Monticello
Víctor J. Vázquez
Nobleza obliga
No agració Dios al presidente Trump con dones como el tacto, la elegancia o la mesura; ni tampoco parece que le educaran con la exquisitez del aristócrata o la urbanidad del diplomático. Sin duda atesora otras cualidades y aptitudes que formaron su espíritu y son la base de su actitud ante la vida. Las mismas que sus votantes valoraron al elegirle para ocupar la Casa Blanca. Quizás por ello, por su carácter y por lo que demuestran sus palabras, obras y omisiones ante y frente al resto de la Humanidad, su visión del mundo y por ende, de la política internacional es más propia de la moral de frontera de los western en los que se desenfunda el colt antes de que el adversario pestañee que de la Escuela Diplomática Vaticana. Podríamos decir que más que al gran Eustace Chapuis, embajador de Carlos V ante la Corte de Saint James que supo vadear los múltiples conflictos surgidos durante los años del reinado de Enrique VIII y cuidó siempre de la reina Catalina con mano firme enguantada en la más fina seda, Mr. Trump recuerda a don Pedro de Toledo, embajador extraordinario de Felipe III ante Enrique IV de Francia que cumplimentó al monarca vecino diciéndole “más me gustaría venir al frente de un ejército”.
El presidente Trump jamás ocupó un cargo público antes de acceder al Despacho Oval. No hay otro caso parecido. Ni siquiera los generales Taylor, Eisenhower o Grant que sin ser políticos, sabían moverse en ese mundo que no les fue ajeno. Por eso, al presidente actual hay que leerlo en su propio idioma: el del agresivo empresario inmobiliario acostumbrado a negociar desde una aparente postura de fuerza que no siempre es real y que muchas veces no pasa de ser un farol cuya eficacia depende de la actitud de la contraparte. Su carácter se ha forjado ofreciendo ultimátums que nunca se cumplen; convirtiendo en imprescindible lo que ayer era inútil o en socio a quien hace nada era competidor y viceversa. Y no va a salir de ese espacio que domina para adentrarse en el proceloso mar de las obligaciones jurídicas del derecho internacional que desconoce tanto como parece que su propio sistema constitucional. Ante quien plantea una negociación como un juego del gallina donde quien se asusta y se aparta pierde, no hay más posibilidad de triunfo que mantenerle el tipo. De nada servirá apaciguarlo porque como dijo Churchill el apaciguador alimenta al cocodrilo esperando que se coma a otro antes que a él.
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