mayor o menor medida, aquella desgracia.
El documental El llanto de El Cuervo, realizado por la Diputación de Cádiz con motivo del 50 aniversario de la tragedia, recoge las palabras de Diego Cortés, que viajaba en el expreso y por entonces tenía doce años. Se le saltan las lágrimas al recordar “el humo, las manos pidiendo auxilio, camisas blancas manchadas de sangre, aquel extraño olor…” Su recuerdo es nítido. Jamás, en todos estos años, ha vuelto a montar en tren. El urbanista Manuel Ángel González Fustegueras perdió a su hermana en aquel accidente. Él tendría que haber tomado ese ferrobús, pero se quedó dormido. Fustegueras no es especialmente creyente, pero recuerda cómo a la misma hora del accidente su madre lo despertó, convencida de que “a la niña le ha pasado algo". Toma aliento y continúa: "Después de aquello mi madre se enterró en vida, durante años no pudimos tocar el armario de mi hermana. Ese día entró la tristeza en mi casa y mi madre se vistió de un luto riguroso, pero riguroso, con velo, medias, todo negro… se convirtió en una persona muy religiosa, acudía todos los días a misa y lo que más hacía era llorar, llorar, llorar...” Por su parte, Juan Antonio Cárdenas, un vecino de El Cuervo que acudió, como Julio, el joven héroe de 16 años de Adamuz, a sacar cuerpos atrapados en los vagones, tiene aún sueños en los que es él el que está dentro del tren e intenta agarrar las manos que tratan de sacarle porque ahora es él el atrapado. Atrapado por su memoria.
Por entonces no existía comunicación entre la estación de control y el tren, por eso cuando el ferrobús continuó su trayecto sin detenerse ya se sabía que era irremediable que el choque se produciría. Tras el accidente se establecieron nuevos controles de seguridad, se instaló la comunicación tren-tierra y, según iba avanzando la tecnología, parecía llegado un punto en que nunca algo parecido podría ocurrir, que dos trenes chocasen. Y si no sucedió fue porque la probabilidad de un descarrilamiento era remota. Pero había señales. En 2016 se produjeron tres descarrilamientos en toda la red ferroviaria española; el pasado año hubo 23. Que, además, un descarrilamiento en 2016 coincidiera con el paso de otro tren era infinitesimal con una circulación de doce trenes al día entre Madrid y Andalucía. Ahora, con la liberalización del servicio, lo hacen 36. El número de pasajeros que pasan por Adamuz, porque todos los trenes entre Madrid y Andalucía pasan por Adamuz, se ha incrementado en un solo año en un 23%. Por eso la fatalidad de que sólo 9 segundos después de un descarrilamiento viniera un tren de frente seguía siendo absurdamente pequeña, pero ya no infinitesimal.
En el centro cívico de Córdoba en el que los familiares estuvieron esperando malas noticias durante más de tres días seguro que se han hecho esos cálculos porque es imposible no hacerlos. Es imposible no pensar en qué acumulación de mala suerte se tiene que dar para que se produzca un hecho tan improbable. En las primeras horas se estableció un cordón, junto a la plaza de toros, para acotar a la prensa y que los familiares que no quisieran hablar no fueran molestados. Al principio eran muchos los que desahogaban su angustia, pero, según pasaban las horas, ya muy pocos pasaban por el recinto de prensa. Se les veía desde el otro lado de la cinta agotados, con la mirada perdida, asumiendo lo inevitable, con el único deseo de poder llevarse los cuerpos de sus seres queridos y regresar a casa a iniciar el duelo que les iban dibujando los quince psicólogos de la Junta destacados para atenderlos.
El único consuelo, si se puede llamar así, es que lo sucedido no sucedió para la mayor parte de las víctimas. Un estruendo y la nada. Horas después la zona cero es una exposición dispersa de objetos de la vida detenida. El pasado año murieron en las carreteras españolas 1.119 personas, una inmensidad en comparación con las víctimas no ya de este accidente, sino de todos los accidentes ferroviarios en Europa durante lo que llevamos de siglo. Algunos de esos accidentes apenas se despacharon con una pocas líneas en los medios de comunicación o sólo fueron mencionados en la prensa local. Pero, a diferencia de ellos, un accidente de tren nos habla de nuestra inesperada vulnerabilidad. Un tren es un espacio seguro en el que se depende de factores ajenos que das por hechos: que el tren esté en condiciones, que el maquinista maneje la máquina, que la infraestructura esté convenientemente revisada... Todos hemos viajado en tren, hemos paseado por sus pasillos viendo a los pasajeros pasar el rato con los objetos que ahora están desparramados alrededor de las vías -ordenadores, tablets, teléfonos, libros, reposacabezas, decenas de maletas y mochilas...- y entonces no puedes evitar recrear a los que ya no están haciendo esas mismas rutinas antes del impacto. Es el ‘podía haber sido cualquiera’, ‘podía haber sido yo’, la casualidad de que a unos le corresponde por el azar viajar atrás en el vagón 6 de Iryo y a otros, por la misma casualidad, en el vagón delantero 1 de Alvia. O que quizá te has acercado al bar aunque no lo tenías pensado sólo para acompañar a los dos amigos que viajan contigo. El infortunio jugando a los dados.
Adamuz y los Reyes
El martes pasado en el bar Casa Pepe que todos los pueblos tienen un grupo de inmigrantes, trabajadores del olivar, desayunaba ajeno al ajetreo que se vivía en el pueblo por la visita de los Reyes. En su interior unos pocos parroquianos tenían la mirada fija en un programa de Canal Sur que iba desgranando titulares de la prensa de Madrid que ofrecían una amplia variedad de causas del suceso en un momento en el que los investigadores no habían ni terminado aún de recopilar todo el material, si bien todo se centraba en esa grieta de 30 centímetros en la vía que la máquina exploradora que cada noche revisa el trazado no había detectado. Uno hablaba de la relación de las empresas que habían realizado la remodelación del tramo ferroviario con Koldo García, otro hablaba de que toda esa obra de 700 millones de euros se había hecho con presupuestos ‘low cost’ y otro más apuntaba a que las grapas de los raíles eran de baja calidad… Nada de esto generaba debate en Casa Pepe, quizá por esa relación de serena inevitabilidad que el doctor Galán trazaba entre Adamuz y la muerte.
Fuera, bajando por la calle San Sebastián que conduce a la asociación vecinal que aquí se conoce como la caseta municipal y donde la madrugada del domingo se acogió a los pasajeros que salieron ilesos, un buen número de personas camina hacia el lugar donde decenas de cámaras de televisión con algunos de sus presentadores estrella aguardan al Rey. Esperan recibir la gratitud del monarca por su comportamiento ejemplar en esa madrugada lúgubre ya para siempre ligada a la historia del pueblo. Tres vecinas descienden con sus andadores y una de ellas muestra a sus dos amigas su preocupación por el destino de las mantas entregadas a la Cruz Roja, “que eran nuevas y que no es por las mantas sino que fíjate si pasa otra vez y no tenemos mantas”, mientras que otros dos hombres que van detrás comentan las últimas horas en las que han tenido que ir sorteando las alcachofas de los reporteros.
Ya en el improvisado plató, los periodistas abordan a los vecinos, casi todos ellos gente mayor que no pudo estar en las tareas de rescate, que fue cosa de los jóvenes, y que hacen fila como esperando a una comitiva en el otro lado de la acera. Los testimonios no tienen mucha relevancia. La mayor parte habla de lo orgullosos que están del comportamiento del pueblo y del ejemplo que han dado de solidaridad, si bien la experiencia nos cuenta que la solidaridad, al menos en este país, es una reacción instintiva ante la catástrofe. El párroco, Rafael Prados, narra cómo los jóvenes que estaban pescando en el cercano pantano fueron los primeros en llegar al lugar del siniestro y también los primeros en entrar en el vagón más dañado de Iryo, donde se encontraron con muertos y heridos que suplicaban socorro. “No se lo pensaron. No pensaron en las consecuencias. Instintivamente empezaron a sacar a esa gente. Si esas personas no hubieran muerto por las heridas, seguramente habrían muerto de hipotermia si la ayuda hubiera tardado más tiempo en llegar. Ellos les salvaron la vida”.
El hecho que más conmueve entre los vecinos es el de la niña de seis años, la única superviviente de una familia que había acudido a ver al Real Madrid ese fin de semana. La niña, sola, caminando entre las vías en la oscuridad. Alguien dice a los reporteros que su sobrino fue quien la recogió. “¿Y tiene el teléfono de su sobrino, está por aquí?” “No, él no quiere hablar”, se disculpa el tío y uno se figura al sobrino como aquel rescatador de El Cuervo soñando el resto de su vida con esa niña en la oscuridad.
La mañana pasa y el Rey no llega. No va a venir. Se ha marchado de la zona cero, donde ha conversado largamente con los voluntarios adamuceños que ayudaron en las primeras horas, directamente a Córdoba. La decepción se refleja en las caras mientras los de la tele recogen sus aparatos. “Pues yo creo -dice una anciana- que, con todo lo que hemos hecho, el Rey no se ha portado bien con el pueblo”, el pueblo que ya no será conocido por ser el lugar donde mejor se ven las estrellas de Sierra Morena.
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