Yo te digo mi verdad
Manuel Muñoz Fossati
¡Ay, Felipe!
Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo mismo últimamente no me encuentro muy bien”, es una frase, ya se sabe, de las muchas ingeniosas que se pintaron en los muros parisinos durante el finalmente improductivo pero muy ruidoso Mayo del 68 francés, un movimiento que dio para mucha épica y, como se ha visto, mucha literatura de toda clase. La frase en cuestión se ha atribuido también a Woody Allen y otros, una lista a la que yo estoy tentado de añadir a Felipe González, a tenor de sus declaraciones de los últimos tiempos. Algunos que se empeñan en clasificarlo todo han dicho que el ex presidente socialista encuadraría sus creencias religiosas en lo que ha venido en llamar ‘ateísmo católico’ y, por otra parte, es evidente que él mismo propició que su partido renunciara al marxismo al obligarlo a elegir entre el filósofo alemán y el político sevillano. Lo de que no se encuentra muy bien ya me lo invento yo.
Defendamos todos, y yo el primero, el derecho inalienable de Felipe a pensar y proclamar lo que considere conveniente, incluso de su propio partido. De la misma forma digamos que el antaño dirigente socialista sabe defenderse solo y no le hace falta el coro de partidarios acérrimos que le ha brotado últimamente entre fuerzas que no hace tanto gritaban “¡váyase señor González!” con tanto entusiasmo como ahora ponen en duda la honorabilidad de la madre de Pedro Sánchez.
Continuando con las citas, invoquemos también y justamente al gran Atahualpa Yupanqui, cuando cantaba: “Si yo le pregunto al mundo/el mundo me ha de engañar./Cada cual cree que no cambia, y que cambian los demás”, para recordárselo al que pilotó la gran modernización de España, y ahora está convencido de que el que todavía es su partido es el que ha cambiado y él se mantiene en la verdad. A Felipe le queda de su indudable gran pasado ese mérito, pero parece haber perdido la memoria de aquellos tiempos en los fue él quien se rebeló contra los viejos dirigentes del viejo PSOE histórico. Ahora, tal vez, es él mismo ese viejo defensor de lo que él llama pureza y esencias del socialismo español.
Ahora, como el abuelo gruñón en el que todos acabamos convirtiéndonos, riñe a sus nietos, pero no podemos atribuírselo todo a su carácter. Si algo no es Felipe es inconsciente, y él sabe perfectamente que con sus declaraciones está favoreciendo los argumentos de los enemigos de su partido y de su sucesor en las responsabilidades que él tuvo un día, y ahí lleva la culpa que, para los no ateos, sólo Dios juzgará si la tiene. Para los laicos, siempre nos quedará la Historia, pero esa queda tan lejos...
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