Crítica de Teatro

Bernarda de Puerto Pobre

Un momento de la representación de 'Hij@s de Bernarda'. Un momento de la representación de 'Hij@s de Bernarda'.

Un momento de la representación de 'Hij@s de Bernarda'. / jesús marín

A veces sucede. Todo confluye para que sea posible ese momento especial. Casi siempre, de la manera más inesperada. El pasado sábado en la puerta de la Central Lechera. El público espera paciente en la calle que abran las puertas de la sala para ver la representación de Hij@s de la Bernarda, de la compañía Tojunto de Puerto Rico, y hay retraso. El grupo ha tenido poco tiempo para ensayar el espectáculo que está a punto de representar y tienen algunos problemas técnicos que están intentando solucionar contrarreloj. Ha pasado otras veces, ha habido más retrasos, esperas interminables haciendo cola a la puerta de la sala, el público ya indignado. Pero esta vez es diferente: la compañía se pone en el lugar del que espera, empatiza con el espectador impaciente y decide salir a la calle y ofrecer al respetable unas cuantas canciones como "prologuillo". Hay también emotivas palabras de la directora y autora, una emocionada Rosa Luisa Márquez que relata la situación de su país; y siguen cantando hasta que se abren las puertas y el público entra en la sala convertida en la casa de Bernarda Alba, en la casa de todos por unas horas.

Comienza la representación y continúa la emoción. Música en directo apasionadamente ejecutada, danza aguerrida y palabra sentida. La propuesta quiere ser un homenaje a Federico García Lorca, un homenaje hecho desde el respeto, pero también desde la ironía, desacralizado el mito de la España profunda, no por ello menos profunda y atormentada. Márquez nos invita a conocer a las hijas (una de ellas interpretada por un bailarín) de Bernarda, nos propone asomarnos a la intimidad de su cerco, pero también nos invita a imaginar cómo sería su vida antes del terrible encierro. Flamenco, canciones tradicionales, poesía y música van construyendo una historia que se expresa a través de la danza y de fragmentos del drama lorquiano bien escogidos. Crecen las ramas de la palabra escueta y profunda a través de las evoluciones de los bailarines, encuentra su contrapunto en la música.

Bien medidos los tiempos, preciso el ritmo, aliviada la intensidad del drama con interludios jocosos, la representación avanza hacia el final previsto: nueva muerte, nuevo encierro. El ciclo se completa y el público aplaude con ganas, no se marcha del todo: la casa permanece abierta un poco más para entretener la soledad de las hij@s de Bernarda.

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