Manual de disidencia
Ignacio Martínez
Tinta y contexto del golpe
La tinta más pobre de color vale más que la mejor memoria, dice un proverbio chino. El Gobierno ha desclasificado papeles y grabaciones del momento más crítico de la democracia española. Un golpe de estado militar sobre el que hubo durante 45 años mitos, ocultación y bulos. Tiempo para construir o esconder pruebas sobre trama civil, implicación de servicios secretos, papel del Rey en la génesis o complicidad del Ejército. Aunque tarde, bien está que se levante el secreto de la asonada del 23 de febrero de 1981, que puso en riesgo la Constitución dos años después de aprobarse.
El material desclasificado deja bien a Juan Carlos I, demuestra que en la subversión estaba más gente que la treintena de procesados y hubo intentonas posteriores. Un papel de un militar implicado en el golpe abortado en octubre de 1982 decía que “el gran error del 23F fue dejar al Borbón libre”. Javier Cercas, autor del ensayo Anatomía de un instante, ha comentado que el Rey cometió errores antes del golpe, como querer echar a Suárez, tolerar la idea de un Gobierno de concentración presidido por un militar o permitir que el general Armada se postulara. “Esos errores facilitaron el golpe, pero el Rey no lo montó: lo paró”. El bulo de que participó en el golpe “lo montó la ultraderecha y ahora lo difunden la ultraizquierda y los secesionistas”.
Añadamos tres cuestiones de contexto. Un precedente: Oscar Alzaga cuenta en sus memorias que Martín Villa, ministro del Interior de Suárez, ordenó en diciembre de 1977 que se destruyesen todos los archivos de la Brigada Social y la Guardia Civil en la persecución de políticos y sindicalistas durante la dictadura. Un desencadenante: los tres años anteriores al golpe, el que se aprobó la Constitución y los dos siguientes, fueron los más sanguinarios de ETA, con 244 asesinatos, entre la tercera y la cuarta parte de los crímenes de la banda. Y un indicador: cuando se produjo el golpe, para el secretario de Estado del presidente norteamericano Reagan era un asunto interno español. Para la primera ministra británica Margaret Thatcher, por el contrario, fue un acto terrorista intolerable. No es color, sino memoria adicional útil en los tiempos que corren.
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