Su propio afán

Los amores y las letras

Desde Paolo y Francesca, la lectura entre los jóvenes ha sido una deliciosa práctica de riesgo

Un amigo me contó que llamaba a su novia a cualquier hora del día o de la noche y le leía artículos míos del libro El burro flautista. Quedé feliz. Al poco tiempo me llamó para decirme que su novia lo había dejado. Que alguien lea (o leyese) artículos míos a su novia por teléfono parecerá inverosímil a la inmensa mayoría de la gente, incluyendo a la ex novia de mi amigo. No lo es para mí, no tanto por vanidad como por memoria. Yo le leía muchísimo a la que ahora es mi mujer. Recuerdo una época especialmente intensa de poemas de Carlos Murciano.

Ella me dejó varias veces, pero luego volvíamos, y yo seguía leyéndole; y de eso en particular no se quejaba. Llegó al matrimonio forjada en la adversidad, preparada para lo de la salud y lo de la enfermedad, si lo políticamente correcto me perdona estas expresiones. La lectura no como entretenimiento, sino como entrenamiento. Seguro que la ex novia de mi amigo es extraordinaria y hasta no descarto que tenga un excelente gusto literario, pero le faltaba resileencia (sic).

A mi mujer ahora me cuesta bastante pillarla por el pasillo para leerle. Se escabulle. Otro amigo de twitter me acaba de contar que le ha leído un poema traducido por mí a su mujer dos o tres veces. Eso me asombra más y me da mucho vértigo porque ya no hablamos de noviazgo, sino de un sacramento. Por fortuna, es un soneto de Shakespeare, que (Romeo y Julieta aparte) no debería romper ninguna relación, sino exacerbarla con sus encendidos piropos barrocos (con perdón).

Toda mi experiencia como lector en voz alta se concentra ahora en leer a mis hijos. A ellos sí les gusta aún y, por muy derrengado que llegue a la noche, no me perdonan ni una. Yo, oh novias o novios de hoy que tengáis que escuchar versos y prosas, no despreciaría tan rápido a la letraherida o al letraherido, ni siquiera aunque os leyese algo mío. Si tu novio se obceca en leerte por teléfono y al oído, será un padre que leerá a sus hijos. Y eso es una garantía.

Tanto las modas como Irene Montero están empeñadas en estandarizar las relaciones, y llenarlas de direcciones prohibidas y sentidos obligatorios. Supongo que lo de leerse poemas, artículos y aforismos debe de ser una filia poco común cuando no la han prohibido todavía. Gusten o no de los libros, sí les animaría a construir su noviazgo y matrimonio sólo a su gusto. Ha de ser único, ¿no?, pues no permitan que nos digan cómo hemos de amarnos.

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