de poco un todo

Educación vital

Enrique García-Máiquez | Actualizado 07.03.2010 - 01:00
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EL suicidio ha superado a los accidentes de tráfico como causa de muerte no natural. (Descontando el aborto voluntario, por supuesto, que no cuenta para casi nadie.) Leyendo cómo han dado la noticia, se detectaba, entre líneas, un desconcierto vergonzante. El consuelo ha sido insistir en que el número bruto de suicidios no aumentó tanto, no, sólo bajó el de accidentes.

Cuidado con los números brutos: detrás hay personas. Si más de tres mil muertes al año en las carreteras nos escandalizan y han producido una movilización social y legislativa sin precedentes, las más de tres mil muertes por suicidio tendrían que producir más que miradas a otro lado. Se ha hablado mucho del tupido velo de silencio con que conviene cubrirlo para evitar el mimetismo. Aunque viendo como se ha enfocado el triste récord, más que a una estrategia mediática, parece responder a un vacío de fondo: a no tener nada que decir.

Y hay mucho que decir. Hemos de demandar un esfuerzo análogo al que se hace en educación vial. Porque, ¿cuánto se habla, y dónde, y cómo, y quién, de educación vital, esto es, de preparación para conducirnos por la existencia, que tiene sus curvas, sus cuestas, sus posibles pinchazos, sus atascos y sus riesgos de accidente? La enseñanza se ha convertido (en el mejor de los casos) en una preparación técnica para el trabajo. La formación humanística brilla por su ausencia. Y el humanismo es el código de circulación de la vida.

Y hay que preguntarse por el signo de la cultura imperante. Se la ha calificado de "cultura de la muerte"; por desgracia, con razón. La violencia en los entretenimientos y en el arte, incluso, presupone un desprecio brutal a la maravilla de vivir, por no hablar del corrosivo cinismo relativista que lo impregna todo. El derecho al aborto es sintomático. Si alguien puede eliminar a un tercero o porque no le conviene o por una deficiencia física o psíquica o porque es mujer (terrible portada de The Economist, denunciando un generocidio de más de un millón de niñas en el mundo), si eso se puede, ¿no habrá un derecho mayor a quitarse uno a sí mismo de en medio? "Sobre mi cuerpo decido yo" es una mentira de las gordas de las abortistas. Para los suicidas ese eslogan, al menos, es verdad.

La eutanasia es el último grito. Hay problemas que se merecen, por lo visto, una muerte aplaudida y televisada. Pero el suicida también se siente con el agua al cuello, tan mar adentro, digamos, como el que más. El derecho a la muerte, si existe, es para todos. Al final la sociedad se calla como una sepultura blanqueada, porque ¿qué podría decir ella, que sin querer (o sin querer verlo) está haciéndole la cobertura moral al suicidio?

Hemos dedicado ya demasiados minutos de silencio. Haber bajado el número de víctimas de la carretera nos llena de alegría. Ahora hay que poner freno al suicidio. Toca clamar por una cultura de la vida.
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