Su propio afán
Shabby chic
Parece erróneo suponer que los científicos y tecnólogos puedan apartarse del debate ético actual que provocan algunos de los avances técnicos modernos aplicados con intereses económicos, esto es, sociales. La Sociedad debe disponer hoy de la necesaria guía ética que demandan los desarrollos científicos y técnicos.
Bajo esta guía ética deben estudiarse científicamente, por ejemplo, los problemas ecológicos derivados de la actividad humana, bajo una ingeniería ambiental regida por su correspondiente auditoria.
Habría también que concienciar a las gentes acerca de los beneficios constantes y visibles que proporciona la Tecnología. Se consumen sus beneficios sin alabarlos y, al mismo tiempo, ingratamente, se busca cualquier inevitable dependencia para escarnecerla y hacerla sospechosa de todos los males. Se buscan escándalos hasta en nimios detalles, amplificados luego. Por ejemplo, que en alimentos cocinados a altas temperaturas, los asados y los fritos entre ellos, se originan productos de posibles funestas consecuencias cancerígenas, como la acrilamida de las patatas fritas y de las carnes en barbacoas.
En este sentido, la "química", así despectivamente considerada, sufre fuertes embates. Esta imprescindible rama del saber debería hacer constar el papel benefactor primordial que ejerce en nuestra actual confortable civilización, porque la "química", inmersa en toda actividad humana, es un ejemplo de lo que la Ciencia hace en beneficio de un mundo mejor. Y eso hay que decirlo y hay quien recomienda que decirlo con pasión. Además, la industria, en su totalidad, tiene dos grandes mensajes que enviar a la Sociedad: su decisiva participación positiva en el crecimiento y en el sostenimiento de la población, y el muy relativamente reducido impacto que, hasta ahora, ha ocasionado para ello.
Sobre la Ciencia en general y la Tecnología en particular, aparece una prensa contradictoria en lo que a su divulgación se refiere. Por una parte es una participación envidiada, como se reconoce en la aceptación del término para disciplinas que poco tienen que ver con lo que es la ciencia convencionalmente definida. Por otra, se dice que la consecuencia de la ciencia, la Tecnología, nos lleva a consecuencias funestas para la Humanidad, según se predica y advierte con demasiada frecuencia.
En el equilibrio biogeoquímico de nuestro Planeta, la parte sólida de la Tierra protagoniza la actividad más directa y más creativa. La atmósfera, a su vez, es el gran receptor directo, testigo mudo, connivente con el mar. Y los océanos, que son como la gran conciencia telúrica que asume los riesgos, equilibra los defectos y lucha siempre por sostener el liderazgo que acopió en los primeros tiempos al aceptar el protagonismo de ser cuna de la protomateria viviente. Ésta nació de la conjunción y reacciones en el mar, como es bien conocido, de una serie de materias primas -agua, hidrógeno, amoniaco, metano, vitaminas, etc.-, más la energía necesaria para la destrucción y recombinación de sus componentes moleculares.
Dentro del debate ético actual, referido especialmente a la relación del Hombre con su entorno terrestre, se olvidan otros aspectos, puede que de incalculables efectos futuros. Tal es el respeto que extensivamente debemos no solo a la pequeña porción que no rodea, nuestra por excelencia, la Tierra, sino que en un contexto más amplio también debemos tener respeto por esa expansión más lejana que estamos conquistando ahora, que forma parte de nuestra porción más cercana del Universo. Los experimentos espaciales deben respetarla. Nos quejamos de la contaminación terrestre, y nos despreocupamos de la contaminación que podamos estar produciendo en las áreas espaciales que investigamos y queremos colonizar, contaminación que lleva consigo una gran responsabilidad. La ecoética no puede ser solo terrestremente doméstica en estos tiempos tan universalistas.
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