Crítica de Teatro

Ellas y Fuente ovejuna

Las mujeres de El Vacie, en un momento de la representación del clásico. Las mujeres de El Vacie, en un momento de la representación del clásico.

Las mujeres de El Vacie, en un momento de la representación del clásico. / jesús marín

La fuerza, la naturalidad y las ganas de comerse el mundo de las mujeres del asentamiento chabolista sevillano de El Vacie irrumpieron sobre las tablas del Teatro Falla en la noche de la inauguración de la 32 edición del Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz. Ellas son la prueba irrefutable de la capacidad del teatro para construir esperanza, para convertir la exclusión en creatividad y alegría. Con La casa de Bernarda Alba se hicieron presentes en la escena española; con Fuenteovejuna, clásico entre los clásicos de Lope de Vega, apuntan hacia el futuro con ilusión renovada.

Pepa Gamboa las dirige una vez más. Lo hace con tiento, con respeto y audacia. En esta ocasión les propone a estas mujeres luchadoras ser pueblo irredento y salvaje, las invita a sostener con sus voces, sus bailes y sus canciones la fábula suprema sobre el poder y la injusticia, sobre la violencia y la locura. Nada de esto les es ajeno, por eso no necesitan apuntar alto con su interpretación. Son ellas mismas, deliberadamente potenciadas en sus movimientos, sus ademanes y su particular forma de hablar.

Al verlas sobre el escenario no nos cabe duda de su destreza para transmitir, desde el humor y la alegría, la eterna lucha de los que menos tienen. La mujer sobre todos ellos, doblemente excluida y marginada. Triplemente excluida y marginada la gitana. Su valentía para enfrentarse al público con apabullante naturalidad cobra forma en el brillante espacio escénico diseñado por Antonio Marín.

Cabe preguntarnos sin embargo: ¿son ellas Fuenteovejuna? ¿Lo es el único actor sobre la escena? A él le corresponde desgranar los lúcidos destellos de la obra de Lope, a ellas menos, casi nada. Se opta por perpetuar el tópico sobre su etnia -que no es malo ni bueno, solo tópico-. Cantan, bailan, se quejan graciosamente sobre sus maridos y venden los restos del terrible comendador, "a un euro, chiquilla", en el mercadillo ambulante de turno. Se les podía haber pedido más, ellas son capaces de más, sin duda alguna.

Antonio Álamo es responsable de la dramaturgia. Tiene ante sí el tremendo reto de condensar el clásico en sesenta minutos. Prefiere andarse por las ramas. Esquematiza el drama. Opta por no perfilar los personajes. Elige reminiscencias portuguesas escasamente sustentadas. Es una apuesta arriesgada. Llamarla Fuenteovejuna es un riesgo.

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