Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Peligroso reverso
El Gobierno cree haber encontrado en el “no a la guerra” un terreno político capaz de reactivar a la izquierda y recuperar parte del voto perdido. Aunque sea una impostura –es más un “no a la tregua”–, Sánchez ha logrado que su antagonismo hacia Trump y Netanyahu sea seguido, con matices, por otros líderes europeos. Pero ese movimiento, aparentemente cómodo, tiene un reverso peligroso que asoma en cuanto se observa la economía con un mínimo de frialdad.
La guerra de Irán no es un episodio distante ni un conflicto manejable desde la retórica. Cada día que se prolonga tensiona el comercio global, añade incertidumbre al precio del petróleo y altera las previsiones que habían permitido al Gobierno sostener la idea de que “España va como un cohete”. Ese relato ya chocaba con la realidad material de la mayoría social: por más que la inflación hubiese remitido –sin una bajada real de los precios y sin deflactar el IRPF para corregirla–, llegar a fin de mes sigue siendo una odisea para millones de contribuyentes. Y ahora el discurso se desmorona, porque basta un repunte serio de la energía para que el andamiaje vuelva a temblar.
La economía española continúa muy expuesta al coste de la energía: cualquier encarecimiento sostenido terminaría filtrándose en la cadena de precios. Y con ello en la percepción social de que la vida vuelve a encarecerse, de que cada nómina se estira menos y de que los sacrificios acumulados no han servido para blindar nada. No es sólo que el acceso a la vivienda sea inasumible: es que puede que ya no alcance para pagar la luz o el supermercado. Esa erosión diaria destruye cualquier relato, porque las políticas sociales pierden credibilidad cuando el bolsillo se convierte en un territorio de ansiedad permanente.
A ese frente económico se suma la debilidad política y parlamentaria. El Gobierno depende de alianzas frágiles que se resienten con cada votación. En ese contexto, la inflación es especialmente letal: erosiona la credibilidad, convierte los relatos en papel mojado y desplaza el debate hacia el terreno más ingrato, el del malestar cotidiano. Las guerras pueden movilizar emocionalmente a un electorado, pero no pagan el recibo de la luz ni abaratan el carrito de la compra.
Por eso el “no a la guerra” es también un arma de doble filo. Si la contienda se alarga y la economía se resiente mucho, la iniciativa política del Gobierno corre el riesgo de volverse contra él, porque el responsable en España es el propio Gobierno, no Trump. Movilice o no a la izquierda, hay un principio que nunca falla: el bolsillo sigue siendo el mejor agente electoral.
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